Archivo de Febrero, 2008

Para llegar al cielo

La noticia más leída de Clarín este último sábado fue la que habla sobre la intención de un árabe de construir la torre más alta del mundo. Su costo será de 10.000 millones de dólares y tendrá una altura de 1.600 metros, superando ampliamente a “Burj Dubai”, que está en plena construcción, y a la torre de oficinas Taipei, en Taiwán.

Lo que me llama más la atención de esta noticia no es solamente que haya sido la más leída entre todas, sino esa clara fascinación, que tienen las sociedades modernas, por construir y construir, hasta llegar al cielo. Gastar millones y millones de dólares, casi sin sentido, para fascinar, para deslumbrarnos.

Y puedo pensar y hablar de cómo podría gastarse ese dinero en cosas más necesarias. Construir otro tipo de viviendas más baratas, para gente que realmente lo necesita; pero, claro, eso no es buen negocio. Tampoco es bueno hablar de eso, porque es más divertido y espectacular un edificio de 1.600 metros. Es un ícono, un símbolo que atraerá el turismo. Pero eso a mi no me importa. Me resulta un gasto de dinero infernal y sin sentido.

Pero también podría hablar de esa intención inclaudicable que tenemos por trascender las fronteras de nuestro mundo. No está mal hacerlo, pero creo que seguir ese rumbo es equivocar el camino. Construir un edificio tan alto no nos acerca más al cielo, no nos permite traspasar barreras. Para llegar al cielo necesitamos otras cosas. Necesitamos imaginación, fe, esperanza, entre otras cosas.

Tal vez esté pasando otra cosa, y no lo supe ver, tal vez este edificio nos va a llevar a un nivel de superación humana jamás visto o imaginado. Puede ser que sea un necio y no lo comprenda. Quizá soy un ignorante que no lo puede entender. 10.000 millones de dólares gastados en un edificio gigante quizá sea una buena inversión. Debe ser eso.

Acaso yo no entienda lo que es trascendental, porque sigo pensando que para llegar al cielo necesitamos otra cosa: más libertad… eso ser más libres, sobre todo en países como China o Arabia, donde se construyen, paradójicamente, las torres más altas del mundo.

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Cruzando fronteras

Esta semana pensé en invertir las líneas de esta columna, para hablar de las médicas sin fronteras que fueron secuestradas y luego liberadas.

Había pensado en transmitirles el desdén y la bronca capital que me produjo este acto de egoísmo tan evidentemente cruel. Poner piedras en el camino de personas que dedican la vida para ayudar a aquellas que necesitan una mano, una luz en la obscuridad: esa idea me parecía totalmente condenable y tenebrosa.

Estaba pensando en eso, en usar mi espacio periodístico para comentarles esa sensación que tuve. Mas luego, una idea -“sin fronteras”- invadió mi decidida concentración. Comencé a pensar en lo bueno que puede resultar cruzar las fronteras en todo lo que hagamos, o en mucha de las cosas que hacemos como ciudadanos y seres humanos.

Pensé en cruzar las fronteras de la solidaridad, de la justicia.

Pensé en todo lo que puede resultar reparador para muchas almas. Cruzar las fronteras del compromiso social.

Pensé en cruzar las fronteras de la conciencia, de la bondad, del amor más cotidiano.

Pensé en romper fronteras en todo lo que está atado o cercado por la ignorancia. Cruzar las fronteras de la educación.

Cruzar fronteras: de las ganas de vivir; las fronteras de la paz, por ejemplo, entenderla como algo más que la ausencia de guerras.

La idea puede ser simple, si cruzamos la frontera de la ilusión; “cruzar fronteras”, no tener miedo a ser distintos, si es para bien.

Cruzar fronteras… para mejorar, para crecer como sociedad, como seres humanos.

Pensé en eso.

Esta semana, decidí dejar la bronca para otro día; abandoné la crítica para otra ocasión, porque pensé distinto, porque a fin de cuentas, todas las semanas, estoy intentando cruzar una frontera, la del periodismo.

Cruzo la frontera de esta humilde columna y, casi sin darme cuenta, los estoy invitando a creer que mucho es posible, que cruzando las fronteras que nos marcan los límites, podamos entender que el mundo puede ser un lugar más justo.

Podría decir que no

Podría decir que el mundo es duro, y sentarme a descansar.

Podría entender que la injusticia es más fuerte que la voluntad del hombre.

Podría saber que la vida para muchos es difícil, y pensar que no puede hacerse nada.

Podría comprender la pobreza como inherente al existir humano. Podría creer que eso es verdad, mil veces.

Podría sentarme a esperar que la humanidad evolucione, o resignarme a que sea para otra generación.

Podría decir que al final todo llega, que en otra vida todo se paga. Podría entender que esa es la única justicia posible.

Podría tan sólo agradecer que me tocó nacer “bien parado”, y desearles suerte a los desamparados o desdichados de este mundo.

Podría decir tantas cosas que conformaran a nuestra exigua conciencia social. Podría hasta creerlas realmente.

Podría dejarle el trabajo a Dios, y rezar hasta el hartazgo por las víctimas de guerras o por los que mueren de hambre.

Podría perder la esperanza, cada vez, e intentar mirar para otro lado.

Podría echar culpa a malos políticos y delincuentes varios, y creer que estoy haciendo suficiente.

También podría no ser necio, y tener los pies sobre la tierra.

Podría creer tantas cosas, pero sinceramente… hoy me desperté con ganas de creer en lo imposible.

Aunque no sea simple

A veces nos preguntamos qué podemos hacer ante las injusticias que agobian al mundo. Otras veces, estamos más distraídos y no observamos o no le prestamos la debida atención a los hechos más indignos. Y eso es lógico, porque nadie puede estar pensando en el otro todo el tiempo. Nadie tiene la obligación moral de ir por ahí reparando el mundo. Sería necio esperar eso de todos. Porque eso es para los héroes, los próceres y para algunos líderes. Eso sólo se ve en las películas o e los libros de historia antigua o contemporánea.

Pensar en las cosas malas, de este lugar tan plural en el que nos tocó vivir, hasta puede resultar engorroso y, por más, desalentador. Es una práctica que pocos seres humanos se animan a hacer. Es difícil y también algo fuera de lo común. Pero a veces, y sólo por momentos -no pido más-, puede intentarse.

“No es necesario ser Mahatma Gandhi”, eso dije yo en una de mis primeras columnas por este medio… y es cierto, sigo creyendo en esa propuesta. No hay que hacer demasiado. De vez en cuando ayudar a alguien esta bueno, porque además de ser un acto enriquecedor, es algo que debe hacerse. Es simple: darle al que no tiene, lo que no nos resulta vital, lo que pude sobrarnos.

Y esto no requiere de un esfuerzo mayor que el que sensibilizarse con cada acto de injusticia.

Donde se ve la desigualdad más pueril, hay que atacar con la cordura de compartir lo que es necesario, lo vital. Sé que resulta difícil escucharlo y asumirlo.

Pero más difícil aún es practicarlo. Debe ser un acto cotidiano. Una práctica que exige concentración, aunque haya distracciones habituales.
Es muy difícil lograr una conciencia social plena. Lo sé porque lo intento hace algunos años… Es muy complicado, muy desalentador y de nunca acabar.

Parece casi imposible, pero vale la pena intentarlo.