Archivo de Abril, 2009

Las fronteras no se mueven como las banderas

Allí estaba yo…

Bajando del avión con todas las ilusiones de un latinoamericano al tocar suelo europeo.

Allí estaba yo, junto a europeos y no europeos.

Allí estaba yo, con las ilusiones intactas.

Y mientras los europeos eran saludados con mucho respeto, pasando al otro lado de la frontera, un hermano boliviano, dos argentinos más y yo mismo fuimos separados del grupo.

Sin preguntarnos ni explicarnos nada, nos obligaron a sentarnos “a esperar” sin mediar palabra.

Y los policías de inmigración parece que consideran que el color de piel es una virtud. Y, como yo, por buena o mala suerte, he salido con tez clara, me han dejado expresarles mis inquietudes, pero a mis hermanos latinoamericanos, de tez más obscura los han tratado como delincuentes desde el primer momento… Y yo, finalmente, luego de dos horas de espera y decenas de preguntas sin sentido, he podido pasar; ellos… la verdad, no lo creo.

Quizás haya miles de razones para que nos prejuzguen: estadísticas, estudios criminológicos; la verdad no lo se. Pero yo tengo una que creo que es más importante y más certera que contradice su comportamiento: igualdad.

Muchos podrán pensar que estoy haciendo un mundo de un inconveniente común de un viaje, pero no puedo evitar pensar qué lejos estamos de aquella utopía de John Lennon: un mundo sin fronteras. Cada vez más utópica aquella utopía.

Y claro, estamos en crisis. Es totalmente lógico que teman a la inmigración, que quieran evitar que sus compatriotas pierdan el trabajo. De eso se trata el patriotismo. Quizá por eso nunca fui muy patriota. O porque tengo amigos aquí y allí, en varios países. Porque hay gente buena y gente mala en todos lados. O quizá porque mi conciencia de clase es aún más fuerte que el nacionalismo.

Pero creo que no esa no es la respuesta. Los nacionalismos no nos han llevado a buen puerto. Jamás.

Creo que estamos equivocando el camino, aquí en Europa y en todo el mundo. Son tiempos de mentes chatas… de miedo, de error y más error. En medio de una crisis mundial, en vez de ayudarnos entre nosotros, montamos muros gigantes que eviten que el pobre se cruce con el rico.

“Estamos en crisis, por eso están así las fronteras”, aún lo oigo pero no lo acabo de comprender. Estamos volviendo el camino atrás… regresamos a épocas obscuras. Ahora todo se decide con dinero. Habrá que desempolvar alguna idea…
Estamos mal. Buscamos las causas en las conclusiones. La pobreza no es una causa… Por eso la solución no es apartar al que menos tiene, ni tan poco lo es la violencia, por supuesto.

Mis fronteras no están en los aeropuertos, de eso estoy seguro. Me toca ir en contra del mundo; espero no ser el único.

Yo creo en otras fronteras, en las humanas, en las morales, las éticas. Para mí la humanidad es la que no tiene fronteras… así como la bondad, o la lucha contra la injusticia… Estamos muy equivocados: en vez de darnos la mano… nos damos golpes.

No hacían falta dos horas de espera para aquel hermano boliviano. Ya habían visto el color de su piel… y sus bolsillos vacíos.

Mente positiva - La historia de Lucas-

Hoy quiero compartir con el mundo esta historia que encontré navegando por la web. Y resulta interesante, ya que no sólo produce reflexiones, también puede ser el primer paso para cambiar la forma de enfrentar los problemas, incluso aquellos que parecen no tener solución. Originalmente fue publicada en el blog rhotshen. Pueden hacer click en este enlace para ver la publicación original. Los dejo con la historia… Ojalá ellas les deje algo a ustedes también.

Mente positiva - La historia de Lucas-

Lucas era el tipo de persona que te encantaría odiar. Siempre estaba de buen humor y siempre tenia algo positivo que decir.

Cuando alguien le preguntaba como le iba, el respondía: “si pudiera estar mejor, tendría un gemelo”.

Era un Gerente de restaurante único, porque tenía varias camareras que lo habían seguido de restaurante en restaurante. La razón por la que las camareras seguían a Lucas era por su actitud. El era un motivador natural: Si un empleado tenia un mal día, Lucas estaba ahí para decirle al empleado como ver el lado positivo de la situación.

Ver este estilo realmente me causó curiosidad, así que un día fui a buscar a Lucas y le pregunté: No lo entiendo… no es posible ser una persona positiva todo el tiempo. ¿Cómo lo haces?

Lucas respondió: “Cada mañana me despierto y me digo a mi mismo, Lucas, tienes dos opciones hoy: Puedes escoger estar de buen humor o puedes escoger estar de mal humor. Escojo estar de buen humor”. “Cada vez que sucede algo malo, puedo escoger entre ser una víctima o aprender de ello.

Escojo aprender de ello”. “Cada vez que alguien viene a mí para quejarse, puedo aceptar su queja o puedo señalarle el lado positivo de la vida. Escojo el lado positivo de la vida”. Sí, claro, pero no es tan fácil, protesté. “Sí lo es”, dijo Lucas. “Todo en la vida es acerca de elecciones. Cuando quitas todo lo demás, cada situación es una elección”. “Tú eliges como reaccionas ante cada situación, tú eliges como la gente afectará tu estado de animo, tú eliges estar de buen humor o mal humor”. “En resumen, TU ELIGES COMO VIVIR LA VIDA”.

