Archivo de Abril, 2009

Temporalmente, sin dinero

Esta es la durísima realidad aquí y allá.

Sin embargo, es claro: ¡Esto también pasará!

A la mayoría de los argentinos, los tiempos que estamos viviendo nos resultan ciertamente conocidos. Los re-conocemos.

Ya se observan comportamientos y reacciones vivenciados no hace mucho tiempo. Son típicas señales propias de una etapa residual y terminal.

Estamos en las postrimerías de una anomalía colectiva sin par. Mayúscula en sus alcances y feroz por sus efectos.

Las opciones son: Adecuarse trabajando interna y voluntariamente en la transformación íntima o ser absorbido por la fuerza de los hechos.

El modelo está agonizando, solo laten mentiras y posturas alejadas de la realidad mayor: El bienestar general ha desaparecido de los lugares que solía frecuentar en pueblos y ciudades del interior. Nuestra ciudad capital y sus alrededores son una fiesta para la inseguridad y la violencia. Están ausentes la tolerancia, la concordia, la racionalidad y la sana convivencia.

La crisis que transitamos tiene un origen nítido, hay ingobernabilidad manifiesta, falla la conducción. Si a la Argentina la observamos como un cuerpo, el problema está en la cabeza. Desde allí debe comenzar el reordenamiento.

Las malas prácticas comerciales, profesionales y vecinales circulan y se expanden casi sin frenos ni límites. Hemos perdido la capacidad de sorprendernos.

Hay que estar bien parado en la verdad de los propios valores para sostenerse en la vida laboral, resistiendo tentaciones y la voracidad de múltiples necesidades insatisfechas.

Solo el temple y la dignidad permitirán sobrellevar la crisis.

Por todo esto la descomposición social es inexorable. Sin embargo es vitalmente importante no dramatizar ninguna reacción personal. Suficiente con lo que nos circunda. Ahora es el momento de practicar al máximo la serenidad, reflexionar y discernir. En las actuales circunstancias deben aflorar la solidaridad, la cooperación y el altruismo. Son las mejores armas humanas capaces de detener la brutal oleada de la corrupción. De nada sirve esconder algo, poco o todo.

La realidad inmediata exigirá siempre cada vez más transparencia.

Ahora es cuando es el momento de limpiar las emociones densas y negativas residentes en nuestro micro mundo emocional. Así podrán emerger pensamientos claros -sin contaminación- permitiéndonos actuar con solvencia, ética y neutralizar los efectos de la turbulencia externa.

Estamos enfrentados a un dolor incalculablemente profundo y diversificado en infinitos escenarios.

Cada uno tiene la libertad para decidir que hacer. Tenemos capacidad plena para actuar según la potencia de nuestros propios patrones emocionales y mentales. Es importante hacerlo a partir de emociones exentas de temor o infectadas de sufrimiento.

Por variados factores el dinero efectivo escasea, dentro y fuera del país. No esta en una gran cantidad de hogares, esta reducida en las cajas de ahorro de los bancos. No se halla en ningún lugar de la casa/oficina. Para una gran mayoría esta en la calle, en poder de clientes y amigos que por hache o be no lo entregan, sea porque no lo disponen o simplemente porque no pueden.

Lo cierto es que cada vez es más difícil satisfacer obligaciones primarias, secundarias y muchísimo menos las de lujo.

Hay impotencia para pagar.

Solo algunos privilegiados mantienen su status… y nivel.

Hay infinidad de proyectos de todo tipo inconclusos, frenados y parados como efecto de la crisis.

Cada vez hay mas cuentas sin pagar y por ende sin cobrar.

El tamaño de esta tremenda realidad es incruentamente desproporcionado respecto a la responsabilidad de cada uno de los sectores que lo soportan. Por esta razón se alteran las interrelaciones entre viejos y nuevos amigos, proveedores, conocidos, clientes, etc.

Asi el círculo del temor se instala y por ratos hace gala.

Su presencia se nota en los semblantes de jóvenes y adultos.

Esta visión descripta tiene poco, muy poco de sentimental, intenta ser objetiva. Tenemos, cada quien, algo superior por lo cual realizar el máximo esfuerzo, incluso algo extraordinario si es necesario.

Hay una antiquísima oración muy breve y simple, abarca todas las cosas de la vida, y con ella finalizo el escrito de esta semana:

Dios, concédeme

Serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar,

Valor para cambiar aquellas que si puedo y

Sabiduría para reconocer la diferencia.

Hasta la próxima. Juan Báez

Lo mejor nuestro

Ahora, mientras crece y se atenúa la intensidad de la crisis de gobernabilidad que vivimos, es cuando decidida y finalmente deben aparecer los mejores talentos de quienes sucederán a los transitorios representantes que ocupan los estrados del gobierno.

