A veces, todo es cuestión de sonidos…Yo despierto a la mañana y escucho pájaros, a veces algún motor de un auto lejano que rompe el silencio. Hay quienes se despiertan con el sonido de un despertador; otros prefieren la radio. Son sonidos que nos dan la bienvenida a un nuevo día.
Cuando espero a alguien, suena el timbre o, en su defecto, el teléfono.
Si voy a un espectáculo escucho aplausos, gritos, tal vez silbidos.
Es costumbre que al caminar por una plaza se escuche el viento, las voces de los niños o los ladridos de los perros, que son comunes en esta ciudad.
A veces creo que se puede escuchar el silencio; un placer que pocos pueden disfrutar en estos tiempos.
Son sonidos conocidos, que alimentan la costumbre. Sonidos que van configurando nuestras vidas. Y nada trágico hay en ellos.
Ningún terror se esconde detrás de un timbre. A nadie podría deprimirlo el ladrido de un perro, ni nadie puede considerar horroroso o peligroso un aplauso. Parece que hay vida en las voces de los niños de la plaza, porque esos niños ríen o gritan de felicidad. Son niños que se divierten y no lloran, y si lloran lo hacen porque se les cayó un caramelo al suelo; porque quieren comprarse un juguete; tal vez porque se golpearon con la hamaca. Estos niños ríen, y sus voces no son trágicas. Sus voces son dulces, es imposible que causen terror; son como los aplausos o como el sonido del viento. Porque no son como los disparos o el inimaginable sonido de una bomba, sea del tamaño que sea. Porque las bombas suenan fuerte, porque suenan en el aire y retumban en el alma. Las bombas suenan a terror, los disparos a tristeza. Y yo no se lo que es eso, no conozco esos ruidos. Porque cuando me levanto a la mañana escucho pájaros, tal vez el motor de un auto. Pero sé que en algún lugar del mundo suenan bombas. Allí donde no cantan las aves, allí donde los niños no ríen, porque lloran de tristeza. Allí donde el silencio no se disfruta, porque es la prueba fiel de que todo está acabado.
“Donde suenan las bombas”, suena tan lejos que parece ajeno. Pero, cuando suenan las bombas, es la humanidad la que sufre. No le duele sólo a los iraqués, a los coreanos o a los habitantes de vaya a saber que país lejano. Las bombas lastiman al mundo. Las bombas suenan en el mundo, que es de todos.
Hay muchos sonidos en el mundo, y hay que conocerlos todos… y elegir qué sonidos queremos para nuestro mundo. Yo elijo el sonido de las aves. Por eso, antes de dormir, pienso en qué hice ese día para que los pájaros, que cantan en mi ventana, se multipliquen y vuelen allí, lejos o cerca, donde el silencio es tristeza, para que ya no suenen las bombas.
“No se como será la tercera guerra mundial, sólo se que la cuarta será con piedras y lanzas”. Albert Einstein

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