No soy de aquí ni soy de allá

El fútbol es color. Es alegría; pasión, que se refleja en los colores.

Los colores son el símbolo de identificación de los hinchas.

También están las canciones de cancha. Con aquellas simples rimas que representan las sensaciones y los deseos más puros de las hinchadas.

El fútbol es, sin duda, la pasión argentina más importante, masiva y representativa de todas. Y es justamente por eso que debemos cuidarlo; procurar que siga siendo un espectáculo y una costumbre familiar.

Desde este espacio hemos hablado poco de fútbol. Alguna vez supimos juntos denunciar la violencia que, desde hace largos años ya, mantiene con la soga al cuello a nuestro querido deporte popular. Pero hoy no voy a hablar de esta violencia, a pesar de que sigue aumentando día a día (hace algunos días hubo un enfrentamiento entre dos bandos de la misma barra brava de Boca). Hoy voy a hablar de una violencia mucho más peligrosa, que excede al ámbito del fútbol; una violencia de la que sí hemos hablado muchas veces…

Para que estas líneas no sean vistas como un pobre y exiguo resabio de acartonados y anticuados moralismos, evitaré la palabra discriminación (permítaseme esta única mención del término).

Puede resultar incipiente mi comentario, o irrelevante el hecho de que hayan aparecido banderas bolivianas y paraguayas en la hinchada de Independiente, para intentar insultar a la hinchada rival de Boca Juniors, hace algunas semanas. Y, es verdad, el intento puede haber surtido efectos victoriosos en mentes chatas y corazones lúgubres. Pero hay aquí y allá almas buenas (entiéndase: no las bondadosas, sino “las que sirven, las valiosas”), que sabemos comprender el terrible y peligroso error en el que han caído los autores de tal fallida burla. Y estoy seguro de que no hace falta explicarles a mis lectores cuál es el objeto de tal falla.

El peligro real, obviamente, está en quienes creen que aquello fue un chiste. Pero quizás es más peligroso que haya quienes intentan desestimar las denuncias de estos terribles actos con la pobre excusa de que “nada tiene de malo decirle a alguien que es un boliviano o un paraguayo”. Evidentemente, nada tiene esto de malo; el problema aquí es que seguimos utilizando cualquier nacionalidad como insulto. Lo mismo sería utilizar negativamente cualquier rasgo físico o de carácter o religión.

Es simple y que lo entienda quien quiera entenderlo. Dejemos de cerrar los ojos y comencemos a mirar donde hay un peligro real. Y el fútbol es un buen lugar para comenzar… más aún si somos muchos lo que no queremos tener hinchadas como las del Internacional de Italia, entre otras, que tienen como símbolo nada más y nada menos que la cruz esvástica.

Me gusta que haya folclore en el fútbol, porque soy hincha también… pero hay cosas que no entran en esa categoría. Lo mismo… para todo. Podríamos hacer un esfuerzo y comprometernos con lo que realmente pensamos… podríamos empezar, por ejemplo, con no cantar canciones por inercia, a pesar de que en el fondo no coincidamos con lo que dicen. Sabemos que ni boliviano ni paraguayo significan cosas negativas. Por eso, no seamos distraídos y no cantemos más boludeces… y quienes sí creen que son insultos… bueno… que sigan en su mundo mediocre y miserable.

Y además… por favor, podríamos considerarnos menos argentinos, paraguayos, bolivianos, ingleses… y sabernos, de una vez por todas, un poquito más humanos.

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