Archivo de Febrero, 2009

¿Crisis económica? Crisis existencial…

Hoy todos hablan de la crisis económica. Pero…

Ayer el televisor se apagó cuando ya me había dormido.

La música, en ciertas ocasiones, me acompaña en mis sueños.

Hoy, como todos los días, desperté cuando el rington de mi celular me avisó que había comenzado un nuevo día. Por la tarde, el MP3 me acompañó durante las horas muertas, como siempre en aquellos momentos en que no hago nada útil.

Comienzo mi jornada de trabajo escribiendo en la Laptop; sin ella, no podría escribir para este diario.

Cuando bajo a desayunar, antes de comenzar con la tarea laboral, el café ya está listo; la cafetera eléctrica se ocupa de realizar la sencilla tarea de echar agua caliente sobre el café molido. Hasta el pan para las tostadas lo prepara una máquina eléctrica.

Es evidente que la técnica ha atravesado poderosamente la vida de los hombres posmodernos. Es como una bomba de tiempo que amenaza con explotar en cualquier momento. Y lo peor es que la salida de este problema no se ve ni de lejos.

Martín Heidegger sostiene que hemos llegado a un estado irreversible. A la técnica moderna, diferente a la Teknè que practicaban los griegos, le falta la tercera pata, que es la de la ética.

El avance técnico de la modernidad, y aún más el de la posmodernidad, es un avance que no puede detenerse, en el que los medios determinan a los fines y no viceversa.

Hoy, mientras que estamos atados indefectiblemente a un progreso eterno, no podemos evitar que la ciencia avance, muy a pesar del bienestar de la sociedad humana total.

Lejos quedó aquella técnica creada por el hombre, utilizada como un instrumento por este. Hoy la técnica nos domina. Se ha convertido en nuestro ambiente.

La técnica moderna se muestra como la única respuesta posible a toda pregunta. Lejos está el accionar técnico actual de la necesidad real de la sociedad total. No se han creado celulares porque el hombre no podía vivir si ellos, o porque nos facilite la vida, ya que nuevos medios conllevan nuevas soluciones, pero también nuevos problemas. La técnica moderna no soluciona ni facilita nuestras vidas, por el contrario, las complejiza hasta el punto de quitarle todo sentido. Por este camino, llegaremos a un momento en que la mega-máquina que es la burocracia y el automatismo de los hombres posmodernos, quitarán todo resabio de vida y libertad.

Pero es crucial entender que la técnica no es neutral. El peligro no está en la intención (no hay técnicas buenas o técnicas malas, ni usos buenos o malos de ella); aunque parezca mentira, no hay diferencia entre los avances técnicos en armamento y una planta de celulosa que fabrica algo tan inofensivo como el papel. El peligro no está en el cómo usar la técnica, sino en lo más oculto de la técnica, en su vacío ético.

El peligro de la técnica moderna está en su intención de controlarlo todo, de medir todo lo material, de quitarle alma a todo lo que existe, para poder convertirlo en mercancía, hasta al hombre mismo.

Hoy todos somos plausibles de convertirnos en mercancía, de ser un mero objeto con precio y sin valor. Hoy todo está regulado, controlado y medido… y eso es consecuencia de este avance técnico sin sentido, carente de cualquier vestigio ético.

Pueden parecer apocalípticas estas líneas, pero no son más que un análisis seudo-filosófico de la realidad actual, en tiempos en los que se debate sobre el calentamiento global o la pérdida de valores. Esas problemáticas, todas, son consecuencias del triste pero no inevitable hecho de que la técnica ha perdido su pata ética, y se ha encerrado en una inercia de progreso “per se”, que nos llevará a una vida sin vida.

La solución, quizá, sea la que propone Foucault: apuntar a lo no medido, a lo no regulado por la técnica: el arte. El poeta será quien tendrá la obligación de entregarle la respuesta a nuestra sociedad de devolverle al mundo lo impredecible, lo único que está fuera del alcance de la técnica: el amor.

Catástrofe humana

El barro se comía las casas.

Y la gente no tenía esperanzas en sus ojos.

