Archivo de 6 06America/Buenos_Aires Enero 06America/Buenos_Aires 2008

Carta a los megapensantes

Esta semana quiero hablarles de algo distinto… Ayer tuve la oportunidad y la dicha de disfrutar de la primera publicación de mis poesías. Esto puede resultar algo extraño; muchos pensarán que es algo poco interesante, o que no es propio para esta columna. Y puede que tengan razón, desde algún punto de vista. Pero no es específicamente de eso de lo que quiero hablar esta semana.

Luego de una noche de emociones, entre libros nuevos, amigos y familia, me acosté agotado y orgulloso de mí mismo, y algo, una idea escurridiza, se alojó en mi cabeza, casi toda la noche… Pensé en lo que debe ser uno en la vida.

Recordé o inventé algunos momentos en los que, cuando niño, respondí que sería carpintero como mi padre, ante la pregunta típica “qué te gustaría ser cuando seas grande”. Ese recuerdo me trajo un poco de nostalgia, aunque sé que era una nostalgia sana.

Seguí pensando en lo que hay que ser en este mundo… “un hombre que trabaja en lo que no ama, aunque lo haga todo el día, es un desocupado”, eso dijo Facundo Cabral, un cantautor y filósofo popular de aquellos y estos tiempos. Creo que tiene razón. Y con ello, no quiero quitarle dignidad a ningún trabajo, porque creo que todo trabajo es digno, sobre todo en tiempos donde la falta del mismo te lleva a lugares obscuros e indeseables. Lo que realmente me gusta de esa frase es la defensa de los sueños de cada uno. Y aquí sí que me interesa realmente que no se me malinterprete; no quiero que se crea que estas palabras son un discurso del tipo “con voluntad, esperanza y fe, todo se puede”, porque conozco las piedras que nos pone la vida. Aunque no la viví, vi la miseria y el hambre, varias veces. Por eso me interesa que se esté atento a lo que quiero decir… Creo que es algo muy valioso, porque sé que muy pocos lo consiguen: trabajar de lo que uno ama.

Y es por eso que decidí derrochar esta columna y no hablar de los verdaderos problemas del mundo, como los tengo acostumbrados. Esta vez, se me escapó la ira cotidiana, tal vez se me escurrió la crítica o, simplemente, me sentí satisfecho… y con ganas de que todos puedan tener la oportunidad de lograr sus cometidos. Y, como no pude hacer nada más, sólo vine a hacer lo que sé hacer mejor… escribir.

Por eso, aunque suene a falsa modestia, hoy decidí gastar esta columna, sin hablar de los problemas de la sociedad global, para contarles que alguien –en este caso, yo- pudo sentir, en este mundo de pocas oportunidades, la dicha de haber alcanzado sus objetivos. Les deseo lo propio a todos ustedes… y les pido disculpas por haberme alejado de nuestro interés común de escritor-lector.

Gracias… y hasta la semana que viene.