Los guardapolvos están viejos. El blanco ya casi es gris.
Los pupitres están llenos de polvo y con los clavos salidos.
Las paredes despintadas; los techos sin cielorraso; las ventanas rotas, los pizarrones manchados; los mapas con agujeros; los cestos de basura rotos; los borradores que ya no borran, las cajas de tizas sin tizas; los pisos sin baldosas; los baños sin azulejos. Los inodoros destruidos; el frío que corta la piel… y la ayuda que no llega. La inversión no viene.
Las esperanzas están cada vez más deterioradas, más debilitadas. Y la inversión que no viene, que no se deja ver ni por la esquina.
Mientras la presidenta de los argentinos paga deudas externas, los colegios se caen a pedazos, porque la educación no atrae votos. También quedaron lejos las promesas del jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, quien ya se olvida de ellas cuando nos dice que “no hay dinero suficiente para restaurar las escuelas”.
La política está lejos de las escuelas. Ni siquiera en la previa de comicios nacionales o provinciales se acuerdan de ellas. Parece que los políticos se han olvidado de sus días como alumnos.
Mientras el dinero se va en la reparación exagerada de las calles de Buenos Aires, los baches de la educación siguen agrandándose. Son agujeros negros, que se agigantan día tras día. Porque, sin inversión, habrá cada vez menos tizas, menos pupitres, menos estudiantes graduados, menos ideas… y menos hombres de bien, habrá, por lo tanto, menos políticos honestos, menos médicos que salven vidas, menos arquitectos que construyan puentes que unan los pueblos, menos periodistas que nos digan la verdad, menos ingenieros, menos calidad de vida, menos de todo. Sin educación habrá menos de todo lo bueno.
Sin educación no se puede mejorar, no se puede crecer. Quizá, algún día, nuestros políticos se den cuenta de ello. Mientras, las escuelas seguirán sobreviviendo con su economía de guerra.


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