El barro amenazaba cada metro que le ganaba al barrio.

Y la gente sólo podía mirar como se destruían sus sueños, todo lo que, con tanto esfuerzo, habían conseguido.

Tuvo que ocurrir una tragedia natural para que nos diéramos cuenta de que estaban allí. Tuvo que pasar lo menos deseado, para que supiéramos que nos estaban necesitando.

Estaban allí.

Y nadie los escuchaba. Sólo el ruido de aquel alud pudo llenar sus gargantas, para hacerse oír. Sólo el barro pudo ponerlos en las tapas de los diarios.

Debemos entender que no fue el barro lo peor que les pasó a aquellas personas. Debemos entender que la pobreza no destruye tan rápido las casas y los sueños de los sectores marginados, pero es más certera. La pobreza es lenta… y, como todo lo que es lento, se encarnizó en sus almas.

El barro no estuvo siempre, es verdad. La tragedia fue ahora. Y las autoridades han respondido rápido y bien. Es verdad, el barro no estuvo siempre, pero, antes del alud, fueron el hambre y la falta de salud las que hicieron sufrir a los ciudadanos marginales de Tartagal.

Y en ese momento, no hubo nadie para ayudarlos.

Quizá el ruido que emana un vientre hambriento no es tan fuerte como el de una casa al caer. O quizá nadie quiso ver lo evidente: que hay pobreza en la Argentina.

Sería lindo que todos pudiéramos ver todo… o, para ser más justos: que todos pudiéramos, cuando vemos lo que no nos gusta ver, hacer algo para cambiarlo. Y si no, no nos hagamos los conmovidos cuando vemos que la gente sufre una catástrofe natural, porque las catástrofes humanas han sabido ser más destructivas.

En memoria de todas las víctimas de Tartagal (las del alud y las de siempre).

Las ideas son del mundo. Parte II

Una vez más, tengo el honor de compartir con ustedes las palabras y las ideas de mi amigo y colega salvadoreño “Bobby”. Una vez más ha sabido cautivarme… por eso no puedo menos que compartirlo con ustedes, mis lectores.

*Un día normal

Se levanta a las seis de la mañana, escuchando y sintiendo el frío viento que azota las láminas del techo de la casa; todo está oscuro aun por la ausencia del sol. Roza con la palma de su mano la suave piel de “Fantasma” el gato negro que se lame las patas y le corresponde el afecto con el ronroneo de su barriga.

Fiel y exacto en el cumplimiento del deber, coge la toalla y su pequeño balde, sale de casa y frente a la puerta, al lado de aquel enorme barril, se dispone a coger la primera baldada de agua que gélidamente se desliza primero por su cabeza y luego recorriendo la espalda hasta llegar a los rincones más profundos de su pequeño y desnutrido cuerpo.
Junto a la taza de café y la pieza de pan dulce ya le espera su uniforme que con mucha dedicación y esmero su madre ha planchado la noche anterior. Los zapatos, rotos y desgastados, pero tan brillantes que puede ver con exactitud el reflejo de su rostro en ellos.

Coge la mochila, recibe el más valioso regalo que la vida puede darle a diario, materializado en un beso de su madre, quien aprovecha el momento para recordarle: “pórtate bien Felipe” y como combatiendo contra el recorrido del reloj, se apresura por el camino de todos los días: tres kilómetros hasta la escuela antes de que suene la campana.

Entra apresuradamente al Centro Escolar, sus compañeros ya están en formación; Se coloca en su puesto, para mala suerte tiene que ubicarse al frente de la fila, ya que ser el más pequeño de la clase no le favorece en este aspecto; se sitúa en silencio con la cabeza agachada y las manos hacia atrás, pero es inútil, sabe que la Directora le ha visto de nuevo; ella se acerca y le advierte que es la última vez que le permite llegar sin la insignia de la Escuela; con un tono entrecortado por la timidez ante la desafiante voz de la anciana, contesta: “mi madre ha dicho que esta semana compraremos la insignia”. Por fin entra al salón. A sus diez años, aun no sabe para qué sirven las matemáticas, pero se concentra en escuchar las clases y una que otra vez es sorprendido por el profesor quien le pilla en alguna manifestación de sus inquietudes de niño.

