Archivo de Setiembre, 2008

La política no lleva guardapolvos

Los guardapolvos están viejos. El blanco ya casi es gris.

Los pupitres están llenos de polvo y con los clavos salidos.

Las paredes despintadas; los techos sin cielorraso; las ventanas rotas, los pizarrones manchados; los mapas con agujeros; los cestos de basura rotos; los borradores que ya no borran, las cajas de tizas sin tizas; los pisos sin baldosas; los baños sin azulejos. Los inodoros destruidos; el frío que corta la piel… y la ayuda que no llega. La inversión no viene.

Las esperanzas están cada vez más deterioradas, más debilitadas. Y la inversión que no viene, que no se deja ver ni por la esquina.

Mientras la presidenta de los argentinos paga deudas externas, los colegios se caen a pedazos, porque la educación no atrae votos. También quedaron lejos las promesas del jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, quien ya se olvida de ellas cuando nos dice que “no hay dinero suficiente para restaurar las escuelas”.

La política está lejos de las escuelas. Ni siquiera en la previa de comicios nacionales o provinciales se acuerdan de ellas. Parece que los políticos se han olvidado de sus días como alumnos.

Mientras el dinero se va en la reparación exagerada de las calles de Buenos Aires, los baches de la educación siguen agrandándose. Son agujeros negros, que se agigantan día tras día. Porque, sin inversión, habrá cada vez menos tizas, menos pupitres, menos estudiantes graduados, menos ideas… y menos hombres de bien, habrá, por lo tanto, menos políticos honestos, menos médicos que salven vidas, menos arquitectos que construyan puentes que unan los pueblos, menos periodistas que nos digan la verdad, menos ingenieros, menos calidad de vida, menos de todo. Sin educación habrá menos de todo lo bueno.

Sin educación no se puede mejorar, no se puede crecer. Quizá, algún día, nuestros políticos se den cuenta de ello. Mientras, las escuelas seguirán sobreviviendo con su economía de guerra.

Como si la historia fuera un círculo


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Como si no hubieran sufrido mucho esos pueblos.

Como si la historia no los hubiera golpeado más de mil veces.

Como si no se sintieran perseguidos, por quienes creen que el progreso es la respuesta.

Como si el destino no se les hubiera caído encima.

Como si su cultura no estuviera muriendo por la persecución que sufrieron durante muchos años.

Como si no fueran inocentes.

Como si no hubieran exigido nada más que lo que les corresponde.

Como si merecieran el final que tuvieron.

Como si su líder no fuera democrático.

Como si merecieran morir como murieron.

Así actuaron algunos autonomistas de Bolivia… como si los campesinos indígenas no tuvieran años de retraso en la adquisición de sus derechos.

Como si Evo Morales, su presidente democrático, no hubiera luchado por los derechos de su pueblo, por la igualdad.

Así piensan algunos autonomistas de Bolivia… como si el mundo fuera sólo para unos pocos. Como si se tuviera derechos de propiedad sobre la naturaleza. Como si la vida cotizara en dólares. Como si se midiera todo con acciones de bolsa.

Más allá de diferencias políticas, más allá de debates… el final que decidieron darle, concientemente, algunos autonomistas a los pobres indígenas, es indefendible e incomprensible, desde la ley, la ética o la moral.

Esos asesinos autonomistas, que no son todos ni pocos, actuaron como si la vida fuera un juego, como si los intereses económicos valiesen más que las ideas…

Como si la democracia no significara nada, como si no existiese.

Así son algunos autonomistas de Bolivia, paradójicos: asesinan, para defender su derecho democrático de ser autónomos.

Como si la historia fuera un círculo, donde siempre pierden los que nunca antes pudieron ganar.

Claudio es un loco

Parece que Claudio está loco.

Parece que le gusta usar su tiempo para ayudar a quienes lo necesitan. Es un hombre loco, que vive en un mundo, donde no hay muchos locos como él… loco de esperanza y de bondad.

