Archivo de Octubre, 2007

El tren de la intolerancia

Pobres aquellos hombres blancos que sienten miedo.Pobres, se les nota el pavor en el rostro. Deben ser sus ojos, que los delatan.

Pobres, ven a alguien distinto y sufren de terror. No los juzguen, porque es miedo lo que sienten.

Si reaccionan mal, entiéndanlos, porque están muertos de miedo. Pobre de ellos. Pobres esos hombres blancos.

No es violencia, es sólo miedo. Ellos entienden bien lo que es el peligro. Por eso es que se juntan, para protegerse. Sienten tanto temor que deben esconderse debajo de sábanas blancas. Pobres esos hombres blancos.

La sociedad no los comprende, porque no todos sufren como ellos. No todos sienten el miedo en la piel.

Ellos son los mártires, ellos son las víctimas. Pobres esos hombres blancos. Necesitan que los ayudemos, para protegerse de los que son distintos. Ellos corren peligro, un peligro extremo. Por eso mueren de miedo.

Pobres esos hombres blancos. Que no pueden vivir tranquilos. Pobres ellos, que no pueden transitar las calles tranquilamente. Pobres. Dejémoslos unirse para que se sientan un poco más fuertes.

Pobres, están preocupados, porque sienten miedo. Pobres esos hombres blancos, que se sienten solos. Pobres, porque están cada vez más solos, porque algunos no los entendemos. Pobres ellos, que no son comprendidos por gente como nosotros.

Pobre de ellos, porque hay gente como nosotros, que no entendemos, que no nos damos cuenta, que una mujer inmigrante, sentada pasivamente en un asiento de un vagón de tren, es una amenaza inminente.

Pobre de nosotros, pensarán aquellos hombres blancos, que no nos damos cuenta que una mujer, sólo por ser distinta, puede hacernos daño.

Pobre de ellos, porque creen que son el centro de la tierra, pobre de aquellos hombres blancos, paranoicos, que creen que una mujer, que ni siquiera los mira, puede hacerles daño.

Pobres ellos, que sienten que deben pegar primero, frente a una mujer, que no tenía intención de lastimarlos.

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Siete días

Faltan siete días para las elecciones presidenciales. Allí nos esperarán las urnas con hambre de democracia. Los presidentes de mesa y los fiscales aguardarán nuestra llegada hasta las seis de la tarde, hora en que se cerrarán los comicios. Allí deberemos estar nosotros y, en nuestro sobre, nuestras ideas y esperanzas.

Pero debemos estar atentos. Serán siete días donde pasará de todo. Los agravios clásicos de la política argentina caerán como granizo, durante toda la semana. No debiera extrañarnos que haya alguna acusación falsa sobre un candidato opositor, como ocurrió con Olivera –candidato por el ARI- en las últimas elecciones presidenciales. Estas cosas son normales en nuestra política. Por eso debemos estar atentos.

Serán siete días para informarnos. Tal vez, sean los siete días más importantes que tendremos en los próximos años. La decisión estará en nuestras manos, en nuestro sobre, en nuestro voto. Después, en el octavo día, sólo nos quedará tiempo para lamentos o festejos. Por eso hay que estar atentos… e, insisto, debemos informarnos. Tenemos que saber todo: quiénes son los candidatos, cuál es su pasado, sus aspiraciones personales, cuáles son sus propuestas. Es nuestro deber como ciudadanos, y nuestro derecho.

Siete días. Tan sólo siete días. Parece poco, pero en siete días se puede hacer mucho. Hay quienes creen que en ese tiempo se construyó el mundo. No pido tanto… sólo que estemos atentos… y nos informemos.

El domingo será nuestro día. Llegaremos y quizás haya cola, quizás no. Pero igual será nuestro día. Llegaremos, frente a la mesa que nos designaron para hacer efectivo nuestro sufragio, saludaremos al presidente de mesa y a los fiscales… y será nuestro día. Entregaremos nuestro documento de identidad, y será nuestro día. Con el sobre en la mano y mucha esperanza en la mente o el corazón, entraremos al cuarto obscuro, y será nuestro día. Porque sólo entonces gobernamos directamente, sólo entonces podemos sentir que es nuestro día de elección. Allí dentro, frente a todas las boletas, somos más libres que nunca.

Por eso debemos estar atentos estos siete días. Debemos recordar cuando no pudimos elegir. Recordar cuando otros pocos decidían lo que era mejor para nosotros, sin conocer nuestras ideas o esperanzas.

