Archivo de Octubre, 2007

Hombres que duermen bajo el cielo

Últimamente, cuando escuchamos análisis críticos de la actualidad política, oímos declaraciones de indignación por la falta de inversión o por los actos de corrupción. Cuando se le pregunta a la clase media qué es lo que menos le gusta sobre el actual gobierno, o lo que más le disgusta, ésta menciona la inflación o la falta de crédito.Por otro lado, escuchamos hablar al oficialismo sobre dudosos números otorgados por el INDEC. Bajó el desempleo, la inflación es menor de lo que parece y el crédito y la industria mejoran a niveles de otros tiempos. La economía crece a pasos agigantados. Todo parece ir por un buen camino. Pero nos estamos olvidando de algo… La pobreza sigue existiendo. Aún hay gente viviendo bajo el cielo, a metros del Congreso y la Casa Rosada.

Nadie se fija en eso o, para ser más justos, casi nadie. No se escucha como crítica. La oposición no habla de pobreza ni de los excluidos, sino de inflación, de los intereses de la castigada clase media. Y parece que tenemos trastocadas las prioridades. Mientras seguimos construyendo trenes, que nadie usa, en Puerto Madero, o subvencionando la papa, para que muy poca gente se ahorre unos pesos, hay ciudadanos que mueren de hambre, hay gente durmiendo bajo el cielo, sin trabajo ni dignidad.

Y nadie habla de ellos.

No salen de la boca de los políticos; no están en los comentarios de la gente.
No salen en la tele; no están en la casa de Gran Hermano ni “bailan por un sueño”. No salen en las encuestas. Porque son personas que duermen bajo el cielo.

No pueden comprar la papa subvencionada porque no tienen dinero y porque, pocas veces, los dejan entrar a los supermercados.

No están reflejados en los índices del INDEC, porque allí no se ven sus rostros, son sólo números. La tele tampoco nos muestra sus rostros, ni las publicidades.

No figuran en los planes productivos de los partidos, ni conocen la pelea del gobierno con el campo. Porque no tienen nombre, son solo un número. Sólo hombres, que duermen bajo el cielo, sin dignidad, sin rostro.

Las prioridades están trastocadas. Insisto, estamos mal; en algún momento desviamos el camino. Mientras construimos puentes, le “lavamos la cara” al Congreso, hacemos monumentos, subvencionamos empresas que funcionan mal; mientras reparamos calles, tapamos baches de avenidas, hay gente que muere de hambre. Y se que las obras crean trabajo, pero también se que los ladrillos no se comen. Y además son ladrillos que no crean techos, sino monumentos, plazas; esas mismas plazas que habitan los hombres que duermen bajo el cielo. Esos que no aparecen en los índices del INDEC, esos que no salen en la tele.

Estamos trastocados, pero estamos a tiempo. Sólo debemos entender que no es lo mismo una plaza con rejas y bancos nuevos, que un techo o un plato de comida todos los días.

Recuperar la política

Hace días -tiempo de campaña política- que vengo escuchando sobre el fracaso de la teoría del derrame.Economistas clásicos y neo-clásicos sostuvieron por mucho tiempo que esta teoría era la que nos iba a llevar a la prosperidad. La misma profesa o profesaba que: manteniendo un ritmo acelerado del crecimiento, la gente económicamente más poderosa iba a ganar tanto dinero, que sus riquezas se derramarían sobre el resto del pueblo.

Es extraño escuchar que todavía se hable de esta creencia político-económica. Lo paradójico es que se habla también de redistribución de la riqueza. Cualquier persona se pondría rápidamente de acuerdo conmigo en que estas dos ideas son, por definición, incompatibles.

Pero todo esto sólo me hizo pensar en cómo muchos destinos y muchas vidas dependen de estas decisiones, de estos caminos políticos. Y también de cuán inertes nos podemos sentir los ciudadanos ante estas cosas. Nos pasamos la vida quejándonos, casi siempre con razón, de las decisiones de nuestros gobernantes. Y sabemos, claro está, que la mayoría de la población descree hoy de la política.

Casi una historia completa de corrupción, en un país que comenzó torcido, fue debilitando las esperanzas democráticas y “borrando” las páginas de la constitución Nacional, a tal punto, que la política se convirtió en “mala palabra”.

Ya nada importa, porque “son todos iguales”; eso se escucha seguido. Y ahí esta el error que nos puede llevar a la ruina: entregarle la política a quienes la han manchado; dejarle el campo libre a quienes han vendido las esperanzas de los argentinos, a quienes les interesa más enriquecerse que alcanzar la igualdad social.

Ese es el error: resignarse. Que fea palabra es “resignación”, cuando se siente moneda corriente, cuando se siente que no se dejó todo. Pero allí comienza la esperanza. Hasta en el pantano más tenebroso, crecen flores. Allí, donde hoy hay resignación, tendrá que aparecer la sed de justicia. La crítica política aflorará, pero será constructiva, estará encarnada en la idea. Y ese será nuestro trabajo. Ese es el trabajo del pueblo.

