Una vez, intentando escribir un cuento (que resultó bastante mediocre), imaginé y describí un mundo lleno de voces. En este lugar, que me resultó maravilloso desde el instante en que se me ocurrió, se cumplía con la premisa ineludible de alzar la voz del más pequeño, del más desprotegido. Eso permitía que todas las voces se equipararan y, por consecuencia lógica, también las ideas.
Allí, cualquier persona podía acceder a la red de medios, sin depender de su status social o nivel socioeconómico. Allí, primaba la comunicación por sobre la información. En ese mundo era más importante el debate que la primicia. Así todo resultaba más igualitario.
Recuerdo que en aquel fallido cuento yo era el protagonista: un joven estudiante de periodismo con ansias de trabajar en los medios; un joven que no necesitaba tener un amigo o un conocido en algún medio importante para trabajar. Recuerdo que, en la fantasía del cuento, al terminar la carrera de periodismo sólo tuve que demostrar que sabía escribir, sin necesidad de demostrar mi descontento con el Gobierno de turno hasta en una columna de deportes, o sin tener que hablar en contra de algo, sólo porque así se beneficiara la empresa dueña del medio).
En ese mundo no había intenciones político-partidarias en el periodismo. Allí los medios de comunicación no eran cómplices de golpes de Estado. En ese lugar no se armaban campañas para echar presidentes elegidos por el pueblo, porque el pueblo era dueño de los medios. Los diarios no le mentían a la gente para beneficiarse económicamente. Allí todo era distinto.
Quizás ahora entiendo por qué no resultó ser un buen cuento: en aquel mundo no había problemas; no había mafia mediática, ni enredos políticos; no había monopolios, ni malos de la película; allí todos podían alzar su voz; todos podían escucharlo todo, verlo todo; en ese mundo eran noticia las desventuras sociales, todas ellas, y no la última pelea de la vedette de turno. Qué cuento más aburrido que escribí; nada pasaba allí: todo era extremadamente pacífico, muy democrático. Un cuento que te podía dormir en la segunda línea, que no tendría rating si se hiciera una película para TV. Los cuentos necesitan de enredos, de cambios bruscos. Quizás por eso las historias de mafias son tan entretenidas. Mi cuento no tenía nada de eso… era quizás la historia más plana y monótona jamás escrita.
¡Uuufff! qué ganas de vivir esa historia; qué ganas de que todo sea un poquito más plano, más chato. Basta de lo vertical, que el poder se expanda horizontalmente de una vez. Basta de vaivenes sociopolíticos, basta de la mentira, basta de las mafias mediáticas, basta de todo eso: de que el cuarto poder domine a los otros tres.
Es hora de que sancionemos una nueva ley de servicios audiovisuales. Basta de monopolios. Aprovechemos que hay intención de debate (Ya se corrigieron los dos puntos que inquietaban a la oposición: se aclaró que no se renovarán cada dos años las licencias, sino que se las revisará en pro de la innovación tecnológica, sin posibilidad de cambiar de dueños; y también, hoy mismo, se anunció que se quitará del proyecto la posibilidad de que las telefónicas ingresen en el negocio de la televisión). Es hora de pensar hacia delante, sin olvidar el pasado.
Logremos que la historia de mi mal cuento se convierta en una buena realidad para la Argentina. Es posible que sea ahora o nunca; por primera vez en veintiséis años hay intención política de modificar la monopólica Ley de Radiodifusión. No dejemos pasar el momento, porque en diciembre puede ser muy tarde.
Lo malo de este debate es que los que creemos que la ley debe ser sancionada tenemos sólo el 27% de los medios para defender nuestras ideas, el otro 73% lo tienen las pocas, pero poderosas, empresas que serían perjudicadas (en pro del bien social) si se sancionara la ley, más allá que, según las encuestas oficiales y no oficiales, sostienen que casi el 60% de la población está a favor del cambio de ley.
¿Hay alguna duda de que la ley es necesaria?


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