Serán siete días… siete oportunidades para prepararnos. Debemos estar listos, conocer todo sobre cada nombre que aparezca en las boletas. Porque no habrá lugar para los “a mi no me interesa la política”. Porque a todos nos importa nuestra educación, nuestra cultura y nuestro bolsillo. Y porque, ya dentro del cuarto obscuro, no habrá tiempo para eso. Allí sólo deberemos pensar en el futuro. Pensar qué queremos cambiar y qué país queremos para nuestros hijos.

La decisión será nuestra y el domingo que viene será nuestro día. Siete días: comienza la cuenta regresiva…

Encubrimiento de América

Un 12 de octubre, hace muchos años, un hombre llegó a América. Dicen que fue el primero en ver estas tierras. Tres carabelas y una gran tripulación lo acompañaban. Dicen que fueron los primeros en pisar este paraíso. Pero realmente no fue así; los nativos- verdaderos dueños de estas tierras- ya lo habían visto antes, porque vivían allí hace muchísimos años.Dicen que aquellos hombres aventureros, que hoy son nuestros próceres, descubrieron hermosos paisajes, exóticos animales y vegetación abundante. Pero no fue así; esos hermosos paisajes eran los únicos para los nativos, y ni los animales ni las plantas eran exóticos, porque de ellos se alimentaban.

Dicen que los aventureros encontraron semi-hombres en esas salvajes tierras y que sintieron la obligación divina de trasmitirles su cultura civilizada. Pero no fue así; no eran semi-hombres y ya tenían su propia cultura; tenían Dioses que los salvaban del dolor, tenían costumbres y formas de vida. No necesitaban nada más. Todo estaba allí, en esa inmensidad de selva. No había nada más que pedir.

Un 12 de octubre, hace muchos años, un hombre llegó al lugar, que aún no era América. Y ya nada fue igual para los verdaderos dueños de estas tierras. Pero aquel hombre, junto a su tripulación y sus carabelas, se sintió fuerte, se creyó superior. Entendió que debía enseñarles su idioma y sus costumbres, pero no entendió que los nativos no lo necesitaban: ya tenían idioma y costumbres propios.

Muchos años después, cientos de miles de hombres, como aquel aventurero, ya habitaban esta tierra… y a ninguno de ellos le interesó conocer a los verdaderos dueños del continente. Ninguno se presentó.

Con el pasar de los años, esos “héroes” comenzaron a sentirse en casa. Y fueron cada vez más… y más. Hasta que comenzaron a desplazar a los verdaderos dueños de estas tierras. Así, más adelante, llegaría yo, y vos y aquel, y todos los que hoy nos sentimos en casa. Y tampoco nosotros pensamos en los nativos. Porque ya son minoría, ya no tienen fuerza ni tienen voz. Ellos ya están olvidados.

Un 12 de octubre, de cualquier año, un hombre como aquel aventurero, uno como todos nosotros, decidió que todos debíamos festejar el día en que “descubrimos esta tierra”. Ese día feliz en que se sintieron libres nuestros antepasados. Y no tuvo mejor idea que ponerle el paradójico nombre de “El Día de la Raza”.

El 12 de octubre de todos los años, los niños de nuestras tierras se disfrazan de aquel hombre aventurero, que descubrió su propia América, encubriendo la que ya existía.

El 12 de octubre, nuestros niños se disfrazan y los padres aplauden y las banderas argentinas flamean.

Todos festejamos, por que es 12 de octubre, porque es “El Día de la Raza”.

Todos festejamos… sin pensar, ni siquiera un instante, en los nativos que fueron desplazados. Todos festejamos, mientras ellos, los verdaderos dueños de estas tierras, lloran con nostalgia, exigiendo memoria y la construcción de una justa hermandad.

Las cosas en su lugar

Mientras los hombres hacen el mundo, los niños deben estar en la escuela. Mientras los maestros están dictando clases, los niños deben estar escuchando. Mientras los doctores salvan vidas, los niños deben analizar sintácticamente. Mientras los plomeros arreglan cañerías, los niños resuelven problemas matemáticos.

Las mujeres allí, en sus trabajos, o en sus casas. Y los niños en el colegio. Nada parece más simple. Mientras los diputados crean leyes para que el país crezca y los comerciantes hacen crecer la economía, los niños deben estar estudiando.

Los barrenderos en su trabajo, y los niños en su pupitre. Cada uno en su lugar. Cada cual en su sitio.

Los hombres haciendo el mundo y los niños aprendiendo.

Los niños deben estudiar, porque deberán hacer el mundo en el futuro. Mañana será su tiempo. Y para eso deberán estar listos. Y lo estarán, si hoy van a la escuela.

Los conductores de colectivos en su vehículo, los porteros en las puertas, los policías en las comisarías y en las calles, y los niños en la escuela ¿No parece fácil? Los hombres trabajando. Y los niños estudiando. Así de simple es la vida. Así de simple se construye el mundo.