La mayor parte de la sociedad vive una pesada incertidumbre. Superamos ya el primer año viviendo en un conflicto complejo y de inusitado desgaste, en los protagonistas y en la sociedad.

Desde entonces la Presidente, se enfrentó al “campo” en la creencia que allí estaban quienes impedirán, de alguna forma, la realización de un buen gobierno.

El tiempo corre vertiginoso y por tanto el 28 de junio está ahí no más. Todo se está haciendo a las apuradas.

¿Cuantas cosas no saldrán como deben ser?

A lo largo de los últimos 50 años reiteradas veces estuvimos entre la dualidad formada por lo peor y lo mejor. Parecería que las sucesivas crisis ayudaron a ganar experiencia colectiva. Porque las pasamos feas y aquí estamos… tal vez un poco chamuscados, pero con expectativas, con esperanza.

Hace pocos días en un programa de TV un hombre independiente de letras propuso una idea simple, original y realizable, en pro del bienestar general.

“Que los partidos acuerden trabajar juntos 10 ideas centrales durante los primeros 100 días, luego de asumir como nuevos legisladores…” Decía esto en el interés en recuperar la república.

Si así fuera, sería contar con una singular certidumbre. Una promesa para creer en la institucionalidad del diálogo inteligente y necesario.

Al decidir titular esta editorial expresando Lo mejor nuestro, me refiero en realidad a:

  1. Nuestra inocultable vocación democrática.
  2. Nuestra necesaria y determinante participación ciudadana. (Por caso el muro de San Isidro, la movilización de Lanús en reclamo de justicia y seguridad). Con ineludible certeza, las autoridades actuarán si les estamos encima. Nunca se logrará nada, si no nos metemos en la cosa pública.
  3. La madurez civil de buena parte de la sociedad, que no venderá su dignidad a ningún precio.
  4. Nuestra inclaudicable capacidad para emerger, otra vez, como en el 2001. Ahora con nosotros, al lado de quienes elegimos.
  5. La confianza en los propios valores y sueños para construir una Argentina, donde vivamos con trabajo, alegría y justicia.

No somos una Nación pobre. Disponemos de abundantes recursos, incluyendo los humanos. Podemos contribuir holgadamente con los países que están sufriendo los efectos de la crisis internacional. Podemos ser un protagonista eficaz y útil. No un mero espectador.

El Poder Judicial tiene un rol básico y esencial para sentar las bases de una nueva hora social. Cuando la inseguridad se pasea libremente en cualquier latitud, hay que cambiar el comportamiento, de raíz.

La Justicia está fallando fuertemente.

El problema de la seguridad es la ausencia de Justicia.

Cuando la Justicia funcione, la inseguridad desaparecerá, al menos no tendrá tan grotesca dimensión.

Hay muchas cosas para cambiar en nuestras instituciones. El caos y la subversión cultural están instalados en casi todos los sectores. Esto es una señal clara. Asi las instituciones, deben renacer. Deben volver interpretar las primeras páginas, a aquellas que la fundaron.

La participación y el compromiso cívico son imprescindibles para los días que vienen… Sin nosotros, al lado, las cosas cambiarán muy poco o casi nada. Debemos tener voz, mas allá de participar eligiéndolos con el voto. En nuestra ciudad, las comunas brillan por su ausencia. Es como si no existieran.

La cosa pública es responsabilidad de sus habitantes, para que ellos actúen como ciudadanos… sino es más de lo mismo.

Hasta la próxima.

Juan Báez

La dura realidad

Evidentemente en el último tiempo, medido en meses o semanas, la situación general ha ido empeorando progresivamente.

Mas inseguridad, mayor violencia en diversos ámbitos, fuerte presión mediática difundiendo reiteradamente información elaborada para exacerbar, clara desarmonía política, inédita incertidumbre, entre otros efectos de esta singular crisis política que ha logrado trabar casi en todas sus líneas a las múltiples cadenas del comercio, la industria, la producción diversa y los servicios.

Por esto han aumentado notoriamente los cheques rechazados, las cuentas corrientes cerradas, la devolución de mercaderías, la merma de ventas en casi todos los rubros, concluyendo en un aumento sustancial del desánimo y el pesimismo.

¿Cuanto durará esto? Quizás estemos en la etapa final… No mas de 6 meses… Antes serán las elecciones y esos resultados necesariamente producirán cambios.

Están desbordadas casi todas las líneas de la convivencia social.

