Así fue… el patrullero corriendo una “picada”, una carrera ilegal; una de esas tantas, por las que han muerto muchos, inútilmente; aquellas que todos queremos lejos. Las que no deberían existir.
Y es fácil hablar de la moral, o la ética que debería encauzar a este país, a nuestra sociedad. Es muy fácil hacer un sermón, en este caso. Cualquiera puede hacerlo, ante situaciones de este tipo ¿Cuánta gente podría defender a esos policías? Es difícil saberlo con exactitud, pero podemos estar de acuerdo con que deben ser pocos, quienes compartan estos actos fácilmente condenables. Y es por eso que es sencillo hablar de ética. Es simple cuando hay mayoría de un lado, de este lado. Pero no todo se reduce a una idea, por más mayoritaria que sea. Sería un error dejarlo pasar y tan sólo condenarlo. En todo caso, ese es el trabajo de quienes nos escondemos detrás de las palabras, quienes tenemos un lugar privilegiado para criticar, para hacer moralismos.
Debemos ir más allá: “nobleza obliga”. Porque es fácil señalar a un policía, o a dos, y echarles la culpa… simplemente porque es culpable.
Actuó mal, muy mal; arriesgó las vidas que debían ser protegidas por él. Y eso es hacer las cosas al revés. Pero, curiosamente, hay más que eso…
Porque hoy se habla mucho de inseguridad. Y hay quienes piden mano dura. Presencia policial parece ser la solución. Muchos creen eso, están convencidos. Y allí comienza el debate: represión o no represión, mano dura o mano blanda, gatillo fácil o zonas liberadas. Los extremismos nunca son buenos. Lo importante es pensar, pensar y hacer las cosas bien.
Porque no todos los policías corren “picadas”, ni tampoco se soluciona la inseguridad con mayor presencia policial. Para eso hace falta trabajar, trabajar para que haya trabajo, educación y dignidad. Pero eso lleva mucho tiempo… es más fácil echarle la culpa al que hace algo mal, a quien comete un acto totalmente condenable: al policía que corre una picada, al doctor que comete mala praxis o al funcionario que habilita un boliche que no cumple con las condiciones de seguridad.
Quizá deberíamos dejar de echarles la culpa a las personas y empezar a convencernos de que la que está enferma es la sociedad, y que hay que curarla. O, por lo menos, comenzar por casa, y dejar de pasar semáforos en rojo, de romper los bienes públicos o no tirar más papeles en la calle.
En definitiva, deberíamos empezar a cambiar… y dejar de disfrutar el arte de la crítica.
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