Un llanto. Un niño jugando en la mugre. Un dolor intenso. Una sonrisa partida. Un amor que no fue. Quizás un llanto de dolor. El agua que ya llega a los brazos. El barro que se confunde con las cosas. Una avalancha de marginalidad. Contaminación. Una tv que se repite, y nunca se apaga. Las antenas sintonizándonos en un mismo canal. Consenso social. Un político que se va corriendo, o escondido. Y las catástrofes, siempre en el mismo lugar. Una marcha, y lo difícil de llegar a fin de mes. Una promesa menos cumplida. El ruido del hambre en la boca del estómago. Un auto que choca contra otro, vasos vacíos y pocos reflejos. Un hombre a la luna y millones de dólares desperdiciados. Guerras frías. Guerras calientes. Un pensamiento que no logra tomar forma. Una batalla campal en un estadio. Una bala que se escapa ¿O no? Una mala noticia: Cáncer, SIDA y Fiebre Amarilla. Un político que no se pudo escapar: un escrache. Medicinas pagas que no cubren. Una cartera menos, una vida menos. La tv que sigue hablando de lo mismo: de nada. Un solo mensaje: consumir. Más publicidades que obras de arte; más productos que ideas; más peleas que disculpas; más canales de tv que escuelas. Un bosque que se incendia. Una excusa más. La creatividad encerrada en un molde. La imaginación recortada siempre con la misma tijera. Autoritarismo; represión y muerte. Un dictador más. Un voto menos. Armas que ya no disparan ideas, y la libertad cada vez más lejos. Dinero malgastado en campañas. Toneladas de comida que se tiran. Niños que se mueren antes de ser. El calor cada vez más fuerte. El frío que hiela. Tormentas sin precedentes. Una vida que se va. Una que no llega. Un matrimonio que fracasa. Un cura que ya no sabe parar. Un dolor guardado. Alguien que ya no quiere más. Colas y colas en un hospital. El algodón que no alcanza. Más dinero en pocas manos. Un sentimiento virtual. Un famoso por dos días. Un sueño sin sentido. Una condena en suspenso. Mano dura. Cadena perpetua. Un negro sin derechos, un judío sin hogar. Y la tv que sigue pasando lo mismo… BASTA. Hay que parar.
Necesito despertar, con la luz… y la esperanza.
“Si no se reprime es un caos”, dijo la diva.
“No se puede tomar un país, no se pueden cortar las calles”, agregó la diva. La misma diva que, sentada en su cómoda mansión de Miami, había exigido la pena de muerte hace un par de años.
Y el diseñador famoso se enojó, después de que lo asaltaran; todos lo entendimos. Pero luego siguió; y algunos dejamos de entenderlo. Sereno, ya lejos de aquel dramático episodio, y organizado, pidió por la pena de muerte, al igual que la diva.
Y el conductor más famoso del país defendió a la diva: “yo hubiera dicho lo mismo que ella”, declaró.
Ellos hablaron, así como habló la diva mayor, la que todos conocemos y que, en algún momento, nos quiso hacer creer de que era de izquierda ¿La recuerdan, allá por el 2003, contenta por la victoria de Kirchner, pregonando de alegría que se venía el “zurdaje”? Quizás no la recuerden… de hecho es lo más probable, y no los culpo, porque nuestro sistema de medios, el actual, no el futuro, tiene como característica principal el desvanecimiento de lo que ya pasó. El sistema de medios y, paradojalmente, como causa y triste extensión, la cultura hegemónica pregona lo banal, lo material, lo que tiene medida monetaria…
Y ahora sí, es momento de hablar del cuarto famoso. Quizás no lo conozcan ustedes, mis queridos lectores. Él, que es famoso por herencia y por dinero, no por esfuerzo ni trabajo; él, que sólo se dedica a promocionar, y publicitar, un estilo de vida capitalista a ultranza, que eleva lo mercantil, lo pagable, lo meramente estético, por sobre lo ético (no confundir con lo políticamente correcto), los sentimientos y lo realmente humano. Quizás no lo conozcan, o quizás sí: es el nieto de un chocolatero muy famoso, y nada dulce tiene en su pensar. Él también defendió, desde su elitista estilo de vida, a la pena de muerte y a la represión.
Quizás algunos se pregunten por qué hablo de esto, otros se estarán preguntando de qué estoy hablando. Es simple: hablo de política. Pero no de políticos, ni de partidos. Hablo de política social ¿Y por qué? Quizás porque estoy cansado de que no se debata en la Argentina, quizás porque estoy cansado de que hablen los famosos sobre la inseguridad, quizás porque estoy harto de que no se discuta nada, quizás porque estoy molesto porque el 90% de la gente prefiere recibir la noticia ya opinada, masticada por los mismos de siempre. Quizás estoy cansado, harto, exhausto de que sean más influyentes Susana Giménez, Marcelo Tinelli , Mirtha Legrand y Ricardo Fort, que periodistas respetables como Jorge Lanata o Carlos Rottemberg, quien, allá por 1998, al ver el camino que tomaba el sistema neoliberal de los años ´90, predijo, en una columna de la Revista La Nación, que “los chicos, como hoy no acceden a la educación, ni sus padres al sistema laboral, saldrán a robar violentamente por las calles, sin valores ni moral”.
