Archivo de 17 17America/Buenos_Aires Agosto 17America/Buenos_Aires 2008

Una fiesta para mejorar el futuro

Un festival para ser un poco mejores. Una ocasión para festejar. Un verdadero momento para seguir luchando, para no aflojar nunca.

Ante la adversidad… una cara feliz y una sonrisa de un niño. Ponerle el pecho a las balas y bailar, bailar y divertirse. Entre grandes y chicos, bailar como se bailaba antes, como se bailó siempre.

Cualquier excusa es buena para hacer una fiesta… y si es una como esta mejor. Una excusa que nos permite recuperar esperanzas perdidas, que nos renueva las fuerzas para seguir. Porque siempre hay un mejor lugar al cual llegar.

Así es la Fiesta de la Batea, que se festeja todos los años, desde el 2001, en el paraje de Tucumanao, en el Bolsón de Pipanaco, departamento Pomán, al oeste de Catamarca. Una fiesta que no sólo tiene el objetivo de rescatar del olvido a familias y tradiciones culturales, sino también el de recaudar fondos para tres escuelas de la zona, principalmente a la escuela-rancho de Guanaco Yaco.

Marcelo Rivas, uno de los docentes de esta escuelita, realiza un esfuerzo cada año para que los chicos del rancho puedan seguir aprendiendo, para crecer y ser mejores hombres en el futuro. Un esfuerzo que es vital para estos niños, porque nada más reciben ellos. Nada más que la voluntad y la vocación de docencia de este sacrificado maestro. Nada más que eso… que el esfuerzo del pueblo del Bolsón de Pipanaco. Porque nada llega del gobierno, porque nada llega de ningún político de la provincia ni de la nación. Porque parece que no hay dinero, porque parece que la educación no es buen lugar para invertir dinero. Porque es mejor, por ejemplo, hacer un tren bala para que lo usen unos pocos. Unos pocos, que no necesitarán ni tizas, ni pizarrón, ni una vianda para comer algo y poder aprender lo que los maestros les enseñan.

Parece que la educación no es un buen negocio. Parece que es más importante que algunos lleguen más rápido a sus vacaciones, que mejorar las escuelas rurales.

Y eso es muy triste, eso puede quitarle las ganas de festejar a cualquiera. Eso puede borrarles la sonrisa a muchos hombres y niños. Eso hasta me ha quitado la sonrisa a mí, que me considero un optimista. Pero no ha podido desanimar a los chicos del paraje de Tucumanao, ni a sus padres, ni a sus maestros. Porque ellos creen en la educación, ellos creen que, a pesar de la adversidad y del desinterés del gobierno, tan sólo con el esfuerzo de su pueblo, podrán darles un futuro mejor a los chicos que estudian en las tres escuelas de este pueblito, que parece no importarle a nadie.

¿Nacionalismo o Patriotismo?

A pocos días de comenzar los Juegos Olímpicos y estando muy lejos de Argentina, las costumbres y algunos hábitos comienzan a hacerse extrañar. La experiencia que significa ir a conocer otras costumbres, diferentes a las propias, hace que uno ponga algunos hábitos cotidianos, propios de nuestra cultura, en un pedestal. O no quizá en un pedestal, pero sí se valoran más que cuando los practicamos con soltura en nuestro hogar.

Esas costumbre son quizá lo que puede acercarme un poco a lo más parecido al patriotismo. Quizá comience a hablar de eso, porque es complicado entender lo que es el patriotismo. Quizá haya que entender mejor lo que debería ser el patriotismo y lo que es hoy en día.

Hablé de los juegos Olímpicos porque el deporte es una de las cosas que nos hacen sentir argentinos con fervor. Algunos critican mucho ese patriotismo deportivo. Pero creo que es algo inevitable. Quizá deberíamos ver con mejores ojos el nacionalismo que nos despierta el fútbol o el mate o tal vez el asado… esas costumbres que no deberíamos perder, que algunas ideas nacionalistas que terminan rozando la xenofobia o el racismo. Habría que enaltecer esas costumbres que son las que nos hacen argentinos o rioplatenses. Yo encuentro, personalmente, el patriotismo allí, en esas prácticas.

Sería, por lo menos, una buena manera de comenzar. Quizá, de esta forma, podamos comenzar a tener una conciencia más humanista y menos nacionalista o patriótica. Porque, como siempre abogamos desde aquí, todos los hombres debemos considerarnos pares, no iguales… porque en la diferencia está la esencia… allí está la respuesta… enaltecer lo diverso… encontrar en esas pequeñas cosas lo que nos hacen especiales a todas las personas de este mundo.

Quizá encontrar un nacionalismo menos patriota… intercambiar cosas que nos enorgullezcan, que nos hagan felices por ser quien somos… para compartirlo con todo el mundo, entregando lo propio y recibiendo lo bueno desde todos los lugares de esta tierra.

Palabras sobre espaldas

Luego de haber liderado el proyecto de participación ciudadana, realizado en la ciudad española de San Lorenzo del Escorial, del cual les hablé hace dos semanas, he decidido quedarme unos días más por el viejo mundo.