Al terminar la mañana, con el estómago gruñendo y bajo el fuerte sol que cae sobre las pavimentadas calles de San Salvador, se dispone a volver a casa; su cuerpo reacciona sudando por la combinación de calor con la pesadez de los cuadernos y otros útiles escolares. Pero ahí va, dando un paso a la vez; uno tras otro hasta llegar a casa.

Cuando ya solo le separan 25 metros de la puerta de su hogar, respira y saca fuerzas de flaquezas, se olvida de los lentos pasos que han quedado atrás y corre como una gacela, lleno de emoción y empeñado en incorporarse a la divertida tarde que le espera con la banda del barrio.

Antes, tiene que cocinar para comer, lavarse los dientes y hacer las tareas, hábitos que más que simple rutina, practica al margen de los consejos de su madre, quien vuelve por la noche después de vender sus frutas en el marcado y sueña con ver a su hijo convertido en “alguien” en el futuro.

Su campo de juegos: la quebrada de detrás de la casa, que bordea el contaminado río Acelhuate –el cual contiene un enorme porcentaje de la basura de la ciudad– que es el escenario donde suceden las más emocionantes aventuras de la infantil pandilla que todas las tardes se reúne para explorar.

Lo primero, antes de salir a la calle, es quitarse el uniforme y los zapatos -claro, son los únicos y hay que cuidarlos- además, esta noche hay partido en el estadio y como siempre, sabe que su deber –como hombre de la casa– es el de ir a trabajar vendiendo gaseosas y cervezas en las graderías. El sábado y domingo hay corta de caña, por lo que esta semana será dura, pero dejará dividendos suficientes para la lata de leche de su hermanita de un año y medio.

Ayer vino su padre a casa, quien les abandonó hace tiempo y les visita una que otra vez durante el año, pero solamente cuando ha habido suficiente alcohol para ayudarlo a acercarse a su familia; así que Felipe tiene una nueva seña en el rostro, recuerdo de que la intención de defender a su madre no es suficiente cuando se tiene corta edad y de que no está en condiciones de retar a su padre a pesar de los malos tratos y desacuerdos.

La vecina de enfrente le cambia las gasas y le cura la herida, le dice que no esté mucho tiempo bajo el sol, ya que se le puede infectar, pero él asegura que no es nada grave, se toca con su pequeña mano y dice para sí “solo es una raya más para el tigre”.

Una hora antes de que el árbitro pite el inicio del juego en el Estadio Cuscatlán, Felipe se encuentra ya en las graderías preparando el puesto con los otros “trabajadores” y la dueña del negocio. Después de una larga faena, una vez más, su equipo, el FAS, cayó derrotado ante el Alianza FC con un gol en el último minuto; pero sale animado ya que la taquilla fue buena y hubo muchos clientes esa noche, lo que se tradujo en siete dólares de ganancia para él.

Al llegar a casa, se despide de los amigos que le acompañan, entrega el dinero a su madre y se dispone a cenar a la opaca luz de una vela y la vieja lámpara de baterías que encontró en una de sus exploraciones en la quebrada. Acaricia por última vez en el día a su mascota y finalmente se dispone a dormir, ya que mañana le espera –con algunas variantes– lo mismo que hoy.

Felipe y los otros niños del barrio tienen vidas parecidas, algunos trabajan en una cosa, otros en otra, pero al final es lo mismo: estudiar, trabajar, cuidar la casa, jugar y crecer en un ambiente adverso, en un lugar que no es visitado nunca por Santa Claus ni los Reyes Magos; un sitio que parece haberles condenado sin la oportunidad de haber hecho nada. Pero la decisión de ellos es seguir adelante, por amor, por amor a la familia y a los ideales de triunfar.

