Ayer me desperté a media noche. Más allá de mi esfuerzo por volver a dormir, el susto le ganó la batalla al sueño.
La habitación estaba obscura, muy obscura.
Intenté respirar con normalidad, pero no pude.
El miedo era bestial.
Los sonidos me aterraban; todos los ruidos que escuchaba en aquella espantosa noche me hacían pensar en ello. En aquel sonido aterrador, verdadero causante de mi pavor.
No podía pensar en otra cosa; nada más pasaba por mi mente. Todo era miedo, miedo por lo que podía venir.
De pronto, sentí que aquel retrato que cuelga de mi pared me estaba mirando. Es un retrato antiguo, que heredé de mi abuela; verdaderamente desconozco de quién es. A pesar de que jamás me había resultado aterrador, anoche sentí que sus ojos me miraban.
Algún amante del arte plástico tratará de explicarme que se trata de una técnica de pintura, que consiste en pintar los ojos justamente en el centro, para lograr que, mire desde donde lo mire, los ojos siempre se posen en el observador. Pero no. No se trató de eso. Lejos de ello, sentí que los ojos me siguieron verdaderamente, como sucede en las antiguas películas policiales, cuando algún personaje se esconde detrás de un cuadro, desde la otra habitación, para poder espiar a algún otro personaje del film.
Anoche sentí que me estaban espiando… y no pude dormir.
Sentí, quizás sin razón, que alguien me espiaba. Sentí miedo, y no pude dormir.
Estuve largo rato intentando cerrar mis ojos. Estuve casi toda la noche tratando de convencerme de que todo era mentira.
Pero de pronto sonó el teléfono, o me imaginé que sonó el teléfono… y el terror aumentó. Mi mayor miedo se hizo presente en forma de sudor que cayó sobre mi frente.
Y no pude dormir.
El teléfono sonó y sonó… y no pude dormir. Recordé todas las historias de espionaje que me contó mi profesor de la secundaria, aquel profesor que había sido perseguido por la dictadura. Sentí pena por él. Y sentí miedo.
Pero no senti miedo por mí, porque sé que mi vida no es interesante como para ser oída por alguien malintencionado. Sentí pena por mi pueblo, por mi país, por su posible futuro…
Sentí pena por todos nosotros. Y, de a poco, de tanta pena que sentí, comencé a sentir sueño.
Y me dormí, finalmente, deseando amanecer en un mundo sin teléfonos, o, por lo menos, en un mundo sin hombres extraños que escuchan desde el otro lado del teléfono… sigilosa y peligrosamente.

0 Respuestas a “Falso desvelo en un mundo tristemente real”