Entre todas las experiencias que uno tiene como turista en una ciudad desconocida, en este caso Madrid, hubo una que llamó mi atención particularmente. Tuve la grata oportunidad de conocer un barrio popularmente llamado “lavapies”, inmenso en plena capital española. Este barrio tiene la particularidad de albergar a todo tipo de inmigrantes: africanos, asiáticos, centroamericanos y sudamericanos. El encuentro de culturas le otorga una personalidad y un carácter especial a la zona. En esta oportunidad, me topé con un cubano orgulloso de ser parte integrante de este mix cultural, de este barrio tan particular. Ese hombre, “pipo”, nos habló a mí y a mis colegas durante unos minutos. Fue una experiencia quizá inolvidable. Inolvidable porque, sin querer, abrió su pecho nos entregó su alma, sus más sinceros pensamientos. Y tal vez allí estuvo lo esencial, lo ll amativo, lo que me tiene ocupado en este momento. Allí, en sus pensamientos…

Este hombre intentaba, en todo momento, inspirar en la gente que lo rodeaba un sentimiento de integración. Su esfuerzo era extremo, hasta el punto de incomodar a quienes estábamos escuchándonos. Quizá sus intenciones eran buenas, pero la gente no podía evitar, a pesar del esfuerzo, sentirse incomodada por aquel hombre. Yo sentí algo extraño y comencé a pensar que algunas cosas no pueden forzarse… pero luego entendí que ese no era el problema. El inconveniente que no pudo superar aquel cubano era otro… era que no debía convencer a nadie de quienes estábamos escuchándolo. Qué prejuicios raciales pueden tener unos jóvenes que caminan por un barrio lleno de inmigrantes, como yo en Madrid, que entablan, sin ningún inconveniente, una conversación con un hombre que vino de Cuba al viejo mundo a buscar su suerte. Qué problemas podemos tener, si estamos en lavapies hablando con hombres diferentes a nosotros, pero, en el fondo, tan iguales… hombres que intentan ser aceptados como cualquiera en este mundo lleno de prejuicios… porque casi todos integramos alguna minoría.

Mientras aquel hombre cubano hablaba, yo miraba hacia la nada, escuchando la mitad de lo que me decía ya. Y pensaba, reflexionaba. “Casi todos somos alguna minoría”. Y quizá eso debe unirnos, porque jamás me señalaron por ser negro, por la simple razón de que soy blanco, pero varias veces me sentí menos que alguien… muchas veces me hicieron sentir poca cosa. Porque casi todos somos alguna minoría. Y quizá eso nos una, quizá por eso, yo y esos jóvenes decidimos ir a lavapies a pasar bien una noche de fin de semana, quizá por eso decidimos escuchar a aquel cubano que tenía cosas para decirnos.

Y es allí donde encuentro el error de aquel hombre y quizá de muchos de los que abogamos por un mundo más igualitario, más justo y feliz. Sí, es ese el error que debemos evitar: no hablarles solamente a quienes están dispuestos a escucharnos. En cambio debemos gritarles, lanzarles palabras, nuestras más sinceras y profundas palabras a las espaldas de los hombres que intentan ignorarnos.

Sobre la participación juvenil parte 2

El proyecto sobre la participación ciudadana juvenil, orientada en el arte y la comunicación alternativa, ha resultado satisfactorio. Los objetivos han sido alcanzados con precisión. Han aprendido que es posible cruzar las fronteras de la adversidad y de lo que se cree imposible. Participar, intervenir en los procesos de decisión es importante. Pero hemos descubierto aquí, en este encuentro de jóvenes de distintos países, de jóvenes del mundo, que es posible mejorar el lugar en el que vivimos. Y el periodismo alternativo, como el que practicamos aquí en Aristotelizar, es una herramienta para alcanzar el cambio social. En esta oportunidad, ya con la satisfacción que se siente al haber realizado correctamente el trabajo y sentir que los objetivos han sido alcanzados con soltura, he decidido compartir un texto que me entregó uno de los jóvenes que participaron del proyecto&hell ip;
El autor del mismo es salvadoreño, vive actualmente en Madrid, y es un hombre de los que hay pocos, aquellos hombres con instinto de lucha social… un hombre que actúa como piensa. Disfruten sus ideas:

PERO, ¿QUÉ LE PASA AL MUNDO?
La Señora del Metro

He vivido hoy en la estación del metro una escena que colocó mi mente de nuevo y por unos instantes de regreso en mi país. Esta tarde al volver a casa pude ver y escuchar como una señora junto al teléfono se debatía entre la alegría y la tristeza. La alegría por la oportunidad de vivir en un país como este y la tristeza de tener a su gente lejos, a muchos kilómetros al otro lado del océano. Mi emoción llegó a su momento cumbre cuando la escuché decir entre lágrimas: “no se preocupe mamá, aguante un poco que mañana mismo le mando el dinero”, fue entonces cuando reflexioné acerca de lo lejos que estamos los humanos de entendernos los unos con los otros, la reflexión me llevó a recordar y pensar en la noticia que acaparaba las portadas de los periódicos de la mañana acerca de las nuevas pol& iacute;ticas antiinmigrantes tomadas por el actual gobierno de un país vecino.