Cuando admitamos la vitalidad de las fallas y desaciertos de nuestros gobernantes, algo ocurrirá para que reaparezca la tolerancia y la inteligencia… Esta suerte de autodestrucción desenfrenada en la que estamos insertos llegará a su fin. Todo tiene un final y un nuevo comienzo.

El punto de inflexión serán los primeros días de julio. Con resultados a la vista cada sector político tendrá una oportunidad para negociar y cogobernar institucionalmente, si es necesario. Las cosas así como están ahora, ya no serán.

Una lectura positiva de los últimos días tiene que ver con la iniciativa ciudadana en acción. Tomar el asunto público en sus manos… por el Muro de San Fernando/San Isidro. Un monumental desacierto. Cuando la Justicia funcione con eficiencia se reducirá fuertemente. Con esta idea, lo invito a leer una nota del diario La Voz del Interior sobre el particular. Hasta la próxima. Juan Báez


Caballo de Troya

Dentro de nuestra propia geografía, hay fronteras que son una muralla: Buenos Aires y el interior, por ejemplo. Por Alejandro Mareco.

Alejandro Mareco

De nuestra Redacción

amareco@lavozdelinterior.com.ar

Los muros han sido levantados para defender la vida, los bienes, una manera de vivir, una cultura, un sistema político, un sistema social…

Los muros son de piedra, ladrillo, cemento, y hasta de alambre, si la consigna es dividir, cerrar el paso a los que no se quiere que pasen. Son los gestos contundentes que los hombres hacen con la materia. Aunque también hay algunos que no se ven, pero que son acaso tan o más impenetrables.

En estos días, en los alrededores de la ciudad de Buenos Aires, el intendente de San Isidro mandó levantar un muro en los confines con San Fernando con el objetivo enunciado de frenar el paso de delincuentes que supuestamente acosan a un vecindario más acomodado. Los del otro lado de la calle y de la barrera reaccionaron con indignación y luego furia, y fueron a derribar la incipiente pared justo cuando un juez dictaba la misma orden.

Más allá de que los bloques de cemento traerían aparejados diversos trastornos en la hechura simple de la vida cotidiana, se sentían insultados o, lo que es peor, humillados: quedaban señalados, estigmatizados como los habitantes de la parte “mala” del lugar. Ese es un aspecto que debería tenerse en cuenta cuando se piensa en muros como el de San Isidro, el resentimiento que se genera puede encender la mecha de la furia. A veces, son sentimientos ardientes y no sólo intereses los que llevan a la acción.

Pero este es otro muro que se parece a tantos otros que se erigieron inspirados en la contención de la otra parte del mundo, el de los excluidos (si hay zonas de exclusión, hay excluidos). Todo esto tiene que ver con aquel augurio de que en un mundo de riquezas cada vez más concentradas en unos pocos, los privilegiados terminarían acorralados en sus propias fortalezas para separarse del otro mundo, el habitado por gente descartable.

Si hubo un símbolo que en Occidente marcó un ánimo primaveral a finales del siglo 20 fue la caída del Muro de Berlín. Tenía consigo el emblema de la libertad, el sueño (visto a la manera occidental) de que la tierra era un espacio de libre tránsito. Destruir un muro era, entonces, construir un mundo mejor.

Pero pronto aparecieron otros muros: los Estados Unidos levantaron uno en la frontera con los mejicanos; los españoles, una alambrada de púa en Melilla (en los límites de su pequeña porción en África) para impedir que multitudes de africanos desesperados intentaran llegar hasta sus orillas peninsulares.

Son ejemplos en los que volvió a desnudarse el verdadero interés de los que hacen de los hombres sólo objetos del mercado, la consigna de libertad de tránsito en realidad es para las mercancías y no para la gente. También los israelíes levantaron una pared para los palestinos, aunque por otras causas.

Entonces, la caída del Muro de Berlín es sólo recuerdo en una bella canción de Pink Floyd, que ya suena demasiado vieja.

Y mientras tanto, están los muros invisibles, a veces sencillos de presentir, otras no tanto. Podemos decir, por ejemplo, que los argentinos no les ponemos pared a los inmigrantes de los países vecinos, pero la discriminación y la explotación laboral también juegan una suerte de muro.

Dentro de nuestra propia geografía, hay fronteras que son una muralla: Buenos Aires y el interior, y dentro del interior, el “blanco” y el “moreno” que tiene que ver más con la América cobriza original y no tanto con la inmigración europea, frontera que podemos presentirla acá nomás, unos pocos kilómetros al norte de esta ciudad.

Y toda la inmigración del interior que alguna vez voló hacia los grandes centros urbanos (Buenos Aires y también Córdoba), pues allí había una oportunidad digna de trabajo e integración, con la degradación social quedó amurallada en las villas miseria que terminaron por convertirse también en fortalezas impenetrables en las que los códigos son absolutamente diferentes.

