Hace varios días que en nuestro país hemos sufrido un debate mediático -si merece ser llamado así- sobre la posibilidad de la instauración de la pena de muerte en la Argentina.
Quizá lo más lamentable no sea la mínima existencia del asunto, sino que el debate está configurado en el corazón de los medios masivos de nuestra triste actualidad comunicacional.
Ni siquiera fue enmarcado por los llamados “programas políticos”, ni encauzado por los noticieros televisivos o los diarios. El verdadero debate pasó de los programas de chimentos a los diarios amarillistas, o a las revistas de espectáculo.
Equivocadamente hemos permitido que tal existencia de una idea tan peligrosa como la muerte -y peor aún: la muerte ejecutada por otro- se deslice en manos de personajes como Susana Giménez, Moria Casán o Cacho Castaña.
Jaureche estará revolcándose en su tumba al ver cómo ciertos temas esenciales, no sólo de la política sino también de los pilares de la democracia moderna, están siendo debatidas por personajes de la farándula.
Igualmente, debo decir desde mi lugar de comunicador público, con las responsabilidades que eso implica, que la simple idea de la pena de muerte me provoca escalofríos ¿Qué fuerza superior a la de la sociedad toda y a la de la democracia y la libertad puede otorgarle a un hombre o a un Gobierno el derecho de quitarle la vida a otro ser? Yo no puedo encontrar respuesta a tal pregunta, y todo intento me ha resultado por más insatisfactorio.
Si existiera la pena de muerte como un derecho establecido, y no ya como una acción en estados de excepción, del cual puede gozar un Gobierno, terminaríamos en un círculo vicioso donde matar es el combustible ideal para la fuerza motora.
Y si no, si Susana Giménez desea matar a quien mató, que lo mate… y así, ojo por ojo, diente por diente. Y sigamos matando. Y matemos a más no poder. Pero no se olviden… el último que apague la luz.

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