Alentar la participación ciudadana juvenil

En esta ocasión me toca contarles sobre una experiencia que estoy viviendo hace ya cuatro días. Estoy liderando, junto a un salvadoreño y un español, un proyecto de participación ciudadana juvenil. Este proyecto intenta encontrar nuevas formas de participación de la juventud en los procesos de decisión democrática. Con esta experiencia, que se desarrolla en San Lorenzo del Escorial, en España, y de la que participan jóvenes de Turquía, Rumania, España, Portugal y El Salvador, tratamos de alentar a los jóvenes a que se involucren en los problemas sociales de sus comunidades.

Como formas de participación ciudadana, hemos propuesto, desde la organización del proyecto, tres caminos posibles. El primero es mediante la creación de un medio de comunicación comunal alternativo a los medios masivos, como ser un programa de radio o una revista barrial. Este tipo de publicaciones les permitirá a los jóvenes poner en debate social problemáticas relacionadas exclusivamente con su comunidad, y que los medios masivos de comunicación los han dejado de lado. El otro camino es mediante las manifestaciones artísticas libres. Estas les otorgan una capacidad de expresión que les permite desarrollar y expresar sus ideas, dándolas a conocer en su comunidad. El tercero es mediante una exploración de algunos métodos de participación ciudadana, diferentes a los que nos otorgan las herramientas democráticas, como ser: tormentas de ideas, seguidas por un debate; asambleas públicas relacionadas a una problemática real de sus comunidades.

La experiencia lleva tres días y ya ha dejado muchas enseñanzas. Principalmente hemos aprendido cómo las personas que quieren progresar y mejorar el mundo en que viven están dispuestas a cruzar difíciles fronteras como la diferencia de idioma, religión, ideología o costumbres nacionales. Estos jóvenes entusiastas han aprendido ya cómo comunicarse entre ellos, a pesar de las barreras, y cómo desde la diversidad puede lograrse una convivencia sana y próspera. Ellos están convencidos que el camino es el trabajo conjunto de las diferentes sociedades. Están seguros de que únicamente juntos van a poder superar los conflictos nacionales e internacionales y los fracasos sociales posmodernos.

La experiencia continuará aún por varios días más y, en lo que queda del proyecto de participación ciudadana juvenil, los jóvenes deberán aprender e interiorizar las responsabilidades que tienen como ciudadanos del mundo y conocerán nuevas formas no tradicionales de involucrarse activamente tanto en las decisiones democráticas, como en iniciativas civiles con objetivos de paz y convivencia social.

Hasta la semana que viene.

Asesinas de esperanzas

“Los gastos militares mundiales aumentaron 45% en diez años”. Leí ese titular y me sentí triste, moderadamente triste. También sentí un poco de bronca.

Desde este espacio, siempre tratamos de ser críticos de las cosas malas o negativas que pasan en el mundo. Hemos hablado de discriminación, de corrupción e ineficiencia política, de pobreza, entre otras cosas. Hemos hablado también de las guerras, abogando por la paz mundial. Somos muchos quienes dedicamos algunos esfuerzos, en mi caso intelectuales, para que esas cosas cambien. Pero leer que los gastos militares aumentaron 45% en diez años puede aplastar las ganas del más esforzado optimista.

¿Y quiénes son los culpables de este inmenso gasto de dinero? No se. Igual creo que no importa tanto. Porque lo malo de esto no es el dinero o, mejor dicho, eso no es lo peor. Porque podríamos decir que ese dinero pudo ser gastado en comida para quienes mueren de hambre. Pero eso sería hablar sobre lo obvio, eso sería abogar por lo que debe ser por sí solo. Aquí el problema es que estamos yendo hacia lugares que parecían haber sido desterrados.

En estos tiempos posmodernos las pasiones románticas están aplanadas. Las épocas de liberaciones y levantamientos armados han quedado atrás. Hoy ya no hay contra quien luchar… no hay cuerpos tiranos a los cuales disparar. Ya no quedan casi lugares sin democracia. Pero los gobiernos nacionales parecen no darse cuenta; siguen produciendo armas. Porque les gusta tenerlas. Y son armas que no nos llevarán a ningún lado. Son armas que no lucharán por la liberación de ningún pueblo, son distintas a las que usaron San Martín o Bolivar. Son armas que solamente servirán para guerras sin sentido. Son armas que seguirán disparando contra nuestro futuro como humanidad, contra nuestra posibilidad de construir un lugar mejor para vivir, si no aumentamos nuestros gritos de protesta. Si no se para con esas intenciones, estas armas lastimarán nuestras almas y matarán nuestras más sinceras esperanzas.

