Archivo de Noviembre, 2007

Las letras al volante

Dicen que leer es muy bueno. Hace bien.

Leer es un acto que enriquece el alma y cultiva nuestro ser. Es una práctica que indudablemente es muy positiva.

Nadie puede negarlo

Leer hace muy bien. Porque es bueno aprender. Es muy bueno informarse.

No importa tanto qué es lo que leamos: diarios, revistas, libros, apuntes, cuadernos, panfletos, folletos… lo verdaderamente importante es leer un poco.

Y muchas veces es entretenido. Siempre es motivo de alegría ver que la gente está leyendo. Porque además es algo que ya no se hace tan seguido.

Hoy algunos jóvenes dicen no pertenecer a la “generación de leer libros”; eso sí que es extraño. Por eso es gratificante cuando alguien prefiere al libro por sobre la televisión. Y no es que la televisión sea la culpable de todos nuestros males. Nada de eso. Pero en los libros siempre hay algo más.

En lo libros podemos crear nuestros propios mundos. Allí, uno mismo le pone el color a la historia, a la anécdota. Por eso es muy bueno ver que la gente prefiere leer libros.

Leer es lo importante. En los libros está la respuesta.

Es muy bueno leer. Es importante estar informado. Si no pregúntenle a ese chofer de micros… pregúntenle; que él lee mucho. Él entiende que es bueno estar informado. Él lee todo el tiempo; lee hasta cuando maneja, hasta cuando tiene las vidas de los pasajeros en sus manos.

A ese hombre le gusta leer. Recomiéndenle libros, pásenle todo lo que pueda cultivarlo. Porque a él le gusta leer, y lo hace todo el tiempo.

Pásenle libros, préstenle artículos de diarios y, ya que están, recomiéndenle algo de mi parte: cualquier libro, escrito, diario, panfleto o artículo. No me importa el formato ni el dispositivo, pero procuren, por favor, que tenga mucha información sobre valores humanos.

Video que inspiró esta nota

El poder de la tijera

Uno de los derechos más importantes que tiene la humanidad es el derecho a la expresión. Eso lo sabe cualquiera.

Todos sabemos que tenemos la libertad de decir lo que queramos; siempre haciéndonos cargo de los responsabilidades que ese derecho conlleva.

Hace días, uno de los escritores más prestigiosos de los últimos tiempos, ha sufrido el peor ataque que puede sufrir un pensador y escritor. Ha sido censurado.

Una moral fácil, trillada y barata ha considerado, en primera instancia, que la palabra “mujeres” es la más indicada para llamar a las “putas tristes” que han pasado por la vida del maravilloso Gabriel García Márquez. Todo, para luego ser censurado completamente.

Es un acto que cualquier argentino puede saber condenar. Un acto que alguna vez fue moneda corriente, porque alguna moral entendió que todos debían llevar una vida derecha y responsable, sin importar qué pensaban los demás.

La censura es un delito que rompe con todos los sentidos que pueden otorgársele a la libertad. Es un delito que todos deberíamos condenar y que, mal que nos pese, estamos por sufrir nuevamente.

El canal cultural de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires es el objetivo más fiel de la tijera del electo Jefe de Gobierno. “El canal no puede mantenerse solo y es un gasto muy grande”, sostuvo Mauricio Macri, hace unos días.

Y es cierto, para qué negarlo. No podemos ignorar que el canal Ciudad Abierta no es sustentable.
Pero lo que debemos entender es otra cosa. Sabemos que no puede mantenerse solo, pero muchos creemos que, aún así, debe seguir abierta la señal.

Mejor dicho, deberíamos preguntarnos, para entender, cuándo la cultura dejó de ser cultura, para convertirse en un negocio.

Ya nada nos asombra

Y esta vez le tocó a Finlandia…

De a poco se va convirtiendo en una moda, y ya casi no nos asombra.

Un adolescente lleva un arma al colegio, como si fuera su cartuchera, pero esto no nos asombra. Ese mismo chico, horas antes, cuelga un video en You Tube, alertando sobre la masacre que realizará. Y esto nos suena conocido.

El chico va, como todos los días, a la escuela, pero esta vez lo hace con un arma en la mochila. No lleva ningún cuaderno, no lleva ningún libro, ni siquiera la cartuchera. Sólo lleva un arma. Y, como cualquier día, nadie sospecha nada.

