Un festival para ser un poco mejores. Una ocasión para festejar. Un verdadero momento para seguir luchando, para no aflojar nunca.
Ante la adversidad… una cara feliz y una sonrisa de un niño. Ponerle el pecho a las balas y bailar, bailar y divertirse. Entre grandes y chicos, bailar como se bailaba antes, como se bailó siempre.
Cualquier excusa es buena para hacer una fiesta… y si es una como esta mejor. Una excusa que nos permite recuperar esperanzas perdidas, que nos renueva las fuerzas para seguir. Porque siempre hay un mejor lugar al cual llegar.
Así es la Fiesta de la Batea, que se festeja todos los años, desde el 2001, en el paraje de Tucumanao, en el Bolsón de Pipanaco, departamento Pomán, al oeste de Catamarca. Una fiesta que no sólo tiene el objetivo de rescatar del olvido a familias y tradiciones culturales, sino también el de recaudar fondos para tres escuelas de la zona, principalmente a la escuela-rancho de Guanaco Yaco.
Marcelo Rivas, uno de los docentes de esta escuelita, realiza un esfuerzo cada año para que los chicos del rancho puedan seguir aprendiendo, para crecer y ser mejores hombres en el futuro. Un esfuerzo que es vital para estos niños, porque nada más reciben ellos. Nada más que la voluntad y la vocación de docencia de este sacrificado maestro. Nada más que eso… que el esfuerzo del pueblo del Bolsón de Pipanaco. Porque nada llega del gobierno, porque nada llega de ningún político de la provincia ni de la nación. Porque parece que no hay dinero, porque parece que la educación no es buen lugar para invertir dinero. Porque es mejor, por ejemplo, hacer un tren bala para que lo usen unos pocos. Unos pocos, que no necesitarán ni tizas, ni pizarrón, ni una vianda para comer algo y poder aprender lo que los maestros les enseñan.
Parece que la educación no es un buen negocio. Parece que es más importante que algunos lleguen más rápido a sus vacaciones, que mejorar las escuelas rurales.
Y eso es muy triste, eso puede quitarle las ganas de festejar a cualquiera. Eso puede borrarles la sonrisa a muchos hombres y niños. Eso hasta me ha quitado la sonrisa a mí, que me considero un optimista. Pero no ha podido desanimar a los chicos del paraje de Tucumanao, ni a sus padres, ni a sus maestros. Porque ellos creen en la educación, ellos creen que, a pesar de la adversidad y del desinterés del gobierno, tan sólo con el esfuerzo de su pueblo, podrán darles un futuro mejor a los chicos que estudian en las tres escuelas de este pueblito, que parece no importarle a nadie.

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