Archivo de Diciembre, 2008

Esperemos que no pase

Como venimos diciendo hace varios meses… se vienen tiempos duros. La crisis posiblemente nos traiga fríos y sombríos momentos. Hoy nos toca volver a pasar por eso: y van… Tal vez, hasta ya la tenemos un poco clara en esto de sufrir las crisis (eso leí en una columna de la revista Noticias). Hay quienes creen que la crisis es oportunidad; seguramente quienes creen eso son justamente los que no sufren la peor parte de la crisis.

En fin, me remití a la crisis mundial que hoy nos toca padecer simplemente porque, buscando entre papeles viejos y desordenados, encontré esta columna de Mex Urtizberea (uno de mis escritores críticos preferidos), que me hizo reflexionar sobre los peligros que aparecen en tiempos de desesperación económica. Justamente, pensando en esa experiencia, a la que hice mención más arriba, sentía la necesidad de transmitir las palabras que, sabiamente, Mex Urtizberea utilizó para expresar su bronca hacia los efectos producidos por el estado de crisis económica (devenido en crisis social y moral) sobre la parte más “impudiente” (permítanme este inventar este término, es que “menos pudiente” me pareció inexacto para describir a un sector que no puede lograr nada, por estar fuera del sistema) de la sociedad.

El hecho que describe el autor, es una de las cosas que deseo no pasen en estos duros tiempos que se avecinan.

Sepan disfrutar, de alguna paradójica manera, la columna que les ofrezco a continuación:

Vendo mi corazón

“Hay momentos en que, sea cual fuere la actividad del cuerpo, el alma está de rodillas.” Víctor Hugo

¿No puede alimentar a sus hijos? Trabaje.

¿No consigue trabajo, o está imposibilitado para trabajar, o no puede trabajar porque tiene niños a su cargo? Venda su casa.

¿No tiene casa propia? Venda su coche.

¿No tiene coche? Pida plata prestada a un banco.

¿Ningún banco le da plata porque usted es pobre? Pida plata a su familia.

¿Su familia es tan pobre como usted? No proteste, no se subleve, no ponga en tela de juicio el sistema que nos rige, arréglese.

Usted tiene un cuerpo.

Alquile su vientre.

¿Se da cuenta de que el mundo no es tan malo, que siempre da posibilidades?

Y no se agotan en su vientre las posibilidades.

Entre en algún sitio de Internet donde pueda ofrecer sus córneas, un pulmón, un riñón, el hígado.

No se estremezca si encuentra allí que un empleado que vive en La Rioja puso en venta sus órganos para afrontar los gastos que demanda el tratamiento de cáncer que padece su esposa, con la que tiene dos hijos chiquitos; o que una chica peruana de dieciséis años ofrece su riñón por setenta mil dólares, porque su familia se está muriendo de hambre, o que varias personas ofrecen subastar todos sus órganos menos el corazón.

Usted también tiene un cuerpo.

Piense que tener un cuerpo es como tener una empresa.

Alquílelo o véndalo por partes.

Empéñelo.

Subástelo.

Todo indicaría que es el negocio del futuro.

El mundo, amablemente, desinteresadamente, les está dejando servido a los pobres este flamante negocio.

De seguir así, habrá mucha gente a la que pronto no le quedará otra cosa que dedicarse a estas operaciones bursátiles de alquiler de sus vientres y venta de sus órganos.

No se puede quejar, no critique al sistema ni a sus dirigentes por la vida que le ha tocado en suerte, usted tiene en su propio cuerpo su salida laboral, puede sacarle provecho.

Arréglese.

¿Usted no tiene nada, nunca tuvo nada, tuvo un poco y ya no lo tiene, pertenece a una clase a la que siglo tras siglo la han despojado de todo?

Despójese ahora de su cuerpo.

Parte por parte.

O, de lo contrario, corte por lo sano: ofrézcase para inmolarse de cuerpo entero por alguna buena causa internacional o nacional en la que se le pague por eso.

