Archivo de Noviembre, 2008

La revolución del chiste

Quizá la risa no quite el dolor.

Quizá no sirva para acabar la pena que se siente al estar enfermo.

Quizá no pueda solucionar ninguno de los problemas que se nos presentan en la vida.

Puede ser ingenuo pensar de esa forma.

Es casi obvio que la risa no soluciona la pobreza, ni el hambre, ni la injusticia social. Tampoco cura las enfermedades.

La risa no hace magia, en eso estamos de acuerdo. Porque no cura las heridas, no sana los golpes, no calma los dolores.

La risa no hace justicia, no encarcela a los corruptos ni a los ladrones de guante blanco. No le da pan a quien no come nunca, no le da techo a quien duerme en la calle. La risa no hace milagros.

Es verdad, la risa no es solución para la mayoría de nuestros problemas.

La risa es sólo risa. No es medicina de nada.

Con la risa no podemos dar vuelta el mundo, no podemos cambiarlo. La risa no hace revoluciones, no combate, por sí sola, todos los males de la tierra.

Pero aquellos, quienes no tienen ya fuerzas para luchar porque están enfermos, quienes no pueden cambiar el mundo, ni pueden luchar por la justicia social, quienes no pueden darle techo a los que duermen bajo el cielo, ni pueden alimentar a los hambrientos, porque aún no saben cómo, aquellos, la gran mayoría en este mundo, que no saben qué hacer para mejorarlo, deben comenzar a reír.

Porque la risa no es mágica ni milagrosa pero ilumina el alma, y, a veces, puede ayudarnos a cruzar ciertas fronteras.

Nota que inspiró esta columna

Ojala que no sea un cuento chino

Parece que hay acuerdo entre casi todas las diversas fuerzas políticas para sancionar una nueva Ley de Educación Superior, que derogue a la promulgada en 1995 bajo el gobierno de Carlos Menem.

A simple vista, es una muy buena noticia. No hace falta hacer aquí un inventario de todas las fallas que tiene hoy el sistema educativo superior estatal de la Argentina. Basta con tan sólo recordar que hay muchos profesores que no cobran el sueldo, y que quienes lo cobran perciben haberes irrisorios; que las condiciones edilicias de algunas de las sedes de las facultades pertenecientes a la UBA son desastrosas; que el presupuesto destinado actualmente es insuficiente, y que las pocas becas que se entregan no pueden contra las grandes dificultades económicas que tienen algunos alumnos.

Pensar en una nueva Ley de Educación Superior es pensar en tener una mejor educación superior. Pero, deberá significar también un aumento en el presupuesto, para poder paliar las dificultades actuales. Pero no alcanzará sólo con eso. Buenas ideas y una buena gestión tendrán que aparecer junto a la nueva ley.

Es importante también que en el debate se incluya y escuche a profesores, alumnos, trabajadores no docentes y administrativos, que necesitan una mejora notable en las condiciones de estudio o trabajo de las facultades estatales.

Buena educación significa buenos profesionales en un futuro próximo, lo que, a su vez, significa un mejor país. Apuntar a la educación es apuntar al crecimiento.

Es necesario que este proyecto no sea un intento de conseguir imagen política positiva. Los estudiantes y los profesores necesitamos esta ley. Y necesitamos que se construya desde un debate serio, porque todos los argentinos lo necesitamos. Estamos cansados de las promesas. Ojalá no sea un cuento chino, como lo fue el fugaz “debate” sobre la Ley de Radiodifusión.

Hay que sancionar una nueva Ley de Educación Superior, la que hoy tenemos es ineficaz. Pero antes, el gobierno va a tener que cambiar su forma de pensar, para entender que el presupuesto educativo no es un gasto, y comenzar a invertir, en el único camino que hay para construir un país mejor.

Estoy confundido

Como si el oro o el cobre nos asegurara la vida futura.

Como si el dinero valiera más que la naturaleza.

Como si el agua pudiera fabricarse.

Como si fuéramos Dioses, para jugar a destruir la tierra.

Como si la presidenta no comiera comida ni tomara agua potable.

Cristina Fernández de Kirchner, nuestra presidenta de la Nación vetó la ley, votada por unanimidad por los legisladores nacionales, que protegía los glaciares de todo el territorio argentino.

Vetó la ley que nos iba a garantizar agua en el futuro…

La presidenta no entiende que el agua es necesaria para vivir, y menos entiende que hay cada vez menos. El agua se está agotando y a la presidenta no parece importarle. Porque a ella le gusta el oro.

