La revolución del chiste

Quizá la risa no quite el dolor.

Quizá no sirva para acabar la pena que se siente al estar enfermo.

Quizá no pueda solucionar ninguno de los problemas que se nos presentan en la vida.

Puede ser ingenuo pensar de esa forma.

Es casi obvio que la risa no soluciona la pobreza, ni el hambre, ni la injusticia social. Tampoco cura las enfermedades.

La risa no hace magia, en eso estamos de acuerdo. Porque no cura las heridas, no sana los golpes, no calma los dolores.

La risa no hace justicia, no encarcela a los corruptos ni a los ladrones de guante blanco. No le da pan a quien no come nunca, no le da techo a quien duerme en la calle. La risa no hace milagros.

Es verdad, la risa no es solución para la mayoría de nuestros problemas.

La risa es sólo risa. No es medicina de nada.

Con la risa no podemos dar vuelta el mundo, no podemos cambiarlo. La risa no hace revoluciones, no combate, por sí sola, todos los males de la tierra.

Pero aquellos, quienes no tienen ya fuerzas para luchar porque están enfermos, quienes no pueden cambiar el mundo, ni pueden luchar por la justicia social, quienes no pueden darle techo a los que duermen bajo el cielo, ni pueden alimentar a los hambrientos, porque aún no saben cómo, aquellos, la gran mayoría en este mundo, que no saben qué hacer para mejorarlo, deben comenzar a reír.

Porque la risa no es mágica ni milagrosa pero ilumina el alma, y, a veces, puede ayudarnos a cruzar ciertas fronteras.

Nota que inspiró esta columna

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