Usted tiene un cuerpo y hágalo valer: póngale un valor.

Así va a poder alimentar a sus hijos si no consigue trabajo, o está imposibilitado para trabajar, o no puede trabajar porque tiene niños a su cargo, y no tiene casa para vender, ni coche, ni banco ni familia que le preste plata.

Usted tiene un cuerpo.

Vientre, córnea, riñón, pulmón, hígado.

Arréglese.

Y ya no moleste con sus reclamos.

No sea desalmado.

Tenga corazón.

Por Mex Urtizberea

Ahora la vida no vale nada*

Los adolescentes están perdidos, más perdidos que en los tiempos en que yo era uno de ellos.

Y yo creía que mi generación estaba perdida, por la falta de ideales. Tal vez haya sido el comienzo de una decadencia social que hoy empieza a mostrar su cara más terrible.

Un joven de 16 años murió por ser “flogger”. Al parecer, otros tres chicos de su edad lo mataron a piñas y patadas. Así son las tribus urbanas del presente.

Pero no quiero ser necio, algunos adolescentes de mi generación también pertenecieron a las hoy tristemente célebres “tribus urbanas”. Estaban los “hippies”, los “punkis”, los “darks” o “góticos” los “skinhead”, los “sharp”, los “rolingas”, los “ricoteros” entre otros. Pero aquellos grupos urbanos estaban inmersos en un marco de ideales, que hoy brillan por su ausencia. Ideas políticas formaban las banderas de pertenencia de aquellas tribus, en cambio, tanto los “floggers”, como los “emos” o los “cumbios”, por citar algunas, tienen una fuerza casi hipnótica que llevan a los adolescentes a agruparse por cuestiones tan triviales como: el gusto por el mismo tipo de música, la vestimenta o el simple y tonto hecho de publicar sus vidas en Internet.

Y no es que me molesten sus simples actividades, que no superan a las de un club de fans. El problema es que llegan más lejos de lo que deberían llegar, no sólo porque ocupan casi todo el tiempo de estos chicos, sino porque los enfervorizan, convirtiéndolos en pequeños luchadores que combaten en una guerra sin sentido.

Es así cómo el odio fluye de la simple diferencia y surge el efecto negativo en la cualidad “otro”. El “otro”, que es distinto -y opuesto- al “nosotros” se convierte en el peor enemigo de estas tribus vacías de sentido.

Nada de malo hay en el complejo hecho de sentirse “parte de”, mucho menos en este difícil mundo en el que vivimos, en el que la discriminación y la exclusión son las leyes generales del trato social cotidiano, enaltecido por los procesos imperantes de marginación y aislamiento social, abalados y potenciados por los medios de comunicación y el Estado.

Nada malo hay en ser parte de un grupo que piensa como uno. El problema de las nuevas tribus urbanas es, justamente ese: que ya casi no se piensa. La vestimenta dejó de ser un mecanismo, y se convirtió en el objetivo principal de estos grupos.

Finalmente, pasó lo que muchos temíamos: las ideas fueron reemplazadas, escandalosamente, por las piñas y las patadas.

*Dedicado a todos los que dieron la vida por un ideal

Los zapatos no duelen ni lastiman

Dos zapatos parecen poco.

Verlos volar hacia su cabeza no le debe haber preocupado tanto. Porque a él nada le preocupa, tiene en sus manos la impunidad.

Los zapatos parecen insignificantes frente a todo el sufrimiento que él ha repartido por el mundo.

¿Qué son dos zapatazos en tiempos de guerra? ¿Qué dolor pueden causar?

En la cultura iraquí, arrojarle los zapatos a alguien es una señal de desprecio. Pero a Bush no le preocupa eso. Bush es impune, es inmune a cualquier tipo de justicia.

Los dos zapatos que le arrojó Muntadar al-Zeidi, un corresponsal de la estación de televisión iraquí Al-Baghdadia, no le produjeron ni la milésima parte del dolor que él le causó a un pueblo entero.

