Porque la paz no es solamente la ausencia de guerra o de violencia.
Porque paz es sentir la libertad en la piel.
Porque paz significa que cada hombre tiene que ser feliz.
No hay paz, si los derechos no son para todos. No hay paz si alguien siente hambre todos los días; si no puede darles a sus hijos lo que necesitan para vivir.
No hay paz cuando no se vive, sino que se sobrevive. No hay paz en un mundo donde te miran raro si sos gordo, muy flaco, demasiado bajo, homosexual o si te vestís distinto que el resto. En un mundo, donde domina todo eso, no hay paz.
Porque la paz no empieza donde termina la guerra; no es cuestión de cruzar la frontera. Es verdad que allí la vida es más dura. Allí en la guerra. Pero la paz no está donde no hay aquello. La paz es otra cosa.
Porque paz no se siente cuando la gente sale con miedo de sus casas.
La paz no se ve cuando hay quienes deben dormir en la calle. Si no hay techos para todos, no hay paz.
Eso no es la paz. Porque allí donde está el hambre, la indignidad, la discriminación… allí hay violencia. Allí no hay paz. Hay que saberlo.
Hay que saberlo para exigir. Para exigir paz como se debe. Debemos saberlo todos aquellos que queremos paz en el mundo, allá lejos en Irak y acá, a la vuelta de la esquina. Porque queremos paz en los colegios, en las calles, en las canchas de fútbol, en los estadios, en las oficinas públicas, en el trabajo. Queremos paz, con todas las letras.
Por eso, cuando pidamos paz, cuando pensemos en ella, no sólo exijamos que se terminen los tiros, sino también el hambre, la desigualdad, la indignidad, la discriminación, la violencia simbólica, la pobreza.
Sólo así, lograremos algún día vivir en paz.
“Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz sino viene acompañada de equidad , verdad, justicia, y solidaridad”.
Juan Pablo II (1920-2005) Papa de la iglesia católica.

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