Cambia el paraíso

Por Gabriel Bustos Herrera Especial para Los Andes

Nos contó que científicos rusos, en la base Vostok, en medio del hielo de la Antártida, perforaron las entrañas heladas y sacaron una muestra testigo de casi 4.000 metros. Ricardo Villalba -51, doctor en Geociencia, investigador del Cricyt y director del Ianigla, el mendocino entre los 500 científicos internacionales del IPCC, premiado con el Nobel de la Paz junto a Al Gore- explicó que la enorme barra de hielo atesoraba burbujas de gases atrapados en las profundidades, como muestra de lo que le pasó al clima y al aire de la Tierra… ¡a lo largo de más de 600.000 años! Poca sorpresa, sin embargo: los rusos aportaron una prueba irrefutable de lo que los científicos del IPCC venían advirtiendo: desde que el hombre desbocó su entusiasmo energético en la era industrial -con la quema de combustibles fósiles y la deforestación para satisfacer su sed energética- se desacomodó violentamente la estantería natural.

Este modelo de desarrollo nos está costando un desastre ecológico. Y guerras impiadosas, justificadas con hipocresías. La Tierra en crisis, el hombre ciego. Algunos confiados en su islita ideal.

El clima se enloquece con más calor: el hielo se diluye en los polos; los glaciares se disuelven (como el Lanín cercano, como el nuestro del Plomo, como Los Horcones que rodean el Aconcagua); el agua disponible es escasa y está a contramano de la demanda de la población mundial (como aquí nuestros 5 ríos y el San Juan vecino); las lluvias y la nieve que cambian sus ciclos (menos nieve; el granizo en octubre, las heladas hasta noviembre; las lluvias inusuales que complican la humedad e inundan el llano).

En otros confines los huracanes, los tsunamis, el contraste absurdo de sequías e inundaciones; los mares que suben de nivel (e implican a unas 200 millones de personas que hoy viven en ciudades y campos de producción entre 1 y 4 metros sobre el nivel del mar).

Zonas que mutan sus condiciones para la vida y la producción. Nuevos infiernos, pocos paraísos.

El veneno tan temido. La curva de aumento en la atmósfera del temido dióxido de carbono -CO2- ha quebrando hacia arriba en la última centuria y apunta ahora hacia el infinito.

¿Incontenible? Los gases recalientan la Tierra. Y abajo todo cambia, se desordena, vertiginosamente, por lo general con angustia.

¿Qué demostraron los científicos del IPCC y los rusos del exótico tubo de hielo de las entrañas de la Antártida? Antes de la era industrial, la Tierra se movía con una variabilidad natural de 180 a 250 partes por millón del CO2. A fines del siglo XIX comenzó a subir muy rápido. Y entre 1995-2005 se quebró la curva para arriba llegando a arrimarse a las 380.

El hombre, claro, con su modelo de vida y consumo, es el gran protagonista y el gran culpable.

El asunto es que si continúa la actual quema de combustibles fósiles, la deforestación y la cultura de consumos del hombre -cosa improbable, obvio- ¡podríamos llegar a 800 partes por millón en el 2100!

Parecido ocurre con los índices del metano. EEUU, Europa, China, Rusia y Japón mandan al espacio el 82% del tonelaje de contaminación de CO2 (toda América Latina, el 3%). Estados Unidos es el más sucio: solito aporta el 33,3% del dióxido contaminante. Pero no firmó el compromiso mundial de Kioto, Japón, en 1996 por terror a frenar su evolución económica.

Ahí vamos todos, en ese tren, apretujados. ¿Condenados?

Lo irreversible. El cambio es irreversible. Ahora se trata, dicen los científicos, de evitar que lleguemos al colapso. Si la Humanidad -los 5 o 6 colosos sobre todo- modera la quema de combustibles fósiles, cambia su cultura del consumo, desarrolla en serio las energías alternativas y previene los cambios climáticos -improbable, ¿no?- el aumento del CO2 de aquí al 2100 podría ser mantenido bajo las 400 partes por millón.