Pero debemos entenderla, debe ser difícil ser presidenta de la Nación. Sin oro, no puede verse tan linda. Sin joyas la vida sería más complicada para ella. Quizá tenga razón. Porque seguro el oro que se pueda quitar de esos glaciares lo van a usar para darle hogar, educación y alimentos a los más necesitados

¿Ah no? ¿Cómo? ¿El oro no sería nuestro si no de algunas empresas mineras trasnacionales? ¿O sea que no vetó la ley pensando en lo mejor para los argentinos, si no en el bolsillos de algunos funcionarios? ¿Qué? ¿El ingeniero Jorge Mayoral, titular de la Secretaría de Minería de la Nación, fue denunciado por poseer acciones en empresas del mismo sector que regula? No. Debe haber un error.

Seguro que hay un error. La presidenta fue elegida por muchos argentinos y está pensando en ellos. Debe haber un mal entendido.

Seguro que ella tiene razón; debe ser bueno para nosotros destruir los glaciares para sacar cobre, oro y otros metales preciosos. Ella debe tener un plan “B”. Quizá sepa donde hay más agua para nuestro futuro.

No sé. Algo debe haber pensado. No sé.

Estoy confundido. Quizá lo que yo creía que era prioritario ya no lo es. Quizá los negocios sean más importantes que la vida de las personas.

No sé. Estoy confundido.

Hoy les quiero compartir…

Hoy quiero compartir con ustedes, queridos lectores, esta brillante y reveladora columna que descubrí en la página de noticias de el Grupo Scout Matterhorn 217, de Madrid. Un hermoso espacio donde aparecen bellas historias, buenas noticias y positivas reflexiones. Espero que deje en sus mentes alguna pequeña incomodidad, que quizá los lleve a la acción, del mismo modo que hizo conmigo…

 Informe preliminar 

Señor Director:

Me dirijo a Usted a fin de elevarle un informe preliminar sobre la investigación arqueológica que está desarrollando nuestro Departamento. Teniendo en cuenta la invalorable relación de amistad  que nos une, me permitiré expresar aquí algunas consideraciones personales que se apartan de la necesaria objetividad científica que tendrá el informe oficial.

Como Usted sabe, la investigación se inició cuando uno de nuestros equipos de rastreo encontró una sonda espacial de origen desconocido. Desciframos casi todos los datos contenidos en ella, y determinamos que provenía del planeta Alfa del sistema N 84. Inmediatamente comenzó la mayor campaña que haya emprendido este Departamento. Todo nuestro personal y recursos se dedicaron a ella. Fue necesario enviar una misión exploratoria. Formé parte de ella y desde entonces mi percepción el universo ha cambiado profundamente.

El planeta pertenece a un sistema que orbita una estrella de tamaño medio. Se encuentra a la distancia exacta de la estrella como para permitir la existencia de formas superiores de vida. Posee atmósfera y abundante agua en estado líquido en su superficie. Para no abundar aquí en detalles técnicos, resumiré diciendo que sería el lugar perfecto para iniciar, en algún futuro, una colonización. Sin embargo, un evento catastrófico ha ocurrido allí recientemente.

La civilización que envió la sonda ya no existe. El equipo de Biología catalogó diversas formas de vida vegetal y animal, pero ninguna de ellas capaz de construir las ciudades cuyas ruinas encontramos. En el planeta Alfa hubo una especie dominante que ocupó todo su mundo y que llegó a tener un cierto grado de desarrollo tecnológico antes de extinguirse. Era el sueño de todo arqueólogo. Inmediatamente comenzamos la exploración simultánea de varios sitios seleccionados, y en poco tiempo reunimos abundante información. Las primeras hipótesis que planteamos para interpretar estos datos fueron alarmantes.

Aparentemente, estos seres causaron su propia destrucción, guiados por una crueldad y una ambición desenfrenada. En todos los sitios explorados hallamos pruebas de guerras entre colonias de la misma especie. El sueño de arqueólogo se transformaba en pesadilla de sociólogo. Era inevitable relacionar aquellos acontecimientos con nuestros miedos más profundos. Es el primer ejemplo claro de lo que pudo ocurrir en nuestro propio planeta, de lo que aún pudiera suceder si no erradicamos la intolerancia que con demasiada frecuencia nos domina.

Los hallazgos no sólo se relacionaban con guerras, sino con desigualdades en el modo de vida de grupos de la misma especie, a veces dentro de la misma población. Algunos grupos tenían acceso a refugio, alimentos y todas las comodidades que podía brindarles su incipiente tecnología, mientras que otros no disponían de lo indispensable para la vida. De hecho, muchos no lograban subsistir en esas condiciones. Aparentemente se trataba de relaciones de absoluta servidumbre entre seres biológicamente iguales.

Los grupos dominantes no usaban su ciencia para el bien común, sino para perfeccionar su dominio y producir armas más eficientes. Explotaron irracionalmente los recursos naturales de su mundo, hasta el punto de alterar sus condiciones climáticas y afectar fatalmente su habitabilidad. Los recursos tecnológicos de que disponían, les hubieran permitido acceder a fuentes de energía renovables, vivienda y alimentación  suficiente para toda la especie, sin alterar el clima ni el equilibrio ecológico. Pero su desmedida ambición lo impidió.

