Hace unos días, leí una noticia sobre una familia mapuche, de la comunidad Mellao Morales, de la provincia de Neuquén, que fue víctima, por varios años, de una estafa.
Este matrimonio fue obligado a pagar por el uso de las tierras que trabajaban, con chivos y ovejas. Finalmente, cuando quisieron aumentarles la renta a 5.000 pesos, tras una investigación privada iniciada por la familia, los terrenos resultaron ser de la comunidad mapuche.
Este caso que, a primera vista, puede resultar anecdótico, es un ejemplo más de la persecución económico-social y, sobre todo, cultural que la sociedad argentina y, por extensión, la americana y mundial ha sostenido, con insistencia, desde la intervención europea en América a esta parte.
Intelectuales, políticos, artistas y sociedades civiles han gastado sus esfuerzos y sus inconciencias en desterrar estas culturas y estas auténticas formas de vida. Y hay también quienes hemos sido espectadores de esta traición a los valores humanos.
La discriminación, entendida en su significación más simple, es solamente una de las caras de la persecución que sufren estos pueblos. Más allá de este desplazamiento social, que es producto de una actitud “europeizante” y hegemónica, existen otras acciones que dificultan y hasta impiden la libertad de estas comunidades.
Y lo digo yo, que soy nieto de europeos. Pero también soy humanista, en el sentido llano de la palabra. Lo digo porque creo aún en la libertad.
Pero en la libertad plena, la real…
Y no en la oferta vacía de aparentes variedades profundamente monótonas, carente de ideas, de nuestra triste realidad post-moderna.

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