De pronto, me dieron ganas de apagar la radio y la tv, pero me acordé de que aún hay periodistas como Jorge Lanata y Victor Hugo Morales, entre otros, que, a pesar de tener antenas cortas, tienen mentes y corazones profundos.
Ayer me desperté a media noche. Más allá de mi esfuerzo por volver a dormir, el susto le ganó la batalla al sueño.
La habitación estaba obscura, muy obscura.
Intenté respirar con normalidad, pero no pude.
El miedo era bestial.
Los sonidos me aterraban; todos los ruidos que escuchaba en aquella espantosa noche me hacían pensar en ello. En aquel sonido aterrador, verdadero causante de mi pavor.
No podía pensar en otra cosa; nada más pasaba por mi mente. Todo era miedo, miedo por lo que podía venir.
De pronto, sentí que aquel retrato que cuelga de mi pared me estaba mirando. Es un retrato antiguo, que heredé de mi abuela; verdaderamente desconozco de quién es. A pesar de que jamás me había resultado aterrador, anoche sentí que sus ojos me miraban.
Algún amante del arte plástico tratará de explicarme que se trata de una técnica de pintura, que consiste en pintar los ojos justamente en el centro, para lograr que, mire desde donde lo mire, los ojos siempre se posen en el observador. Pero no. No se trató de eso. Lejos de ello, sentí que los ojos me siguieron verdaderamente, como sucede en las antiguas películas policiales, cuando algún personaje se esconde detrás de un cuadro, desde la otra habitación, para poder espiar a algún otro personaje del film.
Anoche sentí que me estaban espiando… y no pude dormir.
Sentí, quizás sin razón, que alguien me espiaba. Sentí miedo, y no pude dormir.
Estuve largo rato intentando cerrar mis ojos. Estuve casi toda la noche tratando de convencerme de que todo era mentira.
Pero de pronto sonó el teléfono, o me imaginé que sonó el teléfono… y el terror aumentó. Mi mayor miedo se hizo presente en forma de sudor que cayó sobre mi frente.
Y no pude dormir.
El teléfono sonó y sonó… y no pude dormir. Recordé todas las historias de espionaje que me contó mi profesor de la secundaria, aquel profesor que había sido perseguido por la dictadura. Sentí pena por él. Y sentí miedo.
Pero no senti miedo por mí, porque sé que mi vida no es interesante como para ser oída por alguien malintencionado. Sentí pena por mi pueblo, por mi país, por su posible futuro…
Sentí pena por todos nosotros. Y, de a poco, de tanta pena que sentí, comencé a sentir sueño.
Y me dormí, finalmente, deseando amanecer en un mundo sin teléfonos, o, por lo menos, en un mundo sin hombres extraños que escuchan desde el otro lado del teléfono… sigilosa y peligrosamente.
Una vez, intentando escribir un cuento (que resultó bastante mediocre), imaginé y describí un mundo lleno de voces. En este lugar, que me resultó maravilloso desde el instante en que se me ocurrió, se cumplía con la premisa ineludible de alzar la voz del más pequeño, del más desprotegido. Eso permitía que todas las voces se equipararan y, por consecuencia lógica, también las ideas.
Allí, cualquier persona podía acceder a la red de medios, sin depender de su status social o nivel socioeconómico. Allí, primaba la comunicación por sobre la información. En ese mundo era más importante el debate que la primicia. Así todo resultaba más igualitario.
Recuerdo que en aquel fallido cuento yo era el protagonista: un joven estudiante de periodismo con ansias de trabajar en los medios; un joven que no necesitaba tener un amigo o un conocido en algún medio importante para trabajar. Recuerdo que, en la fantasía del cuento, al terminar la carrera de periodismo sólo tuve que demostrar que sabía escribir, sin necesidad de demostrar mi descontento con el Gobierno de turno hasta en una columna de deportes, o sin tener que hablar en contra de algo, sólo porque así se beneficiara la empresa dueña del medio).
En ese mundo no había intenciones político-partidarias en el periodismo. Allí los medios de comunicación no eran cómplices de golpes de Estado. En ese lugar no se armaban campañas para echar presidentes elegidos por el pueblo, porque el pueblo era dueño de los medios. Los diarios no le mentían a la gente para beneficiarse económicamente. Allí todo era distinto.
