Sab 04.09.2010

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Mercedes Sosa seguirá cantando para nosotros

Cigarra blanca con velo negro, su voz fue la emoción de un continente. Su garganta fue una tierra de cavernas, de grutas tucumanas que liberaban notas como aves en bandada. Su cara fue una luna llena en umbrías noches sin memoria, un astro que desde el sur insistía en una aurora de esperanza.Su corazón fue el pan más dulce en la mesa de nuestra América, un guacal de generosidad para todos los que quisieran aplacar su angustia.Le dio gracias a la vida por haberle dado tanto. Le pidió a Dios que la guerra no le fuera indiferente. Nos convenció de que todas las voces pueden ser sangre en el viento, y que aunque cambiara lo superficial, y también lo profundo, no cambiaba su amor por su pueblo y por su gente.

Poseía, como María María, la extraña manía de creer en la vida. Y aún hasta el final, siguió cantando al sol como la cigarra.

Durante cuatro décadas fue casi la conciencia de América latina. No la amedrentaron ni cepos ni amenazas. No la silenció la distancia que por un tiempo la separó de su patria.

Fue una cantante política, pero no rencorosa; convencida, pero no irrespetuosa. Recibió el cariño de todos, sin importar su color o bandera, y por eso hoy la lloran desde el desierto de Sonora hasta la Patagonia. Y aún más allá.

Como cualquier latinoamericano, yo también lloro su muerte, pero no su despedida. Sé que estará en cada canción, en cada acorde, en cada armonía.

Estará cantando a la fertilidad cuando las lluvias caigan sobre los yermos terrenos andinos. Estará cantando al amor cuando los novios se besen en cualquier banco, de cualquier parque, de cualquier pueblo de América latina. Será el portento de un sol que se levanta, de un mar que se columpia, o de una brisa que peina el copete de los árboles. Hoy forma parte de su tierra, de esa tierra que la amó y que ella amó de vuelta.

Nos corresponde a nosotros honrar su memoria. No sólo a la comunidad artística, para quien ella fue un ejemplo y una madre. Sino también a todos los que se han rendido en su esfuerzo por perseguir la alegría.

Porque en su vida hay un testimonio de coraje. Su biografía fue una sucesión de valientes vindicaciones, con la que poco a poco fue ganándole terreno al dolor. Fue un roble disfrazado de arbusto, como sospecho que son la gran mayoría de mujeres latinoamericanas. Ella nos enseñó que aún en medio de las penumbras, hay que seguir caminando.

Deja a un hijo biológico y a unos 600 millones de hijos adoptivos. La extrañaremos, pero no la olvidaremos.

Mercedes Sosa seguirá cantando, seguirá existiendo. Y por la blanca arena que lame el mar, su inmensa huella no desaparecerá jamás.

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