Archivo de Enero, 2008

Pintando oportunidades

Somos muchos quienes creemos que las personas  que viven fuera del sistema, sean argentinos o no, aquellos que están excluídos,  deben tener la humana posibilidad de reinsertarce en la sociedad. Estoy hablando de quienes se vieron o no obligados a robar para comer; además de los “chorros” y de los “pungas”, como así también de los asesinos y los violadores. Sí, estoy diciendo que somos muchos quienes entendemos que esas personas tienen el derecho y la obligación de acomodarse a la moralidad social.

Entendido esto, quiero hacer caer mi crítica más carnal sobre quienes no están dispuestos a hacer un mínimo esfuerzo, para aceptar que quienes estuvieron del otro lado de la ley y quieren cruzar la línea, hacia el lado correcto, deben ser tratados con el respeto más habitual; ese mismo respeto que merece cualquier ciudadano por el sólo hecho de serlo. Y estoy enfocándome específicamente en aquellos padres que se quejan, con el más cotidiano derecho, a que algunos presidiarios voluntarios, arreglen, como parte de su programa de reinserción a la sociedad, las escuelas de sus hijos que, según uno de los reos trabajadores, estaban tan destruidas como las celdas de aquellos ex delincuentes.

Este tipo de actitudes, que sin una reflexión medida puede parecernos lógica, son las que impiden, entre otros factores, a que nuestra sociedad no evolucione favorablemente. Son actitudes que lo único que consiguen es que estos hombres, que quieren ser parte integrante de la ciudadanía argentina, continúen inmersos en la delincuencia. Es la sociedad misma la que debe darle la oportunidad de redimirse, de pagar su culpa. Somos todos nosotros quienes debemos ayudarlos a ser personas gratas. Debemos darles la oportunidad de crecer, de mejorar, de ser un ejemplo para nuestros niños y para ellos mismos. Debemos mostrarles que el delito no es el único camino en este mundo de pocas posibilidades. Debemos ayudarlos a escribir un camino paralelo a la moralidad general. Debemos ser sus guías. En definitiva, debemos darles la oportunidad que la vida o las circunstancias no le dieron.

Es fácil entender a alguien que le negó un trabajo a un ex presidiario, pero muy difícil emplearlo. Eso es cierto. Pero también, darle una oportunidad, es más gratificante, y es lo que necesitamos para crecer como sociedad.

Estos hombres quieren ser mejores personas, por eso pintan las aulas de la Escuela 52, en el barrio Las Quintas. Estos hombres, en definitiva, están haciendo lo que los políticos que elegimos no hicieron. Podríamos, por eso, hacer un esfuerzo, por una vez, y elegirlos a ellos, que ahora sí tienen la intención de hacer las cosas bien.

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Sin tren ni dignidad

Y ahora ni siquiera tienen su tren…

Ya les habíamos quitado la dignidad. Se habían rebajado a revolver la basura para sobrevivir, para alimentar a sus familias. Y ahora le quitamos su tren… porque es peligroso.

Es peligroso que se junten. Porque pueden comprender la injusticia que ha golpeado sus cuerpos. Es peligroso porque pueden verse iguales a ellos mismos, pueden juntarse, organizarse y hacer cooperativas, dignificar su trabajo, siquiera un poco. Y eso, para algunos, para los que nos gobiernan y otros tantos, eso es peligroso.

Hubo quienes se quejaron de la inseguridad del “tren blanco”, la misma que está en todos lados, por estos días. Esa inseguridad que se siente en la esquina de cualquier cuadra de buenos aires. Pero es fácil encontrar un chivo expiatorio. Es fácil agarrárselas con ellos, porque no se pueden defender, porque recién se estaban organizando.

Pero para ellos, que son verdaderos trabajadores, no fue suficiente. No se quedaron con las manos cruzadas. Como ya no tenían su tren, tuvieron que juntarse de otra manera. Sintieron la necesidad de alimentar a sus hijos, por eso buscaron otra forma de organizarse. Se reunieron en una plaza de Nuñez y en Barrancas de Belgrano. Pero “claramente” aquello les resultó, a nuestros gobernantes capitalinos, tan o más peligroso que el tren blanco. Por eso mismo, hoy consideran necesario “desarmar los asentamientos que se montaron allí”, así lo expresó esta semana el ministro de Espacio Público porteño, Juan Pablo Piccardo.

Es evidente que hay un conflicto de convivencia. Y es evidente que ese conflicto se basa en la falta de tolerancia, en la falta de tacto y de bondad y solidaridad que tienen ciertos porteños con sus coterráneos.

Pero es más simple echar culpas. Es más fácil ocultar la mugre o los problemas bajo la alfombra. Es más fácil quitarles el tren que les permitía dignificar un poco su “trabajo”, sus vidas, y echarlos de la plaza. Es mucho más simple desalojar a palazos terrenos ocupados por gente sin techo. Es más fácil que “la chusma” esté lejos, como en épocas de poca libertad, como en las épocas de esclavitud asumida… Es más fácil así, porque es la única forma que tiene la gente que no posee tolerancia ni bondad, la que hoy nos gobierna en la Capital, de saber que de esa manera, únicamente, “va estar bueno Buenos Aires”.

