Entre las conclusiones que ha dejado la cumbre del G-20 merece destacarse el consenso internacional que atraviesa las brechas entre Norte y Sur, las orientaciones políticas de los gobiernos y las diferencias entre las potencias más desarrolladas y emergentes en torno a otros temas. Sin llegar a anuncios concretos -y no se esperaba que tal cosa ocurriera- el documento final suscripto por los veinte jefes de Estado de las principales economías del mundo ha asumido un diagnóstico que hubiera resultado impensable hasta no hace mucho tiempo.
Sea por la magnitud de la crisis que afecta a la economía global o por el agotamiento de las recetas y orientaciones dominantes en las últimas décadas, lo cierto es que se asume la necesidad de una reforma del sistema financiero internacional, con una mayor regulación, transparencia y responsabilidad de los mercados.
También es importante el respaldo a políticas fiscales que estimulen la demanda evitando, al mismo tiempo, el proteccionismo y el compromiso para reactivar la Ronda de Doha. Como bien señala el documento final, es responsabilidad de cada país construir una primera línea de defensa contra la inestabilidad de los mercados.
Pero la existencia de una visión compartida acerca de las causas y respuestas a la crisis financiera internacional es un primer paso para avanzar hacia un nuevo y más efectivo multilateralismo, algo que todos los líderes del mundo están asumiendo como un imperativo categórico de estos tiempos.
La declaración final de la cumbre del G-20 es una primera muestra de consenso multilateral que atraviesa las brechas entre Norte y Sur, respecto de la necesidad de una reforma sustantiva en el sistema financiero internacional.