Ayer soñé con otro mundo

Ayer soñé con otro mundo. Con un lugar que ya me parece lejano.

Soñé con un espacio monocromático, sin diferencia de tonos en la apariencia. Un lugar donde la esencia se enaltecía en cada paso. Soñé con un mundo, lejano al paraíso, que tenía voces que no eran calladas. Voces que sabían qué decir. Llenas de disponibilidades en su esencia. Un lugar mundano pero claro. Lejano a aquel que conocemos bien, ese sin amaneceres ni ocasos.

Soñé un lugar distinto, donde caminé sin culpa, despojado de toda responsabilidad. Libre de la pena de no haber podido hacer nada para mejorar mi mundo. Caminé en un camino de rosas sin espinas. Y me sentí libre, sin ataduras.

Allí no había relieves, ni almas cegadoras. No había Norte ni Sur, ni Oriente ni Occidente. Allí no había fronteras. Las guerras sólo eran motivos de relatos, y el odio se escondía entre las sombras, avergonzado de ensuciar el tiempo.

En ese lugar maravilloso, los días comenzaban con el sol y el tiempo no era nada. Un mundo sin plazos, sin vencimientos. Un mundo simple. Sin banales complicaciones.

Allí estábamos tú, yo y él, juntos, a pesar de nuestras banderas o colores. A pesar de nuestra estatura, nuestro tamaño. A pesar de no estar de acuerdo con simples o complejas cosas, estábamos juntos, felices de estarlo. Estábamos juntos. En ese mundo que soñé.

Era un lugar sin religión, donde la esperanza no tenía sentido. Allí donde las respuestas no se daban, porque, simplemente, no había preguntas. Las cadenas y los velos estaban desterrados. Allí todo era distinto a este mundo sin horizonte. A este mundo encerrado en el progreso eterno, sin sentido. Aquel progreso hacia la nada, con esa intención de subir hasta no poder más. Subir, en vez de ir hacia los lados para enlazarse. Cada uno huyendo hacia arriba, sin mirar a su alrededor, sin mirar quién está junto. En ese mundo no había arriba y abajo. Eso no existía.

Allá no había derecha ni izquierda. Y si la había, nadie le daba importancia, porque allí se convivía. Pero todo no era perfecto en ese mundo que soñé. También existían los problemas. Pero, igualmente, todo era distinto.

Ayer soñé con ese lugar tan distinto a nuestro mundo. Ayer lo vi, mientras dormía. Fue tan hermoso, tan bello. Era un buen lugar para vivir. Ayer soñé.

Ayer soñé dormido y fue tan hermoso, que decidí dejarlo dentro de mí. Lo copié en mis entrañas, en mi instinto. Lo clavé en mi cabeza, en la frente de mis musas. Y allí lo tengo, disponible y presente, para sentirlo, para conocerlo. Para saberme sus recovecos y sus secretos… para iniciar su construcción, a la que, humildemente, con estas palabras, te estoy invitando.

Retenciones de ilusión

En los diarios, sólo vemos que hablan de retenciones. Encendemos la televisión, buscando entretenimiento o información, y sólo recibimos comentarios sobre las retenciones a la soja. Prendemos la radio, para que nos hable de nuestro mundo, y sólo escuchamos hablar de retenciones.

Los medios nos hablan de retenciones. Y eso que hay cosas más importantes que pasan en el mundo. Las calles siguen sucias, al igual que las conciencia de muchos. Y nosotros seguimos escuchando sobre retenciones. Tantas preguntas tenemos que hacerles a nuestros dirigentes, y ellos nos hablan de retenciones a la soja.

Necesitamos verdades y soluciones a verdaderos problemas. Estamos regresando, de a poco, a esa horrible costumbre de caminar entre indigentes sin inmutarnos, propia de otros tiempos no muy lejanos, que ya creíamos enterrados. Indigentes, que comienzan a ser parte del paisaje, volvieron a ser tristemente pintorescos. Esos son problemas reales; y nosotros aún seguimos escuchando sobre retenciones. Nos lo dicen desde el campo, nos lo cuentan los gobernantes. Y nosotros necesitamos que nos expliquen otras cosas.

En los colegios los chicos ya no estudian; aprenden box o lucha libre, matándose a palos entre ellos o con los profesores y maestros. Sólo por ser distintos, sólo por ser “pobres” o “conchetos”, “lindos” o “feos”. Y los medios masivos insisten en hablarnos sobre retenciones.