Quizás ahora entiendo por qué no resultó ser un buen cuento: en aquel mundo no había problemas; no había mafia mediática, ni enredos políticos; no había monopolios, ni malos de la película; allí todos podían alzar su voz; todos podían escucharlo todo, verlo todo; en ese mundo eran noticia las desventuras sociales, todas ellas, y no la última pelea de la vedette de turno. Qué cuento más aburrido que escribí; nada pasaba allí: todo era extremadamente pacífico, muy democrático. Un cuento que te podía dormir en la segunda línea, que no tendría rating si se hiciera una película para TV. Los cuentos necesitan de enredos, de cambios bruscos. Quizás por eso las historias de mafias son tan entretenidas. Mi cuento no tenía nada de eso… era quizás la historia más plana y monótona jamás escrita.
¡Uuufff! qué ganas de vivir esa historia; qué ganas de que todo sea un poquito más plano, más chato. Basta de lo vertical, que el poder se expanda horizontalmente de una vez. Basta de vaivenes sociopolíticos, basta de la mentira, basta de las mafias mediáticas, basta de todo eso: de que el cuarto poder domine a los otros tres.
Es hora de que sancionemos una nueva ley de servicios audiovisuales. Basta de monopolios. Aprovechemos que hay intención de debate (Ya se corrigieron los dos puntos que inquietaban a la oposición: se aclaró que no se renovarán cada dos años las licencias, sino que se las revisará en pro de la innovación tecnológica, sin posibilidad de cambiar de dueños; y también, hoy mismo, se anunció que se quitará del proyecto la posibilidad de que las telefónicas ingresen en el negocio de la televisión). Es hora de pensar hacia delante, sin olvidar el pasado.
Logremos que la historia de mi mal cuento se convierta en una buena realidad para la Argentina. Es posible que sea ahora o nunca; por primera vez en veintiséis años hay intención política de modificar la monopólica Ley de Radiodifusión. No dejemos pasar el momento, porque en diciembre puede ser muy tarde.
Lo malo de este debate es que los que creemos que la ley debe ser sancionada tenemos sólo el 27% de los medios para defender nuestras ideas, el otro 73% lo tienen las pocas, pero poderosas, empresas que serían perjudicadas (en pro del bien social) si se sancionara la ley, más allá que, según las encuestas oficiales y no oficiales, sostienen que casi el 60% de la población está a favor del cambio de ley.
¿Hay alguna duda de que la ley es necesaria?
“Hay que prender fuego a estas ratas”… Al escuchar esto, usted inocentemente creerá que voy a hablarle sobre algún método novedoso para deshacerse de esos pequeños animalitos que atacan de vez en cuando la casa de algún vecino. Pero, como no me gusta meterle miedo a la gente, y mucho menos que algún familiar o amigo, que usted tenga al lado en este momento, se suba a una silla, atemorizado al escuchar la palabra “ratas”, quitaré el misterio de aquella triste frase ¿Y por qué digo triste frase? -Mientras comienzo mi develamiento- Porque no cabe quizás otro calificativo. El autor de la misma -entiéndase: quien quiere incinerar a las supuestas ratas- es Julio Fornari candidato a concejal del PRO en la ciudad santafesina de Gálvez.
Ahora decididamente llegó el momento de contextualizar la frase. Alguno ya se me habrá adelantado y, al escuchar el nombre de Julio Fornari o el del PRO, haya descubierto a quienes quiere prender fuego este hombre. “Las ratas”, para el posible futuro concejal, son los vecinos de la villa miseria que está detrás de su casa.
Por suerte, las autoridades del municipio presentaron una denuncia en su contra por discriminación e incitación a la violencia ante la Defensoría del Pueblo, el Concejo Deliberante local y el INADI.
“Me robaron otra vez. Esta gente son como las ratas, tienen cría todos los días; voy al frente, hay que prenderle fuego, es la única forma de competir con ellos”, fueron contundente las palabras de Julio Fornari, quien intentó luego pedir disculpas públicas. Pobre hombre, no se dio cuenta de lo que dijo, estaba asustado, acababan de robarle, se le escuchó decir a alguno por ahí. Pobre hombre, no se dio cuenta que por ese desliz puede perder las elecciones, dijo otro por allá. Lo cierto es que tenemos mucha violencia metida en la sociedad… y si permitimos esas declaraciones estaríamos permitiendo las acciones más violentas: los robos, los asesinatos, las violaciones, la corrupción.
Generalizar es feo… y muy peligroso, en este caso, quizás más peligroso que vengan pibes de la villa y te roben. Es peligroso decir que “hay que matar a todas las ratas”, es peligroso creer que hay que matarlas antes de que tengan cría. Pero bueno, no nos enojemos tanto, quizás no se dio cuenta. No hay culpa cuando uno está asustado. Quizás Videla estuvo asustado muchos años, quizás Hitler era el más miedoso de todos los tiempos. Si tenemos miedo se nos puede perdonar cualquier cosa…
Si hoy Julio Fornari, o cualquier otra persona como él, se levanta temprano y se compra un lanzallamas para quemar las villas de Buenos Aires, no nos enojemos… es posible que haya tenido una fea pesadilla ¡Pobre Hombre!

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