El interior profundo argentino ha padecido y padece tanto esos muros, que su destino y su suerte parecen circunstancias extrañas y lejanas: ni la pobreza ni las carencias son del mismo rigor, pues en innumerables rincones del país faltan agua, electricidad, atención médica, educación, además de sustento elemental.

Pero así como en la historia de Homero, todas las fortalezas amuralladas pueden sufrir su caballo de Troya, a veces también invisible.

Pasa con la inseguridad. Pasó con el virus del sida, que desde la castigada África se desplegó por el mundo. Pasa, en estos días y entre nosotros, con el virus del dengue, la llamada “enfermedad de la pobreza”: todo lo que no hicimos por el interior desolado, ni siquiera por sus pestes, ahora es una angustia que acosa a todos (provincias y Buenos Aires, pobres y ricos) con el zumbido de un mosquito.

© La Voz del Interior

Publicado en La Voz - Ver nota original

Auto enfrentamiento… a propósito

Si, a propósito del escrito de la semana pasada, que titulamos… Reflexiones….

Tales palabras fueron seleccionadas por el comunicador González Oro, inspirado en el video que se puede observar en nuestra sitio Web aristotelizar.com

En esta dirección e inteligencia traigo a la lectura los dichos de un

destacadísimo médico brasileño, copiosamente informado y muy reconocido en su hábitat, quién afirma: “El ser humano que no practica un auto enfrentamiento periódico de sus propios defectos/fallas, no tiene ninguna posibilidad de evolucionar…”

Únicamente, a través de la autocrítica se puede autogestionar la corrección de tales características. Tiene sentido, además que es totalmente lógico.

La pregunta es que pasa en nosotros mientras no hacemos el citado auto enfrentamiento.

En cuanto nos influye esa “carga” extraordinaria de fallas, defectos o como los queramos llamar.

¿Como afecta nuestra calidad de vida y a nuestra felicidad?

La vida particular de cada quién es un asunto privado y como tal no ejerceré ningún comentario.

En cuanto a nuestra vida en común, la que compartimos como miembros de la sociedad, incorporados al “pueblo argentino”… evidentemente si tenemos en común diversas responsabilidades.

Por ejemplo elegimos candidatos, participamos, nos comprometemos o no y a la par vivimos diversos acontecimientos que, finalmente crean la realidad que nos toca vivir. Cuando esta va en contra de nuestras necesidades y deseos, reaccionamos de múltiples formas, incluso buscando culpables. Por eso pareció oportuno el mensaje que quisimos transmitir… titulándolo Reflexiones…

Estamos viviendo tiempos políticos, mas agitados aún por el adelantamiento de las elecciones. La expectativa general es que se avecinan grandes cambios. Los necesitamos.

Incluso los ayudaremos a producirse. Participando o no.

El “efecto Alfonsín” no existiría sino hubiese concurrido tanta cantidad de ciudadanos, a despedir los restos del ex presidente.

Es una clara señal de la necesidad de cambios. El hecho, visto en un contexto integral, fue todo un acto político.

Se produjo de alguna forma un diálogo entre las ideas que daban vueltas en las mentes de quienes estaban cerca partidaria y políticamente y de quienes están en la vereda de enfrente.

Además el “pueblo” movilizó a la voluntad de los dirigentes políticos, instándolos a dejar situaciones personales y participar sumando al dolor colectivo, presencia y reflexión.

Incluso recordamos en esos días al Dr. Alfonsín por su permanente arenga del preámbulo de nuestra Constitución.

Las múltiples expresiones manifestadas finalmente construyeron nuevas ideas, que de a poco están refrescando y renovando la actividad de unos y otros. Mirando la próxima contienda electoral prevemos una actitud acorde al nuevo escenario, ya sin el líder radical. Vislumbramos una jerarquización de las campañas proselitistas.

Recordemos que él ganó apelando a la ética y al diálogo constructivo.

Por esta razón, la ética, el consenso, el diálogo son reclamos insoslayables del tiempo proselitista en el que ya estamos insertos.

Esta fue la intención al incorporar tantas “fallas o defectos” cívicos que nos guste o no, tienen aplicación a nuestro caso, más allá del mejicano. Claramente tenemos diferencias.

También poseemos virtudes como pueblo que no conviene dejarlas de lado. Por ejemplo la solidaridad de nuestro pueblo es reconocida por sus variadas demostraciones en innumerables crisis vividas en las últimas décadas.

Sin duda comenzamos una nueva etapa. Hasta la próxima. Juan Báez