Archivo de Agosto, 2008

NO voy en tren, NO voy en avión

Gastar en el transporte parece ser la ecuación de esta nueva etapa del gobierno K. Y digo bien… gastar. Porque, tanto en el proyecto del tren bala como en el traspaso de Aerolíneas Argentinas a manos estatales, no se está invirtiendo un sólo peso, pero sí se están gastando muchos.

Que Aerolíneas debe ser una empresa estatal, eso es cierto. Estoy de acuerdo con el Gobierno en eso. Pero es verdad también que no debe pagarse una deuda que no nos pertenece. Comprar una empresa endeudada y fundida por un grupo económico que prometió sanarla no es justo. Debería ser Marsans quien se haga cargo del déficit de la empresa. Ellos fueron quienes vaciaron ilegalmente a Aerolíneas.

Y bueno, el tren bala ya es tema aburrido. No les alcanzaron los cientos de miles de firmas que se juntaron en la iniciativa “Tren para todos”. No les alcanzó que la gente, que el pueblo les dijera que están equivocando el camino.

En cambio, sí les alcanza con ser socialistas (o repartir bien el ingreso) solamente en el discurso. Porque un tren bala, que usarán pocos argentinos, es elitista. Eso no es distribución del ingreso. Porque es gasto sin sentido y no es inversión. Como tampoco es inversión comprar una empresa fundida, que nunca debió dejar de ser estatal, tan sólo por el simple hecho de que nunca funcionó mal, o que jamás fue deficitaria.

Algunos servicios deben ser estatales. En teoría, para este humilde servidor, deberían ser todas estatales, siempre y cuando contemos con la experiencia necesaria como para hacerlo. Como hoy pasa con el correo o con el agua. Esos fueron aciertos del Gobierno, pero no quiere decir que ellos sean infalibles… porque en esta le están errando.

Somos muchos quienes queremos una aerolínea verdaderamente argentina, en manos del estado. Pero no queremos regalar la plata. El dinero debe invertirse y no regalarse. Que las deudas las paguen quienes las deben pagar. Porque el dinero hay que usarlo para cosas más importantes… como construir un sistema de ferrocarriles eficiente y para todos, o techos para todo el pueblo, para quien no tiene, para quien le hace falta. O lo que pueda comprarse con dinero, que pueda apagar, aunque sea un poco, el fuego de marginalidad en el que viven muchos hombres de nuestro país… esos hombres que ya no pueden andar porque están fuera del sistema.

Hay que invertir en transportes y mejorar las comunicaciones, es verdad. Pero podemos comenzar por comunicarnos con aquellos, que hace tiempo que no son escuchados.

TVeo mal, muy mal

El minuto a minuto va marcando nuestro camino. Quienes disfrutamos de ver televisión estamos cada vez más atados al minuto a minuto.

Los canales de aire nos presentan programas de televisión que dejan mucho que desear en su calidad en producción y contenido, y nos convierten en responsables del bajo nivel televisivo con la excusa del rating.

Somos nosotros, dicen ellos, quienes elegimos estos programas. Estos programas por los que desfilan la morbosidad y la falta de ética. Programas que refuerzan estereotipos sociales, que dejan a la mujer en un lugar que no le corresponde: como objetos sexuales, como el caso de “Show Match”; programas que muestran lo más bajo de la sociedad como elemento de comicidad, como “Cámara Testigo” o “Policías en acción”. Y somos nosotros quienes los elegimos, eso dicen ellos.

Utilizan el discurso del rating, para no sentirse responsables de lo que ofrecen. Nos echan la culpa a quienes miramos televisión. Pero la verdad es que no nos ofrecen nada más. Nos dan contenidos para no pensar, para no ser críticos de lo que vemos.

Lejos quedaron aquellos programas donde se nos llamaba a reflexionar, donde nos hacían reír con contenidos artísticos. Lejos están los programas políticos con periodistas comprometidos…

Que alguien como Jorge Lanata esté fuera de la televisión es una clara muestra de lo que buscan los productores y los jefes de programación de los canales.

El camino del minuto a minuto nos ofrece una aparente diversidad de oportunidades y monótonos contenidos. Todos los canales se jactan de ser creativos, pero cada vez más la televisión se llena de lo mismo. Se repite, una y otra vez, en un camino que nos llevará a todos a la sumisión.

