Archivo de Noviembre, 2009

Habló la diva, y reafirmó el conductor…

“Si no se reprime es un caos”, dijo la diva.

“No se puede tomar un país, no se pueden cortar las calles”, agregó la diva. La misma diva que, sentada en su cómoda mansión de Miami, había exigido la pena de muerte hace un par de años.

Y el diseñador famoso se enojó, después de que lo asaltaran; todos lo entendimos. Pero luego siguió; y algunos dejamos de entenderlo. Sereno, ya lejos de aquel dramático episodio, y organizado, pidió por la pena de muerte, al igual que la diva.

Y el conductor más famoso del país defendió a la diva: “yo hubiera dicho lo mismo que ella”, declaró.

Ellos hablaron, así como habló la diva mayor, la que todos conocemos y que, en algún momento, nos quiso hacer creer de que era de izquierda ¿La recuerdan, allá por el 2003, contenta por la victoria de Kirchner, pregonando de alegría que se venía el “zurdaje”? Quizás no la recuerden… de hecho es lo más probable, y no los culpo, porque nuestro sistema de medios, el actual, no el futuro, tiene como característica principal el desvanecimiento de lo que ya pasó. El sistema de medios y, paradojalmente, como causa y triste extensión, la cultura hegemónica pregona lo banal, lo material, lo que tiene medida monetaria…

Y ahora sí, es momento de hablar del cuarto famoso. Quizás no lo conozcan ustedes, mis queridos lectores. Él, que es famoso por herencia y por dinero, no por esfuerzo ni trabajo; él, que sólo se dedica a promocionar, y publicitar, un estilo de vida capitalista a ultranza, que eleva lo mercantil, lo pagable, lo meramente estético, por sobre lo ético (no confundir con lo políticamente correcto), los sentimientos y lo realmente humano. Quizás no lo conozcan, o quizás sí: es el nieto de un chocolatero muy famoso, y nada dulce tiene en su pensar. Él también defendió, desde su elitista estilo de vida, a la pena de muerte y a la represión.

Quizás algunos se pregunten por qué hablo de esto, otros se estarán preguntando de qué estoy hablando. Es simple: hablo de política. Pero no de políticos, ni de partidos. Hablo de política social ¿Y por qué? Quizás porque estoy cansado de que no se debata en la Argentina, quizás porque estoy cansado de que hablen los famosos sobre la inseguridad, quizás porque estoy harto de que no se discuta nada, quizás porque estoy molesto porque el 90% de la gente prefiere recibir la noticia ya opinada, masticada por los mismos de siempre. Quizás estoy cansado, harto, exhausto de que sean más influyentes Susana Giménez, Marcelo Tinelli , Mirtha Legrand y Ricardo Fort, que periodistas respetables como Jorge Lanata o Carlos Rottemberg, quien, allá por 1998, al ver el camino que tomaba el sistema neoliberal de los años ´90, predijo, en una columna de la Revista La Nación, que “los chicos, como hoy no acceden a la educación, ni sus padres al sistema laboral, saldrán a robar violentamente por las calles, sin valores ni moral”.

De pronto, me dieron ganas de apagar la radio y la tv, pero me acordé de que aún hay periodistas como Jorge Lanata y Victor Hugo Morales, entre otros, que, a pesar de tener antenas cortas, tienen mentes y corazones profundos.

Falso desvelo en un mundo tristemente real

Ayer me desperté a media noche. Más allá de mi esfuerzo por volver a dormir, el susto le ganó la batalla al sueño.

La habitación estaba obscura, muy obscura.

Intenté respirar con normalidad, pero no pude.

El miedo era bestial.

Los sonidos me aterraban; todos los ruidos que escuchaba en aquella espantosa noche me hacían pensar en ello. En aquel sonido aterrador, verdadero causante de mi pavor.

No podía pensar en otra cosa; nada más pasaba por mi mente. Todo era miedo, miedo por lo que podía venir.

De pronto, sentí que aquel retrato que cuelga de mi pared me estaba mirando. Es un retrato antiguo, que heredé de mi abuela; verdaderamente desconozco de quién es. A pesar de que jamás me había resultado aterrador, anoche sentí que sus ojos me miraban.

Algún amante del arte plástico tratará de explicarme que se trata de una técnica de pintura, que consiste en pintar los ojos justamente en el centro, para lograr que, mire desde donde lo mire, los ojos siempre se posen en el observador. Pero no. No se trató de eso. Lejos de ello, sentí que los ojos me siguieron verdaderamente, como sucede en las antiguas películas policiales, cuando algún personaje se esconde detrás de un cuadro, desde la otra habitación, para poder espiar a algún otro personaje del film.

Anoche sentí que me estaban espiando… y no pude dormir.

Sentí, quizás sin razón, que alguien me espiaba. Sentí miedo, y no pude dormir.

Estuve largo rato intentando cerrar mis ojos. Estuve casi toda la noche tratando de convencerme de que todo era mentira.

Pero de pronto sonó el teléfono, o me imaginé que sonó el teléfono… y el terror aumentó. Mi mayor miedo se hizo presente en forma de sudor que cayó sobre mi frente.

Y no pude dormir.

El teléfono sonó y sonó… y no pude dormir. Recordé todas las historias de espionaje que me contó mi profesor de la secundaria, aquel profesor que había sido perseguido por la dictadura. Sentí pena por él. Y sentí miedo.

Pero no senti miedo por mí, porque sé que mi vida no es interesante como para ser oída por alguien malintencionado. Sentí pena por mi pueblo, por mi país, por su posible futuro…

Sentí pena por todos nosotros. Y, de a poco, de tanta pena que sentí, comencé a sentir sueño.

Y me dormí, finalmente, deseando amanecer en un mundo sin teléfonos, o, por lo menos, en un mundo sin hombres extraños que escuchan desde el otro lado del teléfono… sigilosa y peligrosamente.