Todos preocupados porque la llama no se apague. Había llegado a Buenos Aires, por primera vez en la historia, la antorcha olímpica, y todos estaban preocupados porque no se apague.
Ya la habían apagado en Francia los manifestantes tibetanos, como símbolo de su protesta. Y luego los diarios le dedicaron algunas páginas al incidente; así, los hombres de protesta lograron su acometido.
La llama se apagó… se hicieron oír; se hicieron ver. Se pusieron ante el mundo, con un grito que apagó la lumbre del caso omiso a los reclamos de estos hombres. Lograron su primer cometido. Levantaron el manto que escondía la injusticia. Los medios fueron el medio… y todos lo supimos.
Pero la preocupación del mundo occidental, el nuestro, siguió siendo la misma: que no se apague la antorcha… que no se nos arruine la fiesta. Porque estamos en la era de las erróneas prioridades. Estamos del lado del mundo donde prevalecen los intereses particulares. Vivimos en una época en donde nada importa si el interés propio sigue intacto.
Por eso, apagar la antorcha, finalmente, no ha sido un verdadero logro del reclamo tibetano. Ellos siguen perseguidos… y de este lado sigue la fiesta. Porque el show debe continuar, más allá de todo, sin que se interponga nada.
Y todo sigue igual. Seguimos desoyendo, todos, el pedido de ayuda: los Gobiernos, las asociaciones y los pueblos. Y además no tenemos memoria; particularmente los argentinos. Nosotros sufrimos como pueblo ignorante un caso parecido. Nos vendieron una fiesta, mientras la injusticia, la violencia y la impunidad se olían en el aire.
Tan sólo por eso, deberíamos prestarle más atención a su problema. Solamente por el simple hecho de la identificación. Pero no. Nos gusta nuestra vida occidental, porque, después de todo, no somos tibetanos, ni practicamos el Budismo.
Es más fácil poner policías por donde pasará la antorcha de nuestros juegos, y evitar que aquella “gente extraña”, intente apagar la llama de la injusticia… que no se ve, porque está muy lejos de nuestra casa.


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