Esta es la durísima realidad aquí y allá.
Sin embargo, es claro: ¡Esto también pasará!
A la mayoría de los argentinos, los tiempos que estamos viviendo nos resultan ciertamente conocidos. Los re-conocemos.
Ya se observan comportamientos y reacciones vivenciados no hace mucho tiempo. Son típicas señales propias de una etapa residual y terminal.
Estamos en las postrimerías de una anomalía colectiva sin par. Mayúscula en sus alcances y feroz por sus efectos.
Las opciones son: Adecuarse trabajando interna y voluntariamente en la transformación íntima o ser absorbido por la fuerza de los hechos.
El modelo está agonizando, solo laten mentiras y posturas alejadas de la realidad mayor: El bienestar general ha desaparecido de los lugares que solía frecuentar en pueblos y ciudades del interior. Nuestra ciudad capital y sus alrededores son una fiesta para la inseguridad y la violencia. Están ausentes la tolerancia, la concordia, la racionalidad y la sana convivencia.
La crisis que transitamos tiene un origen nítido, hay ingobernabilidad manifiesta, falla la conducción. Si a la Argentina la observamos como un cuerpo, el problema está en la cabeza. Desde allí debe comenzar el reordenamiento.
Las malas prácticas comerciales, profesionales y vecinales circulan y se expanden casi sin frenos ni límites. Hemos perdido la capacidad de sorprendernos.
Hay que estar bien parado en la verdad de los propios valores para sostenerse en la vida laboral, resistiendo tentaciones y la voracidad de múltiples necesidades insatisfechas.
Solo el temple y la dignidad permitirán sobrellevar la crisis.
Por todo esto la descomposición social es inexorable. Sin embargo es vitalmente importante no dramatizar ninguna reacción personal. Suficiente con lo que nos circunda. Ahora es el momento de practicar al máximo la serenidad, reflexionar y discernir. En las actuales circunstancias deben aflorar la solidaridad, la cooperación y el altruismo. Son las mejores armas humanas capaces de detener la brutal oleada de la corrupción. De nada sirve esconder algo, poco o todo.
La realidad inmediata exigirá siempre cada vez más transparencia.
Ahora es cuando es el momento de limpiar las emociones densas y negativas residentes en nuestro micro mundo emocional. Así podrán emerger pensamientos claros -sin contaminación- permitiéndonos actuar con solvencia, ética y neutralizar los efectos de la turbulencia externa.
Estamos enfrentados a un dolor incalculablemente profundo y diversificado en infinitos escenarios.
Cada uno tiene la libertad para decidir que hacer. Tenemos capacidad plena para actuar según la potencia de nuestros propios patrones emocionales y mentales. Es importante hacerlo a partir de emociones exentas de temor o infectadas de sufrimiento.
Por variados factores el dinero efectivo escasea, dentro y fuera del país. No esta en una gran cantidad de hogares, esta reducida en las cajas de ahorro de los bancos. No se halla en ningún lugar de la casa/oficina. Para una gran mayoría esta en la calle, en poder de clientes y amigos que por hache o be no lo entregan, sea