Archivo de Diciembre, 2007

Falta poco…

Ya adelantamos la hora necesaria y se acerca el día. Un nuevo año va a comenzar y, con él, nuevas esperanzas. Eso es lo que siempre se dice.

Podemos estar de acuerdo con que el 2007 fue un buen año. O por lo menos no fue como el 2001. Los números son mejores, dibujo más, dibujo menos, los índices dicen cosas buenas. Hay más trabajo, más capacidad de compra, de ahorro. No es mucho pero es mejor que lo que hubo.

También podemos mirar el lado negativo. Hay inflación, mucha gente en la calle, la inseguridad es cada vez más grande y la corrupción es similar a la de la década del noventa. Parece muy feo, pero siempre depende de qué lado se lo mire.

Yo, personalmente, creo que estamos un poquito mejor. Pero aún hay cosas que no me gustan, y, aunque parezca lo contrario, no estoy hablando de política. Me refiero a otras cosas. Me refiero a nosotros, a nuestra sociedad… hay cosas que todavía no me gustan. Y un poco de eso hemos hablado durante gran parte de este año. Igualmente, reconozco que un poquito hemos mejorado.

A pocas horas de comenzar un nuevo año, puedo entender que los argentinos nos hemos sensibilizado en algunas cosas. Por citar un ejemplo, tiramos menos basura en la calle ¿o no? Y algunos entendimos que se es gordo porque se está enfermo y no por elección. También pudimos volver a sentir el orgullo de ganar la plata trabajando, el orgullo del esfuerzo. Y creo que volvemos a tener los pies sobre la tierra: somos latinoamericanos y, por suerte, comenzamos a perder el aire del primer mundo, que no nos pertenece. Hay algunas cosas que han cambiad. Son pocas, pero es una buena forma de empezar a construir un lugar mejor.

Igualmente, debemos estar atentos. Debemos mirar el lado obscuro. No tenemos que pecar de falso optimismo y creer que todo está listo. En estas fechas es fácil creerse satisfecho y feliz. Por eso, hay que tener conciencia y pensar en lo que no hay, en lo que todavía falta.

Tenemos que pensar en eso que alguien no tiene, eso que siempre digo que es simple… el orgullo del trabajo, la conciencia ciudadana de no tirar basura, la dicha de no ser discriminado, escuelas llenas de chicos deseosos de aprender o, sencillamente, un pan en la mesa todos los días.
Falta poco…

La forma es simple: estar orgulloso de lo conseguido, de los logros personales y colectivos. Pero no perder de vista aquello que se nos torna esquivo.

¡A no distraerse! Aunque nos resulte difícil, durante el brindis y después de la tercera o cuarta copa.

Feliz 2008 para todos.

Una Navidad de otro mundo…

Puede que en esta Navidad, cuando estemos brindando, pensemos en que debajo del árbol hay regalos esperándonos.

También puede que, en el mismo instante en que abramos esos regalos, lamentemos que aquella tía, no tan lejana, no haya abandonado el camino de la sana costumbre y descubramos, en el interior del paquete que nos entregue, un par de medias, igual al de todos los años.

Y es probable, quizá, que cuando compremos fuegos artificiales, pensemos que la Navidad es fascinante. Y puede también que, en el mismo momento en que veamos la bola más grande explotar en el cielo, creamos que la vida es hermosa.

Y eso es la Navidad que vivimos muchos. Esa es la que yo conocí. Desde el cuerpo y desde la mente.

La Navidad es un encuentro familiar, “el gran encuentro familiar”. Y es además brindis, regalos y fuegos de artificio.

La Navidad es lo que esperamos durante el año. Porque tiene aroma a magia; ese perfume que viene de las estrellas.

Es el polvo de Papá Noel, Santa Claus, o como sea, que nos llena de alegría. Es la fiesta de la magia y la esperanza.

Por eso es probable que brindemos y nos llegue esa magia. Y puede que abramos los regalos y allí esté la magia. Esa magia. La magia de Navidad. La magia descartable.

Esa magia que se compra… que viene con cincuenta por ciento de descuento en las tiendas. La magia que se esconde en el “Happy Hour”, la que se paga en cuotas. La magia que es para pocos, aquella que muchos no alcanzan.

