Luego de haber liderado el proyecto de participación ciudadana, realizado en la ciudad española de San Lorenzo del Escorial, del cual les hablé hace dos semanas, he decidido quedarme unos días más por el viejo mundo.
Entre todas las experiencias que uno tiene como turista en una ciudad desconocida, en este caso Madrid, hubo una que llamó mi atención particularmente. Tuve la grata oportunidad de conocer un barrio popularmente llamado “lavapies”, inmenso en plena capital española. Este barrio tiene la particularidad de albergar a todo tipo de inmigrantes: africanos, asiáticos, centroamericanos y sudamericanos. El encuentro de culturas le otorga una personalidad y un carácter especial a la zona. En esta oportunidad, me topé con un cubano orgulloso de ser parte integrante de este mix cultural, de este barrio tan particular. Ese hombre, “pipo”, nos habló a mí y a mis colegas durante unos minutos. Fue una experiencia quizá inolvidable. Inolvidable porque, sin querer, abrió su pecho nos entregó su alma, sus más sinceros pensamientos. Y tal vez allí estuvo lo esencial, lo ll amativo, lo que me tiene ocupado en este momento. Allí, en sus pensamientos…
Este hombre intentaba, en todo momento, inspirar en la gente que lo rodeaba un sentimiento de integración. Su esfuerzo era extremo, hasta el punto de incomodar a quienes estábamos escuchándonos. Quizá sus intenciones eran buenas, pero la gente no podía evitar, a pesar del esfuerzo, sentirse incomodada por aquel hombre. Yo sentí algo extraño y comencé a pensar que algunas cosas no pueden forzarse… pero luego entendí que ese no era el problema. El inconveniente que no pudo superar aquel cubano era otro… era que no debía convencer a nadie de quienes estábamos escuchándolo. Qué prejuicios raciales pueden tener unos jóvenes que caminan por un barrio lleno de inmigrantes, como yo en Madrid, que entablan, sin ningún inconveniente, una conversación con un hombre que vino de Cuba al viejo mundo a buscar su suerte. Qué problemas podemos tener, si estamos en lavapies hablando con hombres diferentes a nosotros, pero, en el fondo, tan iguales… hombres que intentan ser aceptados como cualquiera en este mundo lleno de prejuicios… porque casi todos integramos alguna minoría.
Mientras aquel hombre cubano hablaba, yo miraba hacia la nada, escuchando la mitad de lo que me decía ya. Y pensaba, reflexionaba. “Casi todos somos alguna minoría”. Y quizá eso debe unirnos, porque jamás me señalaron por ser negro, por la simple razón de que soy blanco, pero varias veces me sentí menos que alguien… muchas veces me hicieron sentir poca cosa. Porque casi todos somos alguna minoría. Y quizá eso nos una, quizá por eso, yo y esos jóvenes decidimos ir a lavapies a pasar bien una noche de fin de semana, quizá por eso decidimos escuchar a aquel cubano que tenía cosas para decirnos.
Y es allí donde encuentro el error de aquel hombre y quizá de muchos de los que abogamos por un mundo más igualitario, más justo y feliz. Sí, es ese el error que debemos evitar: no hablarles solamente a quienes están dispuestos a escucharnos. En cambio debemos gritarles, lanzarles palabras, nuestras más sinceras y profundas palabras a las espaldas de los hombres que intentan ignorarnos.

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