Claudio es músico y le gusta ayudar. Le gusta tocar el piano y le gusta enseñar. Va por la vida instruyendo a docentes de música para que sean como él.

No les enseña música, no les dice cómo deben mejorar su ritmo, su técnica, su pulso. El no los ayuda a ser mejores músicos, porque la música no es su principal preocupación.

Claudio, que es un músico y es un loco, les enseña a sus pares a ser mejores personas. Les dice cómo tienen que hacer para armar orquestas infantiles y juveniles, que les permitan a los chicos pobres a salir un poco de su cruel realidad.

A través de la música les da una esperanza, los saca de las calles, los aleja del delito, la violencia. Les enseña un camino posible.

Porque la música tiene ese poder. La música es arte, y el arte puede llevarnos a lugares nuevos. El arte debe ser una herramienta de lucha social, y eso Claudio lo sabe muy bien.

Con cada nota, con cada tono, aporta su grano de arena. Porque es fácil si se quiere. Sólo hacen falta buenas intenciones.

Revolución significa mejorar las cosas, por eso no hay que temerle a esa palabra. Se puede ser revolucionario en cualquier ámbito de la vida, siempre que se quiera mejorar lo que está mal. Claudio es un revolucionario, porque reforma lo que está mal. Arregla lo roto. Zurce lo descosido.

Claudio es un revolucionario y es un loco, porque dedica su tiempo a mejorar un mundo, donde casi todos piensan en uno mismo. Pone su granito de arena con su tono y ritmo. Hace lo que puede y eso es mucho.

Claudio es un loco.

¿Claudio es un loco? Si Claudio es un loco, el mundo, definitivamente, está demasiado cuerdo.

Ver nota que inspiró esta columna:

El pianista que busca alejar a los chicos humildes de la calle

Cinco años que son un siglo

Una vez… hace no mucho tiempo, leí un informe, en una revista de ciencia, que decía que nuestra esperanza de vida va aumentando a medida que pasa el tiempo. Así como nuestros antepasados vivieron un promedio de cincuenta o sesenta años, nosotros llegaremos a vivir más de cien. Va de suyo que los científicos autores de ese artículo no estuvieron nunca en el Conurbano Bonaerense.

Una encuesta realizada recientemente por el Ministerio de Desarrollo Social Bonaerense demuestra que el 35% de los jóvenes de entre 15 y 20 años cree que morirá en menos de 5 años. Eso nos baja un poco el promedio de esperanza de vida.

Estos científicos no se dieron cuenta que había chicos que no pueden imaginarse con 30 años. Los científicos olvidaron que la pobreza mata, y que la muerte, por definición, va en contra de la esperanza de vida.

Quizá nuestro cuerpo humano haya evolucionado como para vivir más de cien años, pero aún no hemos evolucionado socialmente. La miseria y la explotación del hombre están a la orden del día.

Es imposible pensar en vivir cien años si se tiene que juntar cartón para comprar comida. Es imposible vivir cien años si los chicos consumen más drogas que proteínas.

Es imposible que un chico pretenda vivir un siglo si deja de ir a la escuela para vender estampitas en el subte. Es imposible vivir cien años en la Argentina.

Es imposible vivir cien años en esta América Latina, cada vez, más explotada. Es imposible, hacerlo en este mundo tan desigual.

Es ridículo pensar tanto futuro si se tiene la cabeza ocupada en cómo salir del agujero.

Es ridículo pretender que la vida sea más larga que antes, si hay gente que sufre cada uno de sus días.

Es injusto, para todos, que sigamos pensando en vivir más años, si aún no aprendimos a vivir bien los que ya tenemos.

Es totalmente injusto leer que los chicos no tienen esperanzas de ningún tipo.

Es inútil hacer informes como ese o buscar formulas para alargar nuestros días. Después de todo… la respuesta está en la política y en la lucha social, y no en una gaseosa Light o en un yogurt de bajas calorías.