A Bush no lo ofende la manifestación de odio de Muntadar al-Zeidi, porque no tiene conciencia. Quizá crea, esté convencido de que lo que hizo está bien. Quizá se crea un salvador de Irak. Tal vez cree que es un héroe.

Dos zapatos no alcanzan para manifestar el odio. Él se burla de dos zapatos (“Lo único que puedo decir es que son tamaño 10”). Pero no alcanzaría ni un millón de zapatos. No es suficiente ni una lluvia de zapatos, ni un zapato gigante. Porque los zapatos no lastiman, los zapatos no traen justicia, no ponen las cosas en su lugar.

Las balas sí duelen, que te roben lo que es tuyo (sea petróleo, la dignidad humana o la vida) duele, da bronca, enfurece hasta el más pacífico. Pobre Muntadar al-Zeidi que vacío sentirá con sólo lanzarle los zapatos. Qué ansias de justicia debe sentir. Que tristeza al verlo caminar tan impunemente…

El reportero lanzó sus zapatos al grito de “¡Este es el fin!”. La escena es triste. Pero, por lo menos, (como un triste premio consuelo) sabemos que Bush tiene los días contados.

Después vendrá Obama, para hacer justicia o defraudar a un mundo entero.

Las ideas son del mundo

Esta semana, nada que saliera de mi humilde imaginación pudo ganarle a las ideas de mi amigo y colega salvadoreño Bobby (a él le gusta que así lo llamen, y para mi es y siempre será sólo Bobby). Muchas notas han hablado sobre las drogas, quizá él no pueda decirles nada nuevo; sabemos las drogas estan hechas para dañar y que destruyen a buenos y malos hombres. Pero en las palabras de este gran hombre siempre hay algo nuevo, algo mágico que logra helar mis huesos.

Por eso, quiero compartir con ustedes, mis queridos lectores, una vez más, las palabras de este maravilloso escritor… mi compañero Bobby. Simplemente, porque esta semana no pude superarlo, y porque las ideas son libres, por lo que tengo el derecho de tomarlas y entregárselas a ustedes.

Disfruten sus ideas:

NO ES UN JUEGO: Testimonio de una verdad sobre el Crack

Hola Lucas, ¿Cómo estás…?
-Bien, bien
-En serio, si quieres lo dejamos para otro día.
-No, no; estoy bien; además, es mejor ahora que están frescas las cosas y si te hice venir hasta acá que sea por algo.
-Bueno, en ese caso, tranquilo, ¿Qué quieres contarme?

Todo empieza como en los cuentos…
Érase una mañana de enero, su madre le apuntó al Instituto; al mismo que íbamos mis colegas del barrio y yo. En el fondo, César era un buen chaval, siempre estaba dispuesto a compartir sus cosas con los demás. Cuando teníamos alguna disputa con alguien, siempre aparecía como invocado para defendernos; nosotros nos reíamos y nos sentíamos seguros cuando estaba él, es que parecía que se la pasaba entrenando en algún gimnasio porque tenía el cuerpo inflado de tanto músculo.

De su novia, ni que contar; la defino en cinco palabras: “la más guapa de todas”. A todos nos gustaba, pero ella lo había elegido a él. En realidad, no era muy listo en clase, pero era un buen colega, pasaron un par de años y poco a poco nos volvimos inseparables, él lo tenía casi todo, por suerte éramos amigos.

Una mañana entré al salón y coloqué mis cuadernos en la banca, me pareció extraño no ver los suyos ahí porque siempre llegaba antes que yo. Bueno, los minutos fueron pasando, luego las horas y así toda la mañana. Al siguiente día vi llegar a mi colega, lucía cansado y desvelado; tenía los ojos rojos y los párpados parecían pesarle. Sus hombros caídos, no como de costumbre. Bueno, “vaya nochecita” le dije, tuve la impresión de que le dolía el cuello porque no giró la cabeza, sino que me miró de reojos.