Debemos recuperar la política, hacerla nuestra, “hacerla limpia”. El sufragio será la escoba, y la protesta, nuestra elegía.

Así combatiremos la corrupción, aquí y allá. La más grande, la que se escribe con mayúscula -como Presidente- y la otra, la que se escribe con minúscula –como ciudadano. Porque para limpiar el país, hay que comenzar por nuestra casa, nuestra escuela, nuestro club, nuestro trabajo.

Debemos responder como ciudadanos, con todo lo que eso significa. Debemos involucrarnos en cada decisión, para ser protagonistas de nuestras propias vidas. Tan sólo, para que los que hoy están abajo, ya no lo estén, y para que no miren nunca más a los de arriba, esperando que algo se derrame.

Patriotismo

Hablemos de patriotismo…Cuando yo era niño, era casi un pecado no llevar la escarapela el 9 de Julio; quizá aún lo sea en las escuelas. Cuando sonaban las hermosas melodías del Himno Nacional Argentino, había que estar recto, de pie y derecho. Aún recuerdo las veces que mi madre y mi maestra pintaron mi rostro, con un corcho quemado, para el acto del 25 de Mayo. Eso era patriotismo para mí, cuando era niño.

Apoyar una guerra ridícula en las Islas Malinas fue patriotismo. Para algunos, echarles la culpa a los inmigrantes “que nos quitan el trabajo” es patriotismo. Para otros, o para los mismos, patriotismo es no votar en blanco, aunque no te seduzca ningún candidato, sólo por cumplir con el deber constitucional. Patriotismo puede ser comportarse correctamente y ser un buen ciudadano. Patriotismo quizá signifique defender a nuestra Nación, sin condiciones. Para algunos, quiere decir que un argentino es mejor que un boliviano, un colombiano, un marroquí o un europeo, sólo por el hecho de ser argentino.

Muchos creen que en el deporte, sobre todo en el fútbol, encontramos patriotismo. Un tipo de patriotismo que puede no tener límites, que nos permite hacer cualquier cosa, “para defender a nuestra patria”. Hablando de patriotismo desapareció una generación de jóvenes. La palabra “patria” nos puede llevar a muchas cosas.

Otros vemos el patriotismo de otra manera. A mí, no me preocupa conseguir una escarapela un día patrio. Tampoco me desvivo por escuchar el Himno Nacional de pie. No defiendo a mi país, sin importar las consecuencias o con los ojos cerrados. Tampoco estoy seguro de que sea correcto usar esa palabra. Quizá convenga decir que tenemos conciencia de lo que somos los argentinos y, también, de lo que somos los latinoamericanos, “los hombres del sur”, los seres humanos. Tal vez, sea esa la escala, tal vez, no.

Creo que lo importante es sentirse parte de las cosas buenas. Entender cada desdicha y ayudar, en cuanto se pueda, a solucionar algunos problemas que tiene el mundo. No defender a nuestro país, a nuestros gobernantes, ante cualquier acción, sin hacer un juicio previo. No creernos mejores que el resto.

El patriotismo se encuentra en otros lugares. Lo debemos sentir de otra manera. Cuando pensamos en nuestro país como lugar ideal para vivir. Cuando vemos que nuestras costumbres son las que elegimos. Cuando nos sentimos extraños en otro lugar del mundo. Debemos sentir orgullo de ser argentinos, cuando nuestro pueblo responde rápidamente ante una catástrofe o un accidente. Tenemos que sentirnos argentinos cuando nuestra gente hace una marcha para defender sus derechos. Cuando nos ayudamos uno al otro. Debemos sentirnos argentinos cuando vemos a los artistas de nuestro país hablar de nuestra cultura y nuestros problemas. Debemos sentirnos argentinos cuando nos levantamos cada mañana, y nos sentimos en nuestro hogar.

Hablar de patriotismo… para hablar de patriotismo hay que tener en cuenta a dónde nos puede llevar esa palabra. Para hablar de patriotismo, hay que tener mucho cuidado. Tal vez, convendría usar otra palabra… quizá humanidad, quizá bondad, igualdad o paz.

Donde suenan las bombas

A veces, todo es cuestión de sonidos…Yo despierto a la mañana y escucho pájaros, a veces algún motor de un auto lejano que rompe el silencio. Hay quienes se despiertan con el sonido de un despertador; otros prefieren la radio. Son sonidos que nos dan la bienvenida a un nuevo día.

Cuando espero a alguien, suena el timbre o, en su defecto, el teléfono.

Si voy a un espectáculo escucho aplausos, gritos, tal vez silbidos.

Es costumbre que al caminar por una plaza se escuche el viento, las voces de los niños o los ladridos de los perros, que son comunes en esta ciudad.

A veces creo que se puede escuchar el silencio; un placer que pocos pueden disfrutar en estos tiempos.