No hay grandes ecuaciones, no hay misterios siquiera. Es más tonto de lo que parece: los adultos trabajan y los niños, no. No hay que ser genio para saberlo. No hace falta un doctorado para darse cuenta. Los niños no trabajan. O, por lo menos, no deberían hacerlo.

Porque mañana deberán trabajar, porque ya serán adultos. Ya no serán niños, y deberán trabajar para hacer el mundo, porque los adultos sí trabajan. Son los niños los que no deben trabajar. Lo sabe cualquiera.

Los niños no trabajan.

Es claro como el agua: el martillo va en la mano grande y el lápiz, en la pequeña. Los hombres trabajan, hacen el mundo, los niños, en cambio, estudian. O deberían estudiar.

Las cosas deben estar en su lugar… todos sabemos que no hay niños doctores, sabemos que no hay niños bomberos, ni pequeños policías. Eso no sería posible, es inaceptable. Pero, en cambio, aceptamos niños cartoneros, aceptamos niños mendigos, aceptamos niños malabaristas, aceptamos niños músicos ambulantes, niños ladrones, niños adultos.

Y eso es malo, es muy malo, porque los niños deben estar en la escuela.

Los niños deben ir al colegio, deben estudiar mucho. Los niños deben aprender aún más que lo que aprendimos nosotros, para que puedan, cuando les toque hacer el mundo, tener vidas más dignas y saber lo que nosotros hoy no sabemos: que no puede haber ni un sólo niño cartoneando, mendigando, haciendo malabares, o vendiendo estampitas, porque los niños deben estar en la escuela. Ellos sabrán lo que nosotros no sabemos: que los niños no trabajan.

Martín quiere ser doctor*

Martín quiere ser doctor.Tiene 18 años y comenzó la facultad, porque quiere ser doctor. Cuando piensa en el futuro, piensa en ayudar a la gente. Él sabe que quiere ser doctor.

Martín tiene seis hermanos; tres de ellos salen junto a él, todas las noches, a juntar cartón. Juntan cartón para venderlo por unos pocos pesos, que cambiarán por comida. Martín junta cartón, y sabe que quiere ser doctor.

Martín cada día camina a la facultad a estudiar. Él se esfuerza porque quiere ser doctor. Su profesora lo sabe y lo ayuda.

Cada día se acuesta tarde, porque toda la noche junta cartón. Pero el sigue adelante, porque quiere ser doctor.

Pocos creen que pueda lograrlo. Sus amigos odian la escuela y prefieren “hacer la calle”. Pero Martín elige estudiar para ser doctor.

Él es un ejemplo de voluntad. Porque quiere ser doctor.

Todos piensan que el barrio lo contagiará y le cambiará el rumbo. Porque allí no hay doctores. Allí, en su barrio, hay obreros, hay comerciantes, vendedores ambulantes, sirvientes, mucamas, porteros, barrenderos, encargados, conserjes, agentes de seguridad, ladrones, timadores, dillers, pero ningún doctor. Allí no hay doctores. Martín no podrá ser doctor.

El barrio lo va a contagiar. Terminará “haciendo la calle” como casi todos allí. Algún día se cansará y dejará la facultad. Tendrá que salir a “laburar” más tiempo y abandonará su sueño, como todos allí. Por eso nadie quiere ser doctor. Porque allí no juegan los sueños.

Pero Martín es necio; ve a sus vecinos enfermos, pobres, hambrientos, y quiere ayudarlos. Por eso quiere ser doctor.

Allí no hay hospitales, no hay gasas ni vendas. Pero él sabe que estudiando podrá ayudarlos. Porque se quedará allí y los curará.

Cuando él sea doctor, no habrá cola en los hospitales, no reinará el hambre en su barrio, ni las enfermedades. Todos serán atendidos. Porque él será el mejor doctor.

Martín será el mejor, porque hoy siente la enfermedad social de ser pobre. Porque hoy se levanta cada mañana a juntar cartones, para que sus hermanos puedan comer, para que no se enfermen, para que vivan.

Todos hablan de él. Muchos creen que va a aflojar. Porque allí no hay sueños. Nadie sueña para no frustrarse. Pero Martín es necio. Y así se convierte en el mejor doctor.
Porque, con su necedad, comenzó a curar a su gente, de la enfermedad de la desesperanza.

Martín se levanta cada mañana y va a la facultad, para dejar de ser un ejemplo, y para que, algún día, todos sean como él.

*Inspirado por un joven cartonero y estudiante de segundo año de la Facultad de Medicina de la UBA.