Toda esa semana fue igual, mi compañero no era la persona de siempre; yo le animaba y le preguntaba qué le sucedía; él me veía con ojos de querer contarme un secreto, pero estaba confundido y no sabía que hacer. Al final, me echó todo el cuento, me contó con lujo de detalles la forma en que el crack había llegado a sus manos; yo que ya sabía lo que eso significaba, intenté inútilmente convencerlo de dar marcha atrás; pero con el crack no se juega, nunca hay marcha atrás, al menos eso es lo que mi experiencia en el barrio me había enseñado.

El crack es una droga letal, proviene de la mezcla de clorhidrato de cocaína con solución de bicarbonato de sodio. “La piedra” como le llaman en mi barrio, tiene la capacidad de destrozar la vida en un par de semanas, al fumarla produce una sensación de euforia, insomnio, pánico y falta de apetito, causas del postrer estado de mi compañero.

La frase: “Los Luceros de la Mañana” suena como a época navideña pero no tiene nada que ver, es el nombre con el que se identificaban los jóvenes en el callejón de al lado de mi casa debido a que pasaban toda la noche con las pipas en la boca y sus mecheros encendidos.

Quisiera recordar a César como cuando lo conocí, fuerte, alegre y dinámico, pero las imágenes que tengo de él son ahora las del típico esclavo de la piedra: labios quemados por lo caliente del metal de la pipa hecha de antena de televisor; cuerpo tembloroso, convertido en un manojo de nervios; sus mejillas invertidas, como que estuviera permanentemente absorbiendo un líquido a través de un tubo con todas sus fuerzas; tosiendo todo el tiempo, conducta agresiva; sin músculos, parecía un esqueleto forrado de piel; al pobre se le identificaban casi todos lo huesos, hasta le podía contar las costillas. Su mirada siempre perdida y amaneciendo tirado en las calles del barrio.

A pesar de los últimos capítulos de su vida, siempre fuimos buenos amigos, cuando parecía recuperar la razón llegaba a la puerta de mi casa y nos tomábamos un café, a veces salía corriendo de repente, sin despedirse, producto de sus alucinaciones terminales.

Cuando la gente le gritaba irresponsable, yo sabía que solo era una víctima, víctima del sistema que no le ofrecía ni las oportunidades ni las condiciones; víctima del conjunto de cosas que permitieron que la droga llegara a sus manos; víctima de una orientación que no llegó a tiempo; cuando le dijeron que no valía nada, siempre estuve convencido que dentro de él había un doctor, un arquitecto, un abogado o un ingeniero; cuando la gente le dijo “aléjate de aquí”, yo pensé en mi amigo, aquel que me defendía en el instituto, aquel cuya compañía siempre quería tener, aquel que no merecía acabar así.

Esta tarde fuimos a visitarle con los viejos amigos del instituto, ya sabes donde está, al menos para nosotros sigue estando ahí. Por eso te llamé, porque quería compartir mi sentir contigo, no puedo olvidar lo que mi amigo me dijo antes de marcharse, y es un deber que tengo que cumplir.

En medio de su sobredosis apareció la lucidez de mi casi hermano, el verdadero, el que conocí con una mochila de sueños en la espalda, me dijo: “compa: ¡Hasta adónde he llegado!, ojala te hubiera escuchado, ahora si que no hay marcha atrás, haz todo lo posible para que los jóvenes se enteren de la verdadera cara que esto tiene…”

Dicen que al final del viaje que llamamos vida, cada uno encuentra de algún modo la paz, que por unas milésimas de segundo toda la trayectoria memorial pasa frente a nuestros ojos, yo no se si es cierto, pero tengo la certeza que en ese ínfimo instante entendemos muchas cosas y probablemente queramos cambiar algunas; respecto a la drogas, cada quien es libre de tomar el rumbo que desea, pero seamos concientes de que NO ES UN JUEGO.

Entrevista hecha por Bobby a Pancho Lucas
Derechos No Reservados.