En el futuro, de una u otra forma, tanto él como sus amigos, se darán cuenta de que su situación social no era normal, de que tuvieron derechos (los cuales fueron constantemente violados) y nadie se los dijo cuando podían gozarlos; o se preguntarán si esos derechos que conocieron como adultos no eran en realidad una utopía en su barrio, y se plantearán que a lo mejor aunque hubiesen tenido conciencia de éstos nunca hubieran podido gozarlos. En ese momento, la vida parece presentarse como un injusto camino bifurcado, y cuya bifurcación representa dos ineludibles opciones posibles que requieren de una decisión inmediata: el camino que conduce al nacimiento del nuevo hombre que lucha por lograr la humanización propia y la de los demás o el que conduce a convertirse en parte del sistema opresor, injusto e inhumano.

Atendiendo a la lógica, aunque duela reconocerlo, la vida de estos y otros niños en el mundo está siendo cada día influenciada negativamente, de tal manera que al momento de alcanzar su madurez y definir su postura en la sociedad todos nos sorprendemos y preguntamos por qué en los barrios bajos tienden a tomar el camino equivocado.

Ojalá el pequeño Felipe y sus colegas sean de los que cambian la historia…

Ya no soy vecino de Felipe, pero sé que en este momento estará trabajando como un verdadero héroe, como un HOMBRE que a corta edad contribuye con el soporte económico de su familia, a la vez que estudia y se divierte; que sin darse cuenta ridiculiza al sistema con su decisión de no darse por vencido; porque parece que la vida es tan injusta como para que la “justicia” exista en todos los sectores del planeta, y como siempre, al final de todo, acabo sin entender, por eso me hago preguntas tratando de hallar las respuestas.

¿Los niños de mi barrio no conocen a Santa Claus y los Reyes Magos? o ¿Santa Claus y Los Reyes no les conocen a ellos?.

*Dedicado a Felipe, cuyo nombre verdadero protejo en honor de hacer valer al menos uno de sus derechos…

Bobby

Todo fue por una cerveza

Otra vez un muerto en la puerta de un boliche.

Cada día una historia nueva.

Leo el diario, miro el noticiero, escucho la radio… siempre lo mismo: un joven muerto en una pelea.

Violencia y más violencia. El mundo se está quedando sin ideas. Y nosotros que nos hundimos más en una crisis, que no sólo es económica, sino también ética y social.

Hoy sólo importa pegar, y pegar más fuerte que el otro, para poder prevalecer. Sobrevivir es la meta en esta selva que nos come cada día más, con bocados más grande que nuestras esperanzas.

Las ideas ya son historia…

Y la solución que no aparece ni en lontananza… no se ve ni de reojo.

La política está cada vez más viciada. Los pueblos, o marginados o distraídos. El consumismo no nos deja pensar.

Todo fue por una cerveza. Y van…

No quiero pecar de pesimista, pero no veo la salida de todo esto, de este estado tan caótico. La educación parece una solución de fondo, con buenos resultados, pero muy larga para estos tiempos. Antes deberían aparecer otras cosas que aseguren cierta estabilidad emocional para nuestra sociedad global: trabajo, dignidad, igualdad legal.

Pero todo parece agotarse en meras palabras. Yo sigo escribiendo, todos los domingos, y nada cambia. Algunos periodistas pedimos o exigimos soluciones, como tantos hombres de este condenado mundo… pero estas no llegan.

Quizá la solución sea involucrarnos más activamente en la política. Porque política no es mala palabra, porque hacemos política en cada una de las acciones de nuestras vidas.

Pero debemos llevar esa actitud a lo más extremo, a lo que verdaderamente importa. Hay que llevar nuestras decisiones, nuestras ideas y nuestro entusiasmo a un grado más alto. Debemos involucrarnos en las decisiones públicas a todo nivel, y no quedarnos en elegir a nuestros representantes y luego condenarlos por corruptos. Porque nosotros también somos corruptos, por no participar activamente.

Estamos corrompidos por la velocidad de estos tiempos, corrompidos por el consumismo, por la despreocupación constante, y por la falta de compromiso.

En fin, estamos corrompidos por todo aquello que nos lleva, cuando vemos la sección de policiales en el diario, a pensar en construir rejas que nos alejen cada vez más de los delincuentes, y no en las causas de esas acciones o en la mejor manera de asegurar la justicia social y la igualdad, que este mundo está necesitando.