Esa es la Navidad que se vive en muchos lugares, la que no está en las calles, la que no aparece en la parte de abajo. Esa que siempre supe festejar. Aquella distinta a la que viven muchos y que no lleva magia de cartón.

Y esa Navidad, la otra, la “obscura”, la desconocida, es la que viviré este año; lo he decidido así. La llevaré en cuerpo y mente.

En esa Navidad pensaré cuando brinde a las doce de la noche del veinticuatro, esa Navidad sentiré a la hora de abrir mis regalos… porque será esa la Navidad que muchos tendrán cuando exploten los petardos… esa, la de las cenas a medias, la de los regalos inventados, la de las esperanzas quebrantadas, la de los llantos, la que viven aquellos que piensan en la magia de estas fechas, sólo cuando imaginan un mundo más justo. Un mundo donde Papá Noel, Santa Claus o como sea, les pueda dar a sus hijos lo que merecen. Un mundo simple, donde el pan dulce y el turrón alcance para todos.

Carrera hacia la ética

Así fue… el patrullero corriendo una “picada”, una carrera ilegal; una de esas tantas, por las que han muerto muchos, inútilmente; aquellas que todos queremos lejos. Las que no deberían existir.

Y es fácil hablar de la moral, o la ética que debería encauzar a este país, a nuestra sociedad. Es muy fácil hacer un sermón, en este caso. Cualquiera puede hacerlo, ante situaciones de este tipo ¿Cuánta gente podría defender a esos policías? Es difícil saberlo con exactitud, pero podemos estar de acuerdo con que deben ser pocos, quienes compartan estos actos fácilmente condenables. Y es por eso que es sencillo hablar de ética. Es simple cuando hay mayoría de un lado, de este lado. Pero no todo se reduce a una idea, por más mayoritaria que sea. Sería un error dejarlo pasar y tan sólo condenarlo. En todo caso, ese es el trabajo de quienes nos escondemos detrás de las palabras, quienes tenemos un lugar privilegiado para criticar, para hacer moralismos.

Debemos ir más allá: “nobleza obliga”. Porque es fácil señalar a un policía, o a dos, y echarles la culpa… simplemente porque es culpable.

Actuó mal, muy mal; arriesgó las vidas que debían ser protegidas por él. Y eso es hacer las cosas al revés. Pero, curiosamente, hay más que eso…

Porque hoy se habla mucho de inseguridad. Y hay quienes piden mano dura. Presencia policial parece ser la solución. Muchos creen eso, están convencidos. Y allí comienza el debate: represión o no represión, mano dura o mano blanda, gatillo fácil o zonas liberadas. Los extremismos nunca son buenos. Lo importante es pensar, pensar y hacer las cosas bien.

Porque no todos los policías corren “picadas”, ni tampoco se soluciona la inseguridad con mayor presencia policial. Para eso hace falta trabajar, trabajar para que haya trabajo, educación y dignidad. Pero eso lleva mucho tiempo… es más fácil echarle la culpa al que hace algo mal, a quien comete un acto totalmente condenable: al policía que corre una picada, al doctor que comete mala praxis o al funcionario que habilita un boliche que no cumple con las condiciones de seguridad.

Quizá deberíamos dejar de echarles la culpa a las personas y empezar a convencernos de que la que está enferma es la sociedad, y que hay que curarla. O, por lo menos, comenzar por casa, y dejar de pasar semáforos en rojo, de romper los bienes públicos o no tirar más papeles en la calle.

En definitiva, deberíamos empezar a cambiar… y dejar de disfrutar el arte de la crítica.

Video que inspiró esta nota

Sin “ismo”

Dos noticias, publicadas en los últimos meses, me produjeron similares sentimientos.

Una es la de aquel niño sordo, de la comunidad pampeana de Van Praet, a quien le fue negado tomar su primera comunión, porque el sacerdote de su escuela, Héctor Cuchieti, y la catequista encargada de enseñarle la palabra de Dios y los valores de la religión católica, entendieron que eso era lo correcto. La razón del impedimento fue que ellos no le entendían y que el niño no estaba preparado; eso respondieron los responsables, con un cinismo inocultable.