Si seguimos este camino, el arte y la crítica política abandonarán definitivamente la programación, para convertirnos en seres entretenidos, predispuestos al consumismo y carentes de todo sentido crítico, moral y ético.

La morbosidad nos conquistará, porque ya perdimos el poder de apagar el televisor, para pensar por nosotros mismos.

Una fiesta para mejorar el futuro

Un festival para ser un poco mejores. Una ocasión para festejar. Un verdadero momento para seguir luchando, para no aflojar nunca.

Ante la adversidad… una cara feliz y una sonrisa de un niño. Ponerle el pecho a las balas y bailar, bailar y divertirse. Entre grandes y chicos, bailar como se bailaba antes, como se bailó siempre.

Cualquier excusa es buena para hacer una fiesta… y si es una como esta mejor. Una excusa que nos permite recuperar esperanzas perdidas, que nos renueva las fuerzas para seguir. Porque siempre hay un mejor lugar al cual llegar.

Así es la Fiesta de la Batea, que se festeja todos los años, desde el 2001, en el paraje de Tucumanao, en el Bolsón de Pipanaco, departamento Pomán, al oeste de Catamarca. Una fiesta que no sólo tiene el objetivo de rescatar del olvido a familias y tradiciones culturales, sino también el de recaudar fondos para tres escuelas de la zona, principalmente a la escuela-rancho de Guanaco Yaco.

Marcelo Rivas, uno de los docentes de esta escuelita, realiza un esfuerzo cada año para que los chicos del rancho puedan seguir aprendiendo, para crecer y ser mejores hombres en el futuro. Un esfuerzo que es vital para estos niños, porque nada más reciben ellos. Nada más que la voluntad y la vocación de docencia de este sacrificado maestro. Nada más que eso… que el esfuerzo del pueblo del Bolsón de Pipanaco. Porque nada llega del gobierno, porque nada llega de ningún político de la provincia ni de la nación. Porque parece que no hay dinero, porque parece que la educación no es buen lugar para invertir dinero. Porque es mejor, por ejemplo, hacer un tren bala para que lo usen unos pocos. Unos pocos, que no necesitarán ni tizas, ni pizarrón, ni una vianda para comer algo y poder aprender lo que los maestros les enseñan.

Parece que la educación no es un buen negocio. Parece que es más importante que algunos lleguen más rápido a sus vacaciones, que mejorar las escuelas rurales.

Y eso es muy triste, eso puede quitarle las ganas de festejar a cualquiera. Eso puede borrarles la sonrisa a muchos hombres y niños. Eso hasta me ha quitado la sonrisa a mí, que me considero un optimista. Pero no ha podido desanimar a los chicos del paraje de Tucumanao, ni a sus padres, ni a sus maestros. Porque ellos creen en la educación, ellos creen que, a pesar de la adversidad y del desinterés del gobierno, tan sólo con el esfuerzo de su pueblo, podrán darles un futuro mejor a los chicos que estudian en las tres escuelas de este pueblito, que parece no importarle a nadie.

¿Nacionalismo o Patriotismo?

A pocos días de comenzar los Juegos Olímpicos y estando muy lejos de Argentina, las costumbres y algunos hábitos comienzan a hacerse extrañar. La experiencia que significa ir a conocer otras costumbres, diferentes a las propias, hace que uno ponga algunos hábitos cotidianos, propios de nuestra cultura, en un pedestal. O no quizá en un pedestal, pero sí se valoran más que cuando los practicamos con soltura en nuestro hogar.

Esas costumbre son quizá lo que puede acercarme un poco a lo más parecido al patriotismo. Quizá comience a hablar de eso, porque es complicado entender lo que es el patriotismo. Quizá haya que entender mejor lo que debería ser el patriotismo y lo que es hoy en día.

Hablé de los juegos Olímpicos porque el deporte es una de las cosas que nos hacen sentir argentinos con fervor. Algunos critican mucho ese patriotismo deportivo. Pero creo que es algo inevitable. Quizá deberíamos ver con mejores ojos el nacionalismo que nos despierta el fútbol o el mate o tal vez el asado… esas costumbres que no deberíamos perder, que algunas ideas nacionalistas que terminan rozando la xenofobia o el racismo. Habría que enaltecer esas costumbres que son las que nos hacen argentinos o rioplatenses. Yo encuentro, personalmente, el patriotismo allí, en esas prácticas.