Siguen hablando sobre retenciones, cuando nos han cercenado las alas, cuando las semillas culturales se han podrido antes de germinar. Porque se siente en el aire, se huele. Los valores se van perdiendo día a día. Y nosotros debatiendo sobre retenciones. El mundo que conocíamos se cae a pedazos y nos quieren distraer con las retenciones a la soja.

“Retenciones a la soja.”; parece ridículo seguir escuchando sobre eso. Será que ya estamos tan mal, que no podemos distinguir qué es más importante. Será, tal vez, que no estamos dispuestos a asumir el costo del cambio, por eso seguimos debatiendo hasta morir, mientras todo continúa en un proceso irreversible de putrefacción. O Será que no nos quieren hablar sobre las otras retenciones.

Quizá porque son también responsable de ellas. De aquellas retenciones, las más graves, las que no son políticas. Esas que son indefendibles, desde la derecha o desde la izquierda. Esas que nos pueden terminar hundiendo.

Será que no quieren hablar de ellas: de las retenciones culturales; de las retenciones de ilusiones; de las retenciones de cultura, de valores; de las retenciones a la importación personal y colectiva de sueños; las que le colocaron a la educación. Aquellas, las más altas y costosas: las que les están poniendo, cada día, a nuestras más sinceras esperanzas.

Cada uno con lo suyo

Uno dedica su tiempo profesional -y un poco del otro- a tratar de mejorar el ambiente en el que vivimos. Para algunos, esto es una decisión de vida. Y lo digo con total ausencia de pedantería, pero con verdadero orgullo. Porque no es una virtud, sino una elección de encarar la construcción de nuestro propio “ser” en este mundo.

Desde aquí hemos debatido críticamente diversas problemáticas sociales. Cada hecho desdeñable, pueril y condenable ha sido tema de discusión y reproche de esta columna. Hasta las propias miserias, mías y la de ustedes, los lectores, supieron desfilar por las líneas de este espacio.

Nosotros supimos invertir nuestro tiempo y nuestras más sinceras intenciones en condenar aquellas cosas que no nos gustan de este mundo. Aunque también hubo semanas en las que tuvimos la gracia de sentirnos orgullosos por algunos gestos dignos de imitar.

Pero siempre, desde aquí, estuvimos atentos a aquellas cosas que nos entristecen, por un lado, pero que nos dan fuerzas para seguir. Porque no sólo alcanza con la reprobación, con la queja, sino que también debemos tratar de dejar atrás, día tras día, aquellas actitudes y acciones que criticamos, pero que, como hombres de este mundo, a veces tenemos.

Pero justamente por eso, porque quienes intentamos ver y construir nuestro espacio de una manera distinta a la que sentimos hoy en día, necesitamos ver más de aquellas actitudes que nos enorgullecen, y menos de las que nos entristecen o nos ponen irascibles.

Una de las leyes más justas y transgresoras que se debatió en nuestro Congreso Nacional, en los últimos años, es la famosa Ley de Obesidad.

Esta ley le permitirá, si finalmente se aprueba, a cualquier persona enferma de obesidad, ser beneficiaria de un tratamiento adecuado en el hospital o sanatorio privado que corresponda, a cargo de su obra social, medicina prepaga u hospital público. Además se implementaría un riguroso control de talles, en todos los locales de venta de indumentaria del país. Y finalmente, entre otras medidas, se agregaría, en los carteles de advertencia de todos los alimentos, al consumo desmedido de azúcar, grasas y otros ingredientes.

El problema con la aprobación de esta ley surgió, como era de esperarse, por un inconveniente económico-comercial. Los diputados de la provincia de Tucumán, productora de azúcar, se negaron a votar el proyecto si no se le modifica el artículo 11, en el que se establece la advertencia sobre el consumo de azúcar.

El panorama no es el mejor, pero tampoco es desalentador. Es muy probable que la ley finalmente se apruebe, pero lo que aquí interesa criticar es la actitud de los diputados que retrazaron la ley.

Ante la oportunidad de darle un gesto de compromiso a la sociedad, prefirieron resguardar el bolsillo de la provincia. Es posible que el artículo 11 perjudique a los negocios de Tucumán, pero es verdad que es necesario hacer la advertencia. Ambos tienen razón y cada uno defiende lo suyo. Quizá ese sea el problema… quizá ese sea el problema de siempre…

Ese: que cada uno defiende lo suyo. Sin mirar, como proponemos desde este humilde espacio, que más allá de nuestros frontales siempre hay intereses más necesitados.