“Los gastos militares mundiales aumentaron 45% en diez años”. Leí ese titular y me sentí triste, moderadamente triste. También sentí un poco de bronca.
Desde este espacio, siempre tratamos de ser críticos de las cosas malas o negativas que pasan en el mundo. Hemos hablado de discriminación, de corrupción e ineficiencia política, de pobreza, entre otras cosas. Hemos hablado también de las guerras, abogando por la paz mundial. Somos muchos quienes dedicamos algunos esfuerzos, en mi caso intelectuales, para que esas cosas cambien. Pero leer que los gastos militares aumentaron 45% en diez años puede aplastar las ganas del más esforzado optimista.
¿Y quiénes son los culpables de este inmenso gasto de dinero? No se. Igual creo que no importa tanto. Porque lo malo de esto no es el dinero o, mejor dicho, eso no es lo peor. Porque podríamos decir que ese dinero pudo ser gastado en comida para quienes mueren de hambre. Pero eso sería hablar sobre lo obvio, eso sería abogar por lo que debe ser por sí solo. Aquí el problema es que estamos yendo hacia lugares que parecían haber sido desterrados.
En estos tiempos posmodernos las pasiones románticas están aplanadas. Las épocas de liberaciones y levantamientos armados han quedado atrás. Hoy ya no hay contra quien luchar… no hay cuerpos tiranos a los cuales disparar. Ya no quedan casi lugares sin democracia. Pero los gobiernos nacionales parecen no darse cuenta; siguen produciendo armas. Porque les gusta tenerlas. Y son armas que no nos llevarán a ningún lado. Son armas que no lucharán por la liberación de ningún pueblo, son distintas a las que usaron San Martín o Bolivar. Son armas que solamente servirán para guerras sin sentido. Son armas que seguirán disparando contra nuestro futuro como humanidad, contra nuestra posibilidad de construir un lugar mejor para vivir, si no aumentamos nuestros gritos de protesta. Si no se para con esas intenciones, estas armas lastimarán nuestras almas y matarán nuestras más sinceras esperanzas.


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