Sus compañeros van a la escuela, ignorando su destino. No saben que será un día triste, tampoco que hablarán de ellos en los diarios. Nadie sospecha nada.

En la escuela el aire se siente normal, todos los alumnos estudian como siempre, excepto uno, que no puede concentrarse, porque está nervioso. Él sabe que algo sucederá, sabe que todos hablarán de él. Sabe que su rostro saldrá en la tapa de todos los diarios finlandeses, porque tiene un arma, y está decidido a usarla.

Dos horas después de la masacre, en la que mueren ocho jóvenes inocentes, el video es borrado de la red. Su rostro ya no aparecerá en Internet, sólo estará en la tapa de los diarios y en la memoria de los padres de las víctimas.

El nombre de aquel ángel malvado será maldecido; él será el único culpable; es lógico, es el responsable, es quien largó los disparos.

Todos lo maldecirán y sostendrán que ese chico no es humano; la sociedad se mostrará aliviada al saber que, luego de hacer lo que hizo, el joven se suicidó. Todos desearán que no tenga paz. Así se sentirán vengados los familiares de las víctimas. Así la historia concluirá sin justicia ni impunidad. Todo será un capítulo más de la historia moderna: historia de una sociedad que se auto-destruye.

Pero también habrá algunas voces que no serán oídas, voces que sostendrán que la culpa es de la sociedad moderna, que aliena a la juventud. Pero esta no cumple condena, y es más fácil culpar al chico, que fue quien les disparó a los inocentes.

Es evidente, es más fácil, como es también más fácil, acostumbrarnos a que los jóvenes lleven armas a las escuelas, como es cada vez más fácil que nos matemos si pensamos distinto.

Todo nos resulta más fácil, y elegimos ese camino. Es fácil pensar que hay gente mala y gente buena, pero difícil, intentar descubrir cuáles son los errores de nuestra sociedad, aquellos que llevan a personas, como aquel chico, a cometer ciertas atrocidades. Evidentemente, conviene pensar que hay gente que nace mala en este mundo. Porque es más sencillo juzgar a los “descarriados” y continuar viviendo nuestras vidas.

Es más sencillo juzgar. Juzgar y sentar jurisprudencia para la próxima masacre, que, sencillamente, no nos asombrará.

Sobre el concepto de PAZ

Porque la paz no es solamente la ausencia de guerra o de violencia.

Porque paz es sentir la libertad en la piel.

Porque paz significa que cada hombre tiene que ser feliz.

No hay paz, si los derechos no son para todos. No hay paz si alguien siente hambre todos los días; si no puede darles a sus hijos lo que necesitan para vivir.

No hay paz cuando no se vive, sino que se sobrevive. No hay paz en un mundo donde te miran raro si sos gordo, muy flaco, demasiado bajo, homosexual o si te vestís distinto que el resto. En un mundo, donde domina todo eso, no hay paz.

Porque la paz no empieza donde termina la guerra; no es cuestión de cruzar la frontera. Es verdad que allí la vida es más dura. Allí en la guerra. Pero la paz no está donde no hay aquello. La paz es otra cosa.

Porque paz no se siente cuando la gente sale con miedo de sus casas.

La paz no se ve cuando hay quienes deben dormir en la calle. Si no hay techos para todos, no hay paz.

Eso no es la paz. Porque allí donde está el hambre, la indignidad, la discriminación… allí hay violencia. Allí no hay paz. Hay que saberlo.

Hay que saberlo para exigir. Para exigir paz como se debe. Debemos saberlo todos aquellos que queremos paz en el mundo, allá lejos en Irak y acá, a la vuelta de la esquina. Porque queremos paz en los colegios, en las calles, en las canchas de fútbol, en los estadios, en las oficinas públicas, en el trabajo. Queremos paz, con todas las letras.

Por eso, cuando pidamos paz, cuando pensemos en ella, no sólo exijamos que se terminen los tiros, sino también el hambre, la desigualdad, la indignidad, la discriminación, la violencia simbólica, la pobreza.

Sólo así, lograremos algún día vivir en paz.

“Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz sino viene acompañada de equidad , verdad, justicia, y solidaridad”.

Juan Pablo II (1920-2005) Papa de la iglesia católica.