La otra noticia es la que protagonizó, lamentablemente, un chico de Rosario con una discapacidad motriz, a quien sus padres se vieron obligados a cambiarlo de colegio, porque, supuestamente, las instalaciones del mismo no estaban equipadas para una persona como él. Así lo entendieron las autoridades de la Escuela Nuestra Señora de Guadalupe. Lo más insólito del caso es que, en el colegio, hay un ascensor que lo puede llevar al aula. Pero el director está convencido de que no es apropiado que este alumno lo use, porque el mismo está reservado para el “uso exclusivo del personal docente”.

Estas dos noticias son las que me produjeron un sentimiento similar. Ambas tienen la particularidad de producirme una irascibilidad automática.

Estos casos de discriminación desvergonzada son verdaderamente actos de violencia simbólica. Y allí no juegan los valores institucionales. No importa si aquellos hombres son católicos, judíos, cristianos, mahometanos, musulmanes o budistas. Y lo más vergonzoso es que son líderes en sus ámbitos, cuando realmente no deberían ser tomados como ejemplo.

Aquel sacerdote le rompió el corazón y le avasalló sus ideales a ese niño, quien, inevitablemente, se defraudó. Y eso es grave. En tiempos en los que no hay valores andando por las calles, a este chico le tiraron toda la estantería de la ética, destruyendo sus pensamientos y creencias.

La discriminación no tiene color ni ideología. No pertenece a ningún “ismo”. Y es por eso que no hay que hacer distinciones desafortunadas y nunca equivocarse. Porque puede ser peligroso. Hay que evitar generalizar al condenar estos desagradables hechos. Porque sería pagar con la misma moneda, sería la ley del talión. Y eso es grave, tan grave como que a un niño que tiene la capacidad de oír con el corazón, le nieguen comulgarse por primera vez; tan grave como que a un chico no lo dejen estudiar, tan sólo por no poder subir un piso, para llegar a su aula, con sus compañeros, con su maestra o profesora.

Esté niño lloró por no poder estudiar, y aquel destruyó todos sus libros de catequesis. Se sintieron defraudados por aquellos hombres, aquellos que deberían enseñarle a ser buenas personas, aquellos que no distinguen lo que está bien y lo que está mal, los que no conocen el verdadero significado de la ética, aquellos… que no entienden que es más importante que un chico crezca con buenos valores y eluda la ignorancia, que la incomodidad que puede provocar un sermón integrador o el hecho de compartir un ascensor, con alguien que verdaderamente lo necesita.

Levantar la mano y votar

Levantar la mano y votar.

Nada muy complicado. Con previo, sincero y comprometido debate, hay que levantar la mano y votar.

Votar como votamos nosotros para darles la dicha de sentarse en los sillones legislativos. Es un derecho y una obligación que tienen tanto los diputados como los senadores de nuestro país. Es el deber de nuestro congreso: levantar al mano y votar.

Votar con conciencia. Votar para construir un mejor país. Para mejorar lo que tenemos; para cambiar lo que está mal.

No es tan difícil. Sólo hay que mantenerse despierto; abrir bien los ojos y no dormirse, para escuchar, para entrar en el debate, que debe ser sincero y comprometido.

Hay que estar despiertos y no pasar papelitos con frases que comprometan a ex-presidentes, como “hay que cajonear la ley”. Es necesario establecer un antecedente, hacer cosas nuevas… simplemente levantar la mano y votar con conciencia.

Es simple levantar la mano y votar, pero deben levantarla cuando se cree realmente en la propuesta, no por inercia o por obligación partidaria. Votar con conciencia.

Terminar con el oficialismo o la oposición “per se”. Hay que ser conciente al levantar la mano para votar.

Hay que ser responsable y coherente, como lo fueron en el último tiempo.

La ley de protección de los bosques argentinos es un claro ejemplo de voto con verdadero sentido común. También lo es la ley que obliga, a todos las obras sociales y los servicios médicos privadas, a cubrir los trastornos alimenticios, como la bulimia, la anorexia y la obesidad.

Ese es el verdadero camino a seguir. Ese es el congreso que necesitamos y queremos los argentinos. Sería muy bueno que no se abandone.

Lo único que se pide, desde este humilde lugar, es simple: no perder el camino emprendido en esta transición política de gestiones; no abandonar el camino y ser coherentes, a la hora de levantar la mano y votar… lo que hay que votar.