Son sonidos conocidos, que alimentan la costumbre. Sonidos que van configurando nuestras vidas. Y nada trágico hay en ellos.

Ningún terror se esconde detrás de un timbre. A nadie podría deprimirlo el ladrido de un perro, ni nadie puede considerar horroroso o peligroso un aplauso. Parece que hay vida en las voces de los niños de la plaza, porque esos niños ríen o gritan de felicidad. Son niños que se divierten y no lloran, y si lloran lo hacen porque se les cayó un caramelo al suelo; porque quieren comprarse un juguete; tal vez porque se golpearon con la hamaca. Estos niños ríen, y sus voces no son trágicas. Sus voces son dulces, es imposible que causen terror; son como los aplausos o como el sonido del viento. Porque no son como los disparos o el inimaginable sonido de una bomba, sea del tamaño que sea. Porque las bombas suenan fuerte, porque suenan en el aire y retumban en el alma. Las bombas suenan a terror, los disparos a tristeza. Y yo no se lo que es eso, no conozco esos ruidos. Porque cuando me levanto a la mañana escucho pájaros, tal vez el motor de un auto. Pero sé que en algún lugar del mundo suenan bombas. Allí donde no cantan las aves, allí donde los niños no ríen, porque lloran de tristeza. Allí donde el silencio no se disfruta, porque es la prueba fiel de que todo está acabado.

“Donde suenan las bombas”, suena tan lejos que parece ajeno. Pero, cuando suenan las bombas, es la humanidad la que sufre. No le duele sólo a los iraqués, a los coreanos o a los habitantes de vaya a saber que país lejano. Las bombas lastiman al mundo. Las bombas suenan en el mundo, que es de todos.

Hay muchos sonidos en el mundo, y hay que conocerlos todos… y elegir qué sonidos queremos para nuestro mundo. Yo elijo el sonido de las aves. Por eso, antes de dormir, pienso en qué hice ese día para que los pájaros, que cantan en mi ventana, se multipliquen y vuelen allí, lejos o cerca, donde el silencio es tristeza, para que ya no suenen las bombas.

“No se como será la tercera guerra mundial, sólo se que la cuarta será con piedras y lanzas”. Albert Einstein

No hace falta

No hace falta ser Mahatma Gandhi y hacer huelgas de hambre para profesar la paz.No hace falta ser un Che Guevara y salvar a un país entero de la tiranía de un imperio.

No es necesario sentirse un Nelson Mandela y luchar contra el apartheid sudafricano. No te pido que seas un John Lennon para profesar la paz, al mundo entero, mediante la música.

El mundo no precisa que seas un Giordano Bruno que de su vida en nombre de la verdad.

No hace falta que seas como la Madre Teresa de Calcuta y seas beatificada por el Papa.

Tampoco debes ser como un Adolfo Pérez Esquivel y recibir un premio Novel de la Paz.

La humanidad no te exigirá que seas un libertador de tu patria, como Martí, Sandino, San Martín o Bolívar.

Ni siquiera te pido que actúes como Gustavo Collado y luches por los derechos de los cartoneros.

No es preciso que entregues tu vida para luchar por los derechos de los desposeídos.
Ni siquiera es necesario que seas como Rigoberta Menchú y dejes todo por los derechos de los indígenas.

El mundo no espera que hagas lo que Oskar Schindler y salves a más de 1100 judíos del Holocausto Nazi.

Ni siquiera tienes que ser el líder de la revolución social que cambie el mundo.

No hace falta que hagas nada de eso. Porque si entiendes el sufrimiento de cada hambriento de la India; si sientes la pobreza que azotó a los países colonizados; si comprendes la discriminación que provocó el apartheid sudafricano; si entiendes cada guerra como el acto más bajo de la humanidad; si te das cuenta de lo mal que le hace la mentira al mundo; si detestas cada manifestación del mal, del egoísmo; si te pones en el lugar de un cartonero; si entiendes la vida de un desposeído; si comprendes lo que sufre un indígena, cuando ve que todo lo construido por una cultura, es derribado por otra; si sientes el dolor ajeno de miles de judíos que son desplazados del mundo; si sientes el dolor de los pobres de tu pueblo; si entiendes la irracionalidad que provoca no tener un techo; si te crees, aunque sea por un rato, un desocupado de tu país; si intentas entender cómo se siente volar desde un avión sin paracaídas, si te pones en el lugar de un enfermo sin obra social; o de cualquier marginado.

Si te pones en ese lugar, aunque sea un segundo, ya no harán falta los Mahatma Gandhi, ni los Che Guevaras, ni los Nelson Mandela. No necesitaremos las canciones de John Lennon, ni las verdades de Giordano Bruno, ni la entrega de la Madre Teresa. El mundo no precisará más un libertador de pueblos oprimidos, como Sandino, San Martín, Martí o Bolívar; tampoco un Gustavo Collado, ni una Rigoberto Manchú, ni siquiera un Oskar Schindler. No nos harán falta: porque el mundo habrá mejorado.