Uno de los derechos más importantes que tiene la humanidad es el derecho a la expresión. Eso lo sabe cualquiera.
Todos sabemos que tenemos la libertad de decir lo que queramos; siempre haciéndonos cargo de los responsabilidades que ese derecho conlleva.
Hace días, uno de los escritores más prestigiosos de los últimos tiempos, ha sufrido el peor ataque que puede sufrir un pensador y escritor. Ha sido censurado.
Una moral fácil, trillada y barata ha considerado, en primera instancia, que la palabra “mujeres” es la más indicada para llamar a las “putas tristes” que han pasado por la vida del maravilloso Gabriel García Márquez. Todo, para luego ser censurado completamente.
Es un acto que cualquier argentino puede saber condenar. Un acto que alguna vez fue moneda corriente, porque alguna moral entendió que todos debían llevar una vida derecha y responsable, sin importar qué pensaban los demás.
La censura es un delito que rompe con todos los sentidos que pueden otorgársele a la libertad. Es un delito que todos deberíamos condenar y que, mal que nos pese, estamos por sufrir nuevamente.
El canal cultural de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires es el objetivo más fiel de la tijera del electo Jefe de Gobierno. “El canal no puede mantenerse solo y es un gasto muy grande”, sostuvo Mauricio Macri, hace unos días.
Y es cierto, para qué negarlo. No podemos ignorar que el canal Ciudad Abierta no es sustentable.
Pero lo que debemos entender es otra cosa. Sabemos que no puede mantenerse solo, pero muchos creemos que, aún así, debe seguir abierta la señal.
Mejor dicho, deberíamos preguntarnos, para entender, cuándo la cultura dejó de ser cultura, para convertirse en un negocio.

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