La noticia es que si una persona le renta un piso a un inmigrante, esta persona tendrá problemas con la “justicia”.

¿Qué nos pasa?, me digo a mi mismo ¿Hemos olvidado ya que las líneas fronterizas son imaginarias?¿Qué en el siglo XXI no debería haber exclusión de ningún tipo?

La señora del metro con su acento suramericano me hizo sentir como si alguien atravesara con su mano mi pecho, cogiera mi corazón, lo apretara un poco y le diera dos vueltas para colocarlo de nuevo en su lugar, debilitado y tembloroso pero funcionando aun. Fue impactante ver la forma de manejar las palabras para que su interlocutora no notara las lágrimas que se tragaba. Recordé en ese momento a mis compatriotas con disfraces de payaso que se suben en los autobuses de El Salvador a dar su show por unas cuantas monedas, riéndose de los dientes hacia fuera pero llorando de la garganta hacia el corazón; riéndose por trabajo, por necesidad, pero preocupados por los tres dólares que significan pasar de ocho de la mañana a diez de la noche de un lado a otro, de autobús en autobús, y muchas veces con un niño entre sus brazos que también va pintado de payasito; tres d& oacute;lares, tres dólares si la suerte no dice otra cosa. La forma de manejar la conversación que tuvo la señora del metro me hizo admirar el instinto humano, el cual, ante las adversidades, busca a parte de la satisfacción de las necesidades materiales, la minimización del daño psicológico y deja espacio para las caricias, la dulzura y la protección de sus seres queridos, como la madre que pide limosna en el semáforo de la Calle Gabriela Mistral de mi ciudad capital y cuando consigue su primer cuarto de dólar lo dedica para comprar un caramelo a su hijito.

Lo ensayado que parecía la plática telefónica me dijo que a lo mejor no es la primera vez que le pasa a esta señora. Tapaba con su mano derecha el micrófono del teléfono cuando no podía contener los suspiros, al mismo tiempo que veía en la pantalla del aparato el saldo que le quedaba a la llamada. Entonces pensé en la persona que estaba en el otro teléfono a cientos de kilómetros, ¿Quién será?, ¿una madre enferma o hambrienta?, ¿una madre endeudada?, no lo sé, pero pude ver como esta señora valientemente lloraba en silencio para que la otra pudiera sonreír, sufría en secreto para que la otra pudiera gozar y con este esfuerzo reducía a una el número de personas adoloridas que de otra manera habrían sido dos. No sé si en ese instante me puse por unos segundos atrofiado de la mente o estab a abusando de mis cinco minutos de tribulación diaria a los que pienso que todo humano tiene derecho, pero traté de encontrarle una función matemática a la escena que estaba observando, me dije a mi mismo: “el cien por ciento de ese dolor que en este caso afecta a dos partes iguales debe ser dividido entre un número mayor que uno para que haya un punto de equilibrio en la relación, tal que, la distribución sea proporcionalmente equitativa y el resultado sea positivo”. Pero en esta función, la señora frente a mis ojos estaba soportando todo el dolor por lo que no cuadraban mis cuentas, ¡Hay algo que no encaja! –me dije indignado– luego pensé que en cierto modo a mi también me afectó escuchar, así que creí que al absorber un poco de tristeza de algún modo compartía la pena de aquella señora, que yo debía ser la parte faltante en la función para distribuir el peso, por lo tanto tenía que decírselo para alentarla un poco al mismo tiempo de descansar su pena al confesar mi trauma. Dije entonces: “con dos cojones” ¡estas no son matemáticas!, me acerqué a ella luego de escuchar el sonido del teléfono colgado y antes de que acabaran mis minutos de locura le dije: “no se que le ocurre, pero este teléfono también me ha escuchado actuar en otras ocasiones, si le sirve de algo, ahora estoy feliz, y sé que los humanos somos capaces de superar los retos por duros que parezcan, que hoy llueve afuera de la estación, pero luego saldrá el sol; que está oscuro por la noche, pero mañana alumbrará la luz de un nuevo día, y que sin duda alguna, sea lo que sea que le pase, tendrá que cambiar la historia”. Me miró por unos instantes y pensé que sería una persona más en recordarme que estoy loco, pero para mi sorpresa, escuché su voz ya relajada que me dijo: “muchas gracias, noté que me estabas mirando y aproveché en liberar mis tristezas, es que a mis 52 años he entendido que no es lo mismo llorar en soledad que contar con alguien que te escucha”. Me despedí diciéndole que pasara una feliz noche, ella me dijo: “hasta luego” y antes de marcharme me di cuenta que mi entendimiento era ocupado por una sola pregunta: ¿Qué le pasa al mundo?

Bobby