Archivo de Octubre, 2008

Fuga de cerebros… al otro lado de la General Paz

Parece mentira.

Parece que hubiera dos países distintos.

Los escasos maestros que nos quedan en la Ciudad de Buenos Aires ven con buenos ojos cruzar su frontera para trabajar dignamente.

A este paso, en poco tiempo, no habrá ningún maestro para convertir a nuestros chicos en hombres de bien. Estarán todos del otro lado. Todos en la Provincia de Buenos Aires.

Cientos de maestros han preferido hacer viajes largos para ir a sus puestos de trabajo, que conformarse con sueldos irrisorios. Ya han comenzado, en la mayoría de las escuelas públicas, a rotar a los docentes por los cursos, porque son pocos, porque no alcanzan, porque nadie quiere trabajar de maestro en la Ciudad de Buenos Aires.

Y a nadie del Gobierno parece importarle, porque consideran más importante el arreglo de las veredas o el mantenimiento de los monumentos de Buenos Aires, que la educación de los niños de nuestro país.

Quizás es una mera casualidad que empresarios de la construcción financiaron extraoficialmente la campaña de Mauricio Macri, en los comicios por la jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Quizá eso no tenga nada que ver. Quizá realmente es más importante reparar veredas que no necesitaban arreglo, que aumentarle el sueldo a un docente que, con diez años de antigüedad, cobra un promedio de 1700 pesos.

O tal vez este gobierno cree que un sueldo así alcanza para mantener una familia. Quizá, después de haber realizado varias denuncias sobre el manejo por parte del Gobierno Nacional de los índices oficiales del INDEC, terminó por creerse la mentira oficialista de que la inflación es un invento de la oposición. Tal vez está todo cambiado.

Por lo pronto, Macri no tiene presupuesto suficiente para arreglar todo lo que tiene que arreglar en la ciudad, tras varias deficientes gestiones pasadas. Eso lo sabemos todos. Lo que no entendemos, o por lo menos lo que yo no comprendo, es por qué prometió realizar todos esos cambios, al mismo tiempo que denunció que Telerman iba a entregar a una ciudad hundida en el déficit.

No se entiende por qué, cuando aumentó el impuesto del ABL, dijo que “este reajuste nos va a permitir empezar con el cambio que todos los vecinos de la ciudad esperamos”, y hoy dice que no alcanza el presupuesto para aumentarle el sueldo a los maestros.

No se entienden varias cosas de la gestión del ex presidente de Boca Juniors. Pero lo que menos se comprende es su falta de habilidad para priorizar.

Si seguimos en este camino… las calles de la Ciudad de Buenos Aires estarán nuevas y brillantes, para que caminen los abogados, los comerciantes, los banqueros, las amas de casa, los desocupados, algunos cartoneros, los periodistas, los deportistas, los psicólogos, los médicos, pero ningún maestro. Todos estarán del otro lado…
Terminemos con esta fuga de cerebros… al otro lado de la General Paz.

Cosas malas que tiene el capitalismo

Desde hace varios días, estamos en crisis económica mundial.

Las terribles imágenes de la crisis de 1929, cuando cayó la bolsa de Nueva York, volvieron a aparecer en las cabezas de millones de personas. El miedo invadió el aire de aquellas incontables horas en que el mundo parecía volver a caerse.

Dicen que el salvataje de los países centrales funcionará. “Será una dura crisis, pero podremos sobrellevarla. Esta vez, estamos unidos”, dijo, hace unos días, George W. Bush. Él dice que no va a ser tan fuerte la crisis esta vez. “El salvataje funcionará”.

Más allá de especulaciones y pronósticos, la crisis existe. Y parece que puede pegarnos duro. Algunos economistas y analistas creen que en nuestro país no se notará tanto. Es más, hay quienes dicen que la Argentina va a quedar bien parada. La verdad la sabe el tiempo, solamente el tiempo.

Pero mi propósito no es hablar de la crisis financiera, y analizarla, mucho menos. Mi intención es intentar comprender con ustedes cómo de un día para el otro el mundo puede tambalear, para luego comenzar a caer.

¿Las cosas se estaban haciendo tan mal antes? Y más aún ¿Las comenzaremos a hacer bien ahora? ¿Se caerá un modelo económico? ¿Será el fin del capitalismo como lo entendemos hoy en día?

Las preguntas son muchas, y las respuestas son pocas por ahora. Repito, esas respuestas las tiene el tiempo. Sólo el tiempo.

El capitalismo es un sistema que depende de estos momentos de crisis. Es un sistema que, como dijo Ádam Smith, padre del liberalismo económico, es fluctuante. Luego de un crecimiento constante, vendrá un momento de recesión, y luego una gran crisis, que ayudará a reestructurar el andar de la economía. O sea: las crisis son inherentes al sistema capitalista. Nosotros lo sabemos bien, porque lo hemos vivido en carne propia más de una vez.

El famoso “ejército de reserva”, del que hablaban los padres del liberalismo económico, es otro de sus tantos defectos. Según esta formula, una porción de las fuerzas productivas (trabajadores), cercano al 5%, inevitablemente deben estar desocupados (lo que significa: fuera del sistema), para enfriar las presiones laborales y procurar una estabilidad en el sistema laboral que permita el crecimiento sostenido en el tiempo. Esas son cosas del capitalismo.