Lo más inquietante era que el comportamiento autodestructivo de la civilización Alfa nos resultaba demasiado familiar. Hemos visto muchos ejemplos en casa para poder evitar las comparaciones. Pero pronto comenzaron a surgir nuevas evidencias y nuevas hipótesis. No se trataba simplemente de una especie depredadora. Cuando profundizamos el estudio de sus numerosas lenguas, su historia y sus artes, hallamos un legado enorme, de riqueza incalculable. Otro mundo se revelaba ante nosotros, un mundo espiritual, muy alejado de la brutalidad que habíamos visto. No era una especie diferente. Convivía en ellos el bien y el mal en un equilibrio inestable que finalmente se rompió. Prevaleció el ciego egoísmo intolerante. No entendieron que se dirigían al desastre. Tal vez nuestra propia existencia dependa de comprender el motivo.

He dicho antes que esta experiencia ha cambiado mi visión del universo. No puedo evitar sentir algún grado de identificación con los Alfa. Paso mucho tiempo catalogando sus obras de arte, leyendo su literatura, escuchando su música y estudiando su filosofía. Debo admitir que ahora siento admiración y respeto por ellos y por su legado. He conocido infinidad de historias reales sobre personajes silenciosamente heroicos, rebeldes ante la injusticia y solidarios hasta el sacrificio. He visto incontables imágenes de lo que fuera su planeta, tan increíblemente hermoso, y de los esperanzados esfuerzos que hicieron la mayoría de ellos para que se impusiera la idea del bien común. Creo que hubieran merecido lograrlo.
                            
Mi primer impulso al regresar fue abrazar largamente a mis seres queridos, luego acostarme sobre la hierba admirando un cielo maravillosamente nublado, caminar bajo la suave lluvia, reír con cada uno de mis amigos y con cada desconocido que me cruzara. Aquí estoy seguro de que nuestro destino puede ser mejor. He sido testigo de las consecuencias de la intolerancia. No permitiremos que eso nos ocurra. Sé que habrá muchos mañana. 

Quisiera, finalmente, hacerle una sugerencia. Es costumbre asignarle un nombre propio a los planetas ya explorados. Teniendo en cuenta que existió allí una civilización que lo habitaba, deberíamos respetar su nombre originario. La especie Alfa N 84, que lanzó la sonda espacial Voyager que hallamos, se denominaba a sí misma Humana, y a su planeta, Tierra. 

Saludo a Usted muy atentamente, desde algún lado de Buenos Aires…

Leticia y Héctor Casariego.

Barrer bajo la alfombra

Tengamos cuidado.

Pueden ser muy peligrosos. Los veo venir y ya me da miedo.

Miren sus caras, observen sus rostros. Tienen odio en sus entrañas. Son fieles reflejos de sus padres.

Quizá tenga razón “Chiche” Gelblung cuando dice que algunos llevan la maldad en la sangre; tal vez tengan el ADN del delincuente.

Sí, obsérvenlos. Vean sus caras de odio.

Sé que son pequeños, pero son delincuentes, matan gente, roban despiadadamente. Qué tiene que ver el hambre, lo hacen por placer.

Por eso hay que aceptar que bajar la edad de imputabilidad es la mejor solución. Así quizá se viva mejor. Porque la solución es poner orden en las calles…

No, aunque quiera; aunque haga un esfuerzo increíble, jamás entenderé su punto de vista. No me veo en sus zapatos. No puedo comprender cómo pueden convencerse de que bajando la edad de imputabilidad se puede solucionar el problema de la inseguridad.

¿Dónde quedaron las soluciones de fondo? ¿Dónde habrán ido a parar las políticas inclusivas? ¿Será muy utópico pensar que eso se resuelve con educación y políticas sociales? ¿Es muy ingenuo pensar y sentir de esa manera?

Yo apuesto que no. Yo aún creo en la inclusión. Sé que es posible.

¿Cómo pueden decir que los problemas se solucionan encerrándolos bajo llave? Eso es barrer la basura bajo la alfombra. Y me refiero a la marginalidad, no a los “delincuentes”, cuando hablo de basura. Porque basura no es quien roba para comer, o para comprar drogas… porque, en todo caso, es un enfermo. Tampoco basura es quien lleva la violencia social encarnada, porque, en todo caso, es una víctima de este imperfecto sistema. Basura no son los pobres niños que terminan delinquiendo…

Porque basura son aquellos, esos hombres, que quieren encerrar a esos chicos que salen a robar, que matan sin saber por qué. Basura son esos hombres, que quieren barrer los problemas bajo la alfombra, simplemente, porque el producto de la injusticia social, esta vez y como siempre, tuvo un amanecer violento.