Pero aún con ello, la temperatura de la Tierra aumentaría no menos de 3º C cuando suenen las campanadas del 2100. ¿Solucionado? Para nada: ya hay adelantos catastróficos, en una transformación climática traumática y carísima. Esos 3º C lo complicarán más. “La batalla del calentamiento ya está perdida: ahora hay que preparase para adaptarse al cambio” (Paul Davis, de la Universidad de Sidney).

Como en todo, hay discusión. Científica y económica. Presiones (de las petroleras, de las corporaciones tecnológicas).

El Senado norteamericano llevó de los pelos a un grupo de científicos que denunciaban la contaminación provocada básicamente por EEUU. Ni una palabra a Bush (como lo de las multinacionales de la tecnología armamentística).

Algunos estudiosos insisten en que esto es parte de un proceso natural terrícola; que al final “los colosos” firmarán Kioto, que ayudarán financieramente a mitigar y que se encolumnarán en la defensa del planeta. “La Tierra cambiará como siempre y el hombre se readaptará. No se puede parar esta cultura, encontraremos alternativas con los avances tecnológicos”, confían en la Casa Blanca. Y en Bruselas, y en Beijing (que crece a tasas chinas pero contamina como una inmensa cloaca fuera de control).

¿Qué hacemos? Villalba insiste: “Tenemos que conseguir recursos; estudiar rápido y asumir políticas de Estado regionales, para prevenir los cambios climáticos irreversibles”. En energía, suelo, agua, readaptación productiva y modelo de vida urbano y rural.

Pregunta obvia: qué hay en las carpetas de los inminentes líderes, para el uso y administración del agua escasa (es mínima la capacidad de almacenamiento en embalses en los ríos de los valles productivos de Valle de Uco y Mendoza Norte-Centro, donde vive el 70% de la población y genera el 65% del PBG).

¿Qué hay de Los Blancos en el Tunuyán y de la cadena del Cordón del Plata en el Mendoza?, dormidos en algunos archivos.

¿Qué porcentaje de los canales distribuidores están en realidad hormigonados y qué porción de las hectáreas productivas se riegan con métodos modernos para no dilapidar agua escasa?

¿Los cambios de humedad, temperatura ambiental y uso del suelo, forman parte de previsiones de políticas públicas?

¿Cómo se adaptarán los cultivos que son la base de nuestra economía: uva, frutas, ajo, todo lo que mueve la industria agroalimentaria? Efectos habrá también en la nieve de la montaña, en escenarios turísticos y rutas.

¿Y la electricidad suficiente y segura? (la línea Comahue-Cuyo está en amagues desde el 2000).

El petróleo, el gas y la minería, ¿cómo se plantean en la región?

En el Ianigla y el Cricyt, junto con otros estudiosos del INTA, consiguieron unos pesos de la Nación, para estudiar qué puede pasar aquí con el cambio climático (suelo, lluvias, agua disponible, humedad, capacidad de embalse, canales, precipitaciones en la montaña), por ahora en 3 puntos sensibles: la vitivinicultura, ajo y frutas (las que mueven la agroindustria, por ejemplo), la nieve y las atracciones del turismo (la mayor parte del PBG regional).

Por la nominación en el Nobel, el Ianigla recibió una propuesta del Banco Mundial. El GEF -Global Enviroment Facility- ofrece un programa de subsidios a estudios serios y obras consecuentes, para los países en desarrollo y ayudarlos a contrarrestar los efectos del cambio climático irreversible. Los proyectos requieren coordinación nacional e interrelación con organismos técnicos y académicos regionales.

Es decir. Hay urgencias diarias, pero no se puede meter la cabeza en el agujero. Ni esperar que los grandes la paren. La reconstrucción del modelo de vida y de producción demanda liderazgo, visión de estadistas. No se sabe qué hay en las carpetas de Jaque ni de los que vendrán después.

¿Ciencia ficción? No, políticas de Estado: esto es para varios gobiernos y con una conducta pública que supera las próximas urnas, sean electrónicas o de cartón.

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