Sería, por lo menos, una buena manera de comenzar. Quizá, de esta forma, podamos comenzar a tener una conciencia más humanista y menos nacionalista o patriótica. Porque, como siempre abogamos desde aquí, todos los hombres debemos considerarnos pares, no iguales… porque en la diferencia está la esencia… allí está la respuesta… enaltecer lo diverso… encontrar en esas pequeñas cosas lo que nos hacen especiales a todas las personas de este mundo.

Quizá encontrar un nacionalismo menos patriota… intercambiar cosas que nos enorgullezcan, que nos hagan felices por ser quien somos… para compartirlo con todo el mundo, entregando lo propio y recibiendo lo bueno desde todos los lugares de esta tierra.

Palabras sobre espaldas

Luego de haber liderado el proyecto de participación ciudadana, realizado en la ciudad española de San Lorenzo del Escorial, del cual les hablé hace dos semanas, he decidido quedarme unos días más por el viejo mundo.

Entre todas las experiencias que uno tiene como turista en una ciudad desconocida, en este caso Madrid, hubo una que llamó mi atención particularmente. Tuve la grata oportunidad de conocer un barrio popularmente llamado “lavapies”, inmenso en plena capital española. Este barrio tiene la particularidad de albergar a todo tipo de inmigrantes: africanos, asiáticos, centroamericanos y sudamericanos. El encuentro de culturas le otorga una personalidad y un carácter especial a la zona. En esta oportunidad, me topé con un cubano orgulloso de ser parte integrante de este mix cultural, de este barrio tan particular. Ese hombre, “pipo”, nos habló a mí y a mis colegas durante unos minutos. Fue una experiencia quizá inolvidable. Inolvidable porque, sin querer, abrió su pecho nos entregó su alma, sus más sinceros pensamientos. Y tal vez allí estuvo lo esencial, lo ll amativo, lo que me tiene ocupado en este momento. Allí, en sus pensamientos…

Este hombre intentaba, en todo momento, inspirar en la gente que lo rodeaba un sentimiento de integración. Su esfuerzo era extremo, hasta el punto de incomodar a quienes estábamos escuchándonos. Quizá sus intenciones eran buenas, pero la gente no podía evitar, a pesar del esfuerzo, sentirse incomodada por aquel hombre. Yo sentí algo extraño y comencé a pensar que algunas cosas no pueden forzarse… pero luego entendí que ese no era el problema. El inconveniente que no pudo superar aquel cubano era otro… era que no debía convencer a nadie de quienes estábamos escuchándolo. Qué prejuicios raciales pueden tener unos jóvenes que caminan por un barrio lleno de inmigrantes, como yo en Madrid, que entablan, sin ningún inconveniente, una conversación con un hombre que vino de Cuba al viejo mundo a buscar su suerte. Qué problemas podemos tener, si estamos en lavapies hablando con hombres diferentes a nosotros, pero, en el fondo, tan iguales… hombres que intentan ser aceptados como cualquiera en este mundo lleno de prejuicios… porque casi todos integramos alguna minoría.

Mientras aquel hombre cubano hablaba, yo miraba hacia la nada, escuchando la mitad de lo que me decía ya. Y pensaba, reflexionaba. “Casi todos somos alguna minoría”. Y quizá eso debe unirnos, porque jamás me señalaron por ser negro, por la simple razón de que soy blanco, pero varias veces me sentí menos que alguien… muchas veces me hicieron sentir poca cosa. Porque casi todos somos alguna minoría. Y quizá eso nos una, quizá por eso, yo y esos jóvenes decidimos ir a lavapies a pasar bien una noche de fin de semana, quizá por eso decidimos escuchar a aquel cubano que tenía cosas para decirnos.

Y es allí donde encuentro el error de aquel hombre y quizá de muchos de los que abogamos por un mundo más igualitario, más justo y feliz. Sí, es ese el error que debemos evitar: no hablarles solamente a quienes están dispuestos a escucharnos. En cambio debemos gritarles, lanzarles palabras, nuestras más sinceras y profundas palabras a las espaldas de los hombres que intentan ignorarnos.