Así es el capitalismo… y así parece ser nuestro futuro. La receta para mantenerse más o menos en pie dentro de este sistema es aprovechar los momentos de crecimiento, para que la caída no sea tan fuerte. Y si no, habrá que buscar nuevas recetas.

Comenzar a reestructurar el sistema que hoy conocemos como capitalismo es el camino que propongo. Sin adoptar sistemas como el socialista, que no es perfecto ni muy popular, en estos días, debemos encontrar una nueva manera de vivir. Una nueva manera de relacionarnos, de crecer, de abastecernos, de cumplir nuestros sueños, sin dejar de lado a sectores marginados. El sistema que encontremos debe ser inclusivo, que nos permita realizar un crecimiento sustentable, sin dejar a nadie afuera.

El sistema tendrá que ser mejor que las antiguas recetas. El sistema deberá salir de todo lo bueno de cada una de ellas. Deberá ser algo mejorado, donde la especulación, la pobreza eterna, la marginalidad, la desigualdad, la discriminación, la corrupción, el egoísmo y todas aquellas cosas malas que tiene el capitalismo sean desterradas para siempre.

Una historia de película

Era temprano y se oían los disparos.

También se escuchaban gritos por las pequeñas y angostas calles de aquella villa.

Algunas personas se asustaron, otras se preocuparon, porque los disparos no paraban de sonar.

Se oía fuerte, y el miedo comenzaba a crecer con el pasar de los minutos.

Alguien quizo averiguar de dónde salían esos ruidos. Y comenzó a caminar hacia los gritos, hacia los incesantes disparos.

El hombre los siguió por cuadras. Dobló en la esquina y allí lo encontró. El sonido salía del segundo piso de una humilde casa… y ya no eran disparos, eran las voces de varias personas hablando.

El sonido salía del nuevo cine popular de la Villa 21/24 de Barracas, creada por la joven Nidia Zarza, que fue ayudada por su hermano, un prometedor director de cine, y sus bondadosos padres.

Nidia sintió, con gran atino, que el cine podría ayudar a los vecinos de la villa. Nidia intentó buscar las soluciones que no vinieron desde arriba.

Nidia quizo darles a sus amigos y a su familia una nueva forma de encarar la vida. El arte, según ella, les ayudará a los chicos a comprender mejor el mundo, a construír un sentido crítico para la vida.

En el nuevo cine de la Villa 21/24 no sólo se proyectan películas, además existe una nueva escuela de arte audiovisual, dirigido por la joven Nidia Zarza, en donde los obstáculos propios de la marginalidad reinante en su barrio y en sus vidas intentan desaparecer.

Nidia les muestra un documental a los jóvenes, Nidia les enseña a pensar, Nidia les muestra un film de ficción… Nidia les ofrece un camino mejor, a los jóvenes de la Villa 21/24.

Hacer política

Los ladrillos se siguen apilando. Uno sobre otro, cada vez más cerca del cielo. Las casas se multiplican, mientras las familias se hacen más numerosas; y la ayuda no llega, no aparece, y la gestión no se deja ver.

Es verdad que los cartones ya son pocos, que las chapas casi han quedado en el pasado. Las villas de hoy han conseguido convertirse en mini-ciudades de material concreto. Pero en los últimos meses, las dimensiones de estos barrios marginales han aumentado con gran velocidad, no porque se hayan agrandado las casas, sino porque son cada vez más familias las que terminan construyendo sus hogares en las villas de Buenos Aires.

Muchos hombres, en este año, debieron buscar techo en la villa 31 y 31 bis, como en otras trece de la Ciudad de Buenos Aires. Y la mayoría de ellos son personas que antes alquilaban en barrios habilitados por el gobierno. Son más de 70.000 hombres, ignorados por el Gobierno y gran parte de la sociedad.

Particularmente, el problema de la Villa 31 y 31 bis es un problema que no parece tener una pronta solución. Tanto el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, como el Gobierno Nacional se echan la culpa y la responsabilidad sobre la falta de acción en esas tierras. La jurisdicción sobre las mismas está en duda, por lo que ninguno de los dos gobiernos quiere hacerse cargo del problema.

Pero el problema sigue. El barrio continúa sin acceso para ambulancias, sin cloacas seguras, sin sistema de agua ni de gas. En el barrio no hay escuelas con instalaciones adecuadas ni hospitales. No hay seguridad, no hay comisarías. En la Villa 31 no hay esperanzas de ayuda.

Tampoco la hay en el resto de los asentamientos de la ciudad. Porque las políticas públicas no están apuntada a ellos. Quizá porque no pagan los impuestos, quizá porque están fuera del sistema. Lo cierto es que aun nadie hace nada por ellos. Y, mientras tanto, el número de habitantes de estas villas sigue creciendo. Y las políticas no aparecen.

La inflación los condena más y más… y las políticas no aparecen. Y no aparecen porque ya casi no hay políticos. Porque esos hombres, que deberían gobernar, han confundido lo que es la política. Porque hacer política no es lo que ellos creen, no es lo que hacen. Política no es llenar una plaza, tampoco es dar un buen discurso… política es inaugurar escuelas, construir puentes, acondicionar hospitales, integrar los asentamientos marginales a los barrios, en fin: hacer política es, simplemente, ver a la gente como algo más que un voto positivo.