Ahora comienza una etapa donde saldrán a la luz, las mejores ideas desde los diferentes bloques, buscando encaminarnos a una epoca altamente favorable. Los mayores talentos y las mejores decisiones requieren de hombres y mujeres a la altura de las circunstancias. Todos son agentes de una oportunidad excepcional. Si vamos a ver la mejor calidad institucional el ex debe respetar las autoridades electas. No solo con quien es su conyuge, sino con nuestro Vice Presidente. Además no tiene, por ahora ideas de calidad para la coyuntura. De la lectura de los medios del interior extraje la nota que invito a reflexionar. Hasta la próxima. Juan Báez
Tulio Halperín Donghi:“La prosperidad del campo alcanzó a amplios sectores de la sociedad”
El prestigioso pensador explica por qué las cacerolas civiles han remplazado a los golpes militares como emergentes de las crisis políticas y desarrolla el permanente conflicto entre centros urbanos y productores rurales por la riqueza.
-¿Por qué cree usted que la Argentina se encuentra otra vez en situación de asamblea generalizada, con cacerolas en las calles y en medio de una crisis política imprevista?
-Habría que remontarse muy lejos para inventariar todos los factores que llevaron a esta situación.
Está en primer lugar, diría yo, el eclipse político de las fuerzas armadas, que no sólo incita a las fuerzas políticas a llevar el conflicto entre ellas a niveles en los que ya no corren peligro de inducir a aquéllas a remplazarlas en el gobierno, sino que -cuando las crisis políticas o económicas alcanzan efectos que comienzan a parecer intolerables- sea eso que solía llamarse el pueblo o la ciudadanía y ahora es conocido como “la gente” el que se entregue a intervenciones violentas a través de las cuales busca expresar lo que llama su bronca, animado a ello por el falso recuerdo de que fue su tenaz y heroica resistencia la que puso fin a la experiencia de terrorismo de Estado vivida durante la última dictadura militar, cuando fue sobre todo la prodigiosa ineptitud de quienes la ejercieron la que los obligó finalmente a huir del poder.
-El disparador de esta nueva modalidad de protesta fue el corralito y ese reclamo popular terminó con la salida del presidente…
-Cuando el presidente De la Rúa tuvo la insolencia de enfrentar mediante el estado de sitio la cólera popular que -suscitada por el súbito colapso de las finanzas nacionales- se había hecho dueña de la calle, la primera consecuencia fue una masacre policial seguida inmediatamente del fin de su presidencia, y de la apertura de una etapa en que la Argentina vivió de veras en estado de asamblea.
Cuando la movilización popular comenzaba a amainar, el asesinato policial de dos manifestantes vino a devolverle una intensidad que persuadió al doctor Duhalde de la necesidad de abreviar su gestión al frente de la presidencia que había quedado vacante, ya que sólo un rápido llamado a elecciones podía aventar la amenaza que esa situación estaba haciendo pesar sobre su cabeza; esa segunda experiencia vino a confirmar que la Argentina vivía una situación inédita en que el Estado sólo retenía el monopolio de la violencia a condición de renunciar a usarla.
-¿El kirchnerismo no pudo revertir ese condicionamiento?
-Esa situación no había cambiado cuando el doctor Kirchner asumió la presidencia y dura en lo esencial hasta hoy. Desde luego, las consecuencias fueron menguando paulatinamente; la más duradera fue la capacidad que retenían organizaciones surgidas durante la crisis y estaban adquiriendo otras más tradicionales, desde sindicatos de obreros y empleados hasta asociaciones estudiantiles, para imponer inesperadas trabas al tránsito, creando un mal humor bastante generalizado, pero no lo bastante intenso como para suscitar reacciones violentas.
El nuevo gobierno no buscó cambiar esa situación: en parte, porque tenía buenos motivos para desconfiar de la lealtad de las instituciones a través de las cuales el Estado ejerce esa violencia sobre la cual reivindica un derecho monopólico; pero en parte también porque esperaba compensar, con el apoyo de las organizaciones surgidas de la crisis, el que no recibía en medida suficiente de las sindicales y de las máquinas políticas del justicialismo.
-¿Cómo describi-ría al campo como actor político en la historia argentina, antes visto como baluarte de la oligarquía ganadera y hoy presentado por el Gobierno como el sector que se opone a la distribución de la riqueza?
-Desde antes que la Argentina fuese la Argentina, el interés rural invocó su condición de único productor de los bienes que permitían a las tierras del Río de la Plata insertarse en el comercio mundial para presentar a los productores rurales como los únicos cuya actividad agregaba algo valioso a la riqueza nacional; comenzaron tan pronto a hacerlo que pudieron apoyarse para ello en la doctrina económica de los fisiócratas del setecientos.
