Desde hace varios días, estamos en crisis económica mundial.
Las terribles imágenes de la crisis de 1929, cuando cayó la bolsa de Nueva York, volvieron a aparecer en las cabezas de millones de personas. El miedo invadió el aire de aquellas incontables horas en que el mundo parecía volver a caerse.
Dicen que el salvataje de los países centrales funcionará. “Será una dura crisis, pero podremos sobrellevarla. Esta vez, estamos unidos”, dijo, hace unos días, George W. Bush. Él dice que no va a ser tan fuerte la crisis esta vez. “El salvataje funcionará”.
Más allá de especulaciones y pronósticos, la crisis existe. Y parece que puede pegarnos duro. Algunos economistas y analistas creen que en nuestro país no se notará tanto. Es más, hay quienes dicen que la Argentina va a quedar bien parada. La verdad la sabe el tiempo, solamente el tiempo.
Pero mi propósito no es hablar de la crisis financiera, y analizarla, mucho menos. Mi intención es intentar comprender con ustedes cómo de un día para el otro el mundo puede tambalear, para luego comenzar a caer.
¿Las cosas se estaban haciendo tan mal antes? Y más aún ¿Las comenzaremos a hacer bien ahora? ¿Se caerá un modelo económico? ¿Será el fin del capitalismo como lo entendemos hoy en día?
Las preguntas son muchas, y las respuestas son pocas por ahora. Repito, esas respuestas las tiene el tiempo. Sólo el tiempo.
El capitalismo es un sistema que depende de estos momentos de crisis. Es un sistema que, como dijo Ádam Smith, padre del liberalismo económico, es fluctuante. Luego de un crecimiento constante, vendrá un momento de recesión, y luego una gran crisis, que ayudará a reestructurar el andar de la economía. O sea: las crisis son inherentes al sistema capitalista. Nosotros lo sabemos bien, porque lo hemos vivido en carne propia más de una vez.
El famoso “ejército de reserva”, del que hablaban los padres del liberalismo económico, es otro de sus tantos defectos. Según esta formula, una porción de las fuerzas productivas (trabajadores), cercano al 5%, inevitablemente deben estar desocupados (lo que significa: fuera del sistema), para enfriar las presiones laborales y procurar una estabilidad en el sistema laboral que permita el crecimiento sostenido en el tiempo. Esas son cosas del capitalismo.
Así es el capitalismo… y así parece ser nuestro futuro. La receta para mantenerse más o menos en pie dentro de este sistema es aprovechar los momentos de crecimiento, para que la caída no sea tan fuerte. Y si no, habrá que buscar nuevas recetas.
Comenzar a reestructurar el sistema que hoy conocemos como capitalismo es el camino que propongo. Sin adoptar sistemas como el socialista, que no es perfecto ni muy popular, en estos días, debemos encontrar una nueva manera de vivir. Una nueva manera de relacionarnos, de crecer, de abastecernos, de cumplir nuestros sueños, sin dejar de lado a sectores marginados. El sistema que encontremos debe ser inclusivo, que nos permita realizar un crecimiento sustentable, sin dejar a nadie afuera.
El sistema tendrá que ser mejor que las antiguas recetas. El sistema deberá salir de todo lo bueno de cada una de ellas. Deberá ser algo mejorado, donde la especulación, la pobreza eterna, la marginalidad, la desigualdad, la discriminación, la corrupción, el egoísmo y todas aquellas cosas malas que tiene el capitalismo sean desterradas para siempre.

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