Somos muchos quienes creemos que las personas que viven fuera del sistema, sean argentinos o no, aquellos que están excluídos, deben tener la humana posibilidad de reinsertarce en la sociedad. Estoy hablando de quienes se vieron o no obligados a robar para comer; además de los “chorros” y de los “pungas”, como así también de los asesinos y los violadores. Sí, estoy diciendo que somos muchos quienes entendemos que esas personas tienen el derecho y la obligación de acomodarse a la moralidad social.
Entendido esto, quiero hacer caer mi crítica más carnal sobre quienes no están dispuestos a hacer un mínimo esfuerzo, para aceptar que quienes estuvieron del otro lado de la ley y quieren cruzar la línea, hacia el lado correcto, deben ser tratados con el respeto más habitual; ese mismo respeto que merece cualquier ciudadano por el sólo hecho de serlo. Y estoy enfocándome específicamente en aquellos padres que se quejan, con el más cotidiano derecho, a que algunos presidiarios voluntarios, arreglen, como parte de su programa de reinserción a la sociedad, las escuelas de sus hijos que, según uno de los reos trabajadores, estaban tan destruidas como las celdas de aquellos ex delincuentes.
Este tipo de actitudes, que sin una reflexión medida puede parecernos lógica, son las que impiden, entre otros factores, a que nuestra sociedad no evolucione favorablemente. Son actitudes que lo único que consiguen es que estos hombres, que quieren ser parte integrante de la ciudadanía argentina, continúen inmersos en la delincuencia. Es la sociedad misma la que debe darle la oportunidad de redimirse, de pagar su culpa. Somos todos nosotros quienes debemos ayudarlos a ser personas gratas. Debemos darles la oportunidad de crecer, de mejorar, de ser un ejemplo para nuestros niños y para ellos mismos. Debemos mostrarles que el delito no es el único camino en este mundo de pocas posibilidades. Debemos ayudarlos a escribir un camino paralelo a la moralidad general. Debemos ser sus guías. En definitiva, debemos darles la oportunidad que la vida o las circunstancias no le dieron.
Es fácil entender a alguien que le negó un trabajo a un ex presidiario, pero muy difícil emplearlo. Eso es cierto. Pero también, darle una oportunidad, es más gratificante, y es lo que necesitamos para crecer como sociedad.
Estos hombres quieren ser mejores personas, por eso pintan las aulas de la Escuela 52, en el barrio Las Quintas. Estos hombres, en definitiva, están haciendo lo que los políticos que elegimos no hicieron. Podríamos, por eso, hacer un esfuerzo, por una vez, y elegirlos a ellos, que ahora sí tienen la intención de hacer las cosas bien.


0 Respuestas a “Pintando oportunidades”