Cuando la doctrina clásica pasó a caracterizarlos como beneficiarios de rentas de monopolio, respondieron a esa caracterización, que juzgaban calumniosa, insistiendo aún más en los titánicos esfuerzos que les habían permitido vencer las resistencias de una naturaleza indómita para crear en las pampas uno de los mayores centros agrícola-ganaderos del planeta; desde entonces siguen oponiendo esa imagen heroica a la que los representa como integrantes por excelencia de nuestra clase ociosa.
Ese debate ya rutinario es alimentado por conflictos que no son nuevos y que giran en torno a la distribución, dentro de la sociedad argentina, del excedente producido por las exportaciones agropecuarias.
-¿En algún momento cambia esa preponderancia del campo?
-La crisis de 1929 vino a cambiarlo todo en este aspecto, al obligar al Estado a ejercer un arbitraje -ahora no sólo explícito sino permanente- entre los intereses del sector rural en su conjunto y los de otros (en primer lugar el industrial) que compensaban en parte con su mayor dinamismo la ya irremediable pérdida de velocidad del agropecuario.
En ese marco nuevo, la revolución peronista iba a ganar el favor de las mayorías populares urbanas sin sufrir pérdidas significativas en el apoyo de las de las cuencas cerealeras, arbitrando a favor de las primeras al mantener muy alto el valor internacional del peso y compensando las pérdidas de las segundas a través de la congelación de los arrendamientos.
-Esa compensación ¿alcanzó para evitar reclamos rurales?
-Esa solución que dio Perón al campo no impidió que ya se diera algún anticipo parcial del actual conflicto. Ocurrió en 1947, cuando la Federación Agraria, entonces expresión de los chacareros arrendatarios, llegó a amenazar con quemar la cosecha para la cual el Gobierno había fijado precios que encontraba insatisfactorios; luego de un breve intercambio de amenazas cada vez más truculentas obtuvo un modesto reajuste de los precios que objetaba con tanta energía. Poco después desaparecía la ocasión para nuevos conflictos al cesar la breve bonanza exportadora de posguerra y sólo después de que en 1963 se cerró la etapa de precios y volúmenes deprimidos abierta más de diez años antes; esa oportunidad vino a repetirse.
-¿Hay algún antecedente de las retenciones tal cual las conocemos ahora?
-En 1967, siendo presidente el general Onganía y ministro de Economía el doctor Krieger Vasena, se introdujo por primera vez el régimen de retenciones que está en el origen del actual conflicto; en ese caso, para financiar un ambicioso plan de obras públicas destinado a revitalizar otros sectores de la economía, sin provocar por cierto reacciones como la que ha desencadenado la reciente iniciativa del ministro Lousteau.
-¿Por qué en ese momento no hubo una protesta generalizada del campo como ahora?
-Si esas reacciones no se produjeron entonces y sí ahora es, en parte, porque no se había completado aún la transformación social de la que fue teatro la pampa húmeda a partir de la revolución peronista.
Debido a los efectos de la congelación de arrendamientos, los chacareros en tierra ajena no tenían ya una presencia numéricamente dominante en esa sociedad, pero estaban apenas comenzando la expansión de la agricultura en tierras antes ganaderas y los avances de la mecanización -con su consecuencia en el despoblamiento de los campos-, que iban a transformar profundamente el paisaje social de la pampa húmeda, despojando a sus conflictos internos de la gravitación que habían tenido en el pasado, aunque ya por entonces se habían atenuado lo suficiente.
Cuando el general Lanusse ofreció la Secretaría de Agricultura al presidente de la Sociedad Rural, éste le sugirió que designara en su lugar al de la Federación Agraria, que se guiaría en su gestión por criterios muy parecidos sin que pudiera reprochársele su pertenencia a la oligarquía terrateniente.
-¿En qué se nota hoy esa transformación social del ámbito rural?
-La consecuencia es que hoy la defensa de la prosperidad “del campo”, una prosperidad que se percibe mejor que en el mismo campo en los centros urbanos menores y que ha alcanzado también finalmente a la que fue sólo anteayer capital de los cereales (y del peronismo) y hoy es socialista capital de la soja, es capaz de movilizar en Rosario a muchedumbres que no tienen necesariamente parte directa en el conflicto, pero perciben muy bien hasta qué punto esa prosperidad ha repercutido positivamente en sus vidas.
Es entonces quizá un poco injusto achacar a la indudable torpeza con que el Gobierno se ha manejado a lo largo del presente conflicto, la solidez que conserva el movimiento de protesta, que se debe más bien a que -por desigual que sea la distribución de los frutos de la “prosperidad del campo”- ésta ha alcanzado a sectores mucho más amplios de la sociedad de la pampa húmeda de lo que sostiene (y sin duda cree) la señora Cristina Fernández de Kirchner. La Nación
Publicado en Diario Los Andes - Ver nota original
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