El barro se comía las casas.
Y la gente no tenía esperanzas en sus ojos.
El barro amenazaba cada metro que le ganaba al barrio.
Y la gente sólo podía mirar como se destruían sus sueños, todo lo que, con tanto esfuerzo, habían conseguido.
Tuvo que ocurrir una tragedia natural para que nos diéramos cuenta de que estaban allí. Tuvo que pasar lo menos deseado, para que supiéramos que nos estaban necesitando.
Estaban allí.
Y nadie los escuchaba. Sólo el ruido de aquel alud pudo llenar sus gargantas, para hacerse oír. Sólo el barro pudo ponerlos en las tapas de los diarios.
Debemos entender que no fue el barro lo peor que les pasó a aquellas personas. Debemos entender que la pobreza no destruye tan rápido las casas y los sueños de los sectores marginados, pero es más certera. La pobreza es lenta… y, como todo lo que es lento, se encarnizó en sus almas.
El barro no estuvo siempre, es verdad. La tragedia fue ahora. Y las autoridades han respondido rápido y bien. Es verdad, el barro no estuvo siempre, pero, antes del alud, fueron el hambre y la falta de salud las que hicieron sufrir a los ciudadanos marginales de Tartagal.
Y en ese momento, no hubo nadie para ayudarlos.
Quizá el ruido que emana un vientre hambriento no es tan fuerte como el de una casa al caer. O quizá nadie quiso ver lo evidente: que hay pobreza en la Argentina.
Sería lindo que todos pudiéramos ver todo… o, para ser más justos: que todos pudiéramos, cuando vemos lo que no nos gusta ver, hacer algo para cambiarlo. Y si no, no nos hagamos los conmovidos cuando vemos que la gente sufre una catástrofe natural, porque las catástrofes humanas han sabido ser más destructivas.
En memoria de todas las víctimas de Tartagal (las del alud y las de siempre).

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