Reflexioné en lo que Lucas me dijo. Poco tiempo después, dejé la industria restaurantera para iniciar mi propio negocio. Perdimos contacto, pero con frecuencia pensaba en Lucas cuando tenia que hacer una elección en la vida en vez de reaccionar contra ella.

Varios años mas tarde, me enteré que Lucas hizo algo que nunca debe hacerse en un negocio de restaurante: dejó la puerta de atrás abierta una mañana y fue asaltado por tres ladrones armados.

Mientras trataba de abrir la caja fuerte, su mano, temblando por el nerviosismo, resbaló de la combinación. Los asaltantes sintieron pánico y le dispararon.

Con mucha suerte, Lucas fue encontrado relativamente pronto y llevado de emergencia a una Clínica. Después de ocho horas de cirugía y semanas de terapia intensiva, Lucas fue dado de alta aun con fragmentos de bala en su cuerpo. Me encontré con Lucas seis meses después del accidente y cuando le pregunté como estaba, me respondió: “Si pudiera estar mejor, tendría un gemelo”.

Le pregunté qué paso por su mente en el momento del asalto.

Contestó: “Lo primero que vino a mi mente fue que debí haber cerrado con llave la puerta de atrás. Cuando estaba tirado en el piso, recordé que tenia dos opciones: Podía elegir vivir o podía elegir morir. Elegí vivir.

El muro de los lamentos

Pobres los 33 hombres que viven en el barrio La Horqueta, de San Isidro.

Tienen miedo, pobres hombres. Por eso pidieron la construcción del muro que los divide del “peligrosísimo” barrio Villa Jardín. Tienen miedo. Tienen miedo de hacer lo correcto.

Pobre el intendente de San Isidro, Gustavo Posse; pobre hombre. No tuvo más remedio que construir el muro. El costo era muy grande. No tenía opción: era eso o trabajar para intentar mejorar la calidad de vida de las personas del barrio Villa Jardín.

Era peligrosísimo dejar todo como estaba. Algo había que hacer. Y lo más fácil fue hacer el muro. Pero está bien… no hay ningún problema con eso. Era necesario separar los dos lados. Por eso estos pobrecitos 33 hombres exigieron el muro.

Además, es feo ver la pobreza. Quizás esa fue la verdadera razón para construirlo.

Nadie quiere ver la pobreza…

Pobrecitos esos hombres; creen que los derechos civiles y humanos son sólo para ellos. Pobres hombres que viven equivocados. Pobres: creen que la riqueza se alcanza con los negocios. Se olvidan que existe la riqueza humana, y que es la más importante. Se olvidan también de la moral, de la ética; de la bondad, de la igualdad.

Pobres hombres, no los ataquen más. Dejen que construyan su muro de los lamentos, donde ya les tocará llorar a ellos ¡Levanten el muro! Háganlo bien alto. Sumen ladrillos, cemento y rejas…

Pero, por favor, procuren que tenga cuatro lados…

Y que no se escape ninguno de esos 33 pobres hombres.

El último que apague la luz

Hace varios días que en nuestro país hemos sufrido un debate mediático -si merece ser llamado así- sobre la posibilidad de la instauración de la pena de muerte en la Argentina.

Quizá lo más lamentable no sea la mínima existencia del asunto, sino que el debate está configurado en el corazón de los medios masivos de nuestra triste actualidad comunicacional.

Ni siquiera fue enmarcado por los llamados “programas políticos”, ni encauzado por los noticieros televisivos o los diarios. El verdadero debate pasó de los programas de chimentos a los diarios amarillistas, o a las revistas de espectáculo.

Equivocadamente hemos permitido que tal existencia de una idea tan peligrosa como la muerte -y peor aún: la muerte ejecutada por otro- se deslice en manos de personajes como Susana Giménez, Moria Casán o Cacho Castaña.

Jaureche estará revolcándose en su tumba al ver cómo ciertos temas esenciales, no sólo de la política sino también de los pilares de la democracia moderna, están siendo debatidas por personajes de la farándula.

Igualmente, debo decir desde mi lugar de comunicador público, con las responsabilidades que eso implica, que la simple idea de la pena de muerte me provoca escalofríos ¿Qué fuerza superior a la de la sociedad toda y a la de la democracia y la libertad puede otorgarle a un hombre o a un Gobierno el derecho de quitarle la vida a otro ser? Yo no puedo encontrar respuesta a tal pregunta, y todo intento me ha resultado por más insatisfactorio.

Si existiera la pena de muerte como un derecho establecido, y no ya como una acción en estados de excepción, del cual puede gozar un Gobierno, terminaríamos en un círculo vicioso donde matar es el combustible ideal para la fuerza motora.

Y si no, si Susana Giménez desea matar a quien mató, que lo mate… y así, ojo por ojo, diente por diente. Y sigamos matando. Y matemos a más no poder. Pero no se olviden… el último que apague la luz.