Melodía de la no-violencia

“Sin música la vida sería un error”.
Friedrich Nietzsche

La música puede llevarnos a lugares que muchas veces hemos deseado.

La música puede ser aquello que sabe acariciarnos el alma. Lo que logra helarnos los huesos.

Con música podemos vivir y acompañar momentos inolvidables. Podemos decorar nuestra primera cita. Podemos iluminar un viaje que marque nuestras vidas… La música puede ponerle el color que falta en nuestras vidas.

Puede convertir un día gris, de lluvia, en una velada memorable. O hacernos olvidar lo que creíamos adherido a nuestra memoria por siempre.

La música puede hacer muchas cosas en este mundo… puede convertirse en arte.

Puede acompañar anécdotas, puede representar los sentimientos más puros y sinceros. La música puede llenar de magia los ambientes cotidianos… puede hacer inmortal lo perecedero. Puede trascender fronteras. Puede profesar la paz, puede inventar mundos más hermosos que este.

Puede alegrarnos el día.

Ponerle sol a la noche y estirar los buenos momentos. Puede convertir en Dioses a músicos, para que embellezcan el mundo.

La música es capaz de muchas cosas; hasta de lo más simple: puede acompañarnos en la ducha, en el auto, en el trabajo, cuando corremos, cuando queremos olvidar, cuando queremos recordar… puede estar allí en todas las fiestas con amigos o en una tarde solitaria. La música puede devolvernos la sonrisa o quitarnos las lágrimas más sentidas.

La música puede hacerse sentir indispensable para nuestras vidas, aunque no lo sea…

Porque con música se puede hacer mucho. Puede lograrse hasta lo que parece imposible… puede que quinientos niños pobres eviten el hambre y la delincuencia. Puede que esos chicos, de cuatro de los barrios más pobres de la Ciudad de Buenos Aires, quiten las armas de sus mochilas, para hacerle lugar a los pentagramas de Wolfgang Amadeus Mozart.

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Carta a los megapensantes

Esta semana quiero hablarles de algo distinto… Ayer tuve la oportunidad y la dicha de disfrutar de la primera publicación de mis poesías. Esto puede resultar algo extraño; muchos pensarán que es algo poco interesante, o que no es propio para esta columna. Y puede que tengan razón, desde algún punto de vista. Pero no es específicamente de eso de lo que quiero hablar esta semana.

Luego de una noche de emociones, entre libros nuevos, amigos y familia, me acosté agotado y orgulloso de mí mismo, y algo, una idea escurridiza, se alojó en mi cabeza, casi toda la noche… Pensé en lo que debe ser uno en la vida.

Recordé o inventé algunos momentos en los que, cuando niño, respondí que sería carpintero como mi padre, ante la pregunta típica “qué te gustaría ser cuando seas grande”. Ese recuerdo me trajo un poco de nostalgia, aunque sé que era una nostalgia sana.

Seguí pensando en lo que hay que ser en este mundo… “un hombre que trabaja en lo que no ama, aunque lo haga todo el día, es un desocupado”, eso dijo Facundo Cabral, un cantautor y filósofo popular de aquellos y estos tiempos. Creo que tiene razón. Y con ello, no quiero quitarle dignidad a ningún trabajo, porque creo que todo trabajo es digno, sobre todo en tiempos donde la falta del mismo te lleva a lugares obscuros e indeseables. Lo que realmente me gusta de esa frase es la defensa de los sueños de cada uno. Y aquí sí que me interesa realmente que no se me malinterprete; no quiero que se crea que estas palabras son un discurso del tipo “con voluntad, esperanza y fe, todo se puede”, porque conozco las piedras que nos pone la vida. Aunque no la viví, vi la miseria y el hambre, varias veces. Por eso me interesa que se esté atento a lo que quiero decir… Creo que es algo muy valioso, porque sé que muy pocos lo consiguen: trabajar de lo que uno ama.

Y es por eso que decidí derrochar esta columna y no hablar de los verdaderos problemas del mundo, como los tengo acostumbrados. Esta vez, se me escapó la ira cotidiana, tal vez se me escurrió la crítica o, simplemente, me sentí satisfecho… y con ganas de que todos puedan tener la oportunidad de lograr sus cometidos. Y, como no pude hacer nada más, sólo vine a hacer lo que sé hacer mejor… escribir.

Por eso, aunque suene a falsa modestia, hoy decidí gastar esta columna, sin hablar de los problemas de la sociedad global, para contarles que alguien –en este caso, yo- pudo sentir, en este mundo de pocas oportunidades, la dicha de haber alcanzado sus objetivos. Les deseo lo propio a todos ustedes… y les pido disculpas por haberme alejado de nuestro interés común de escritor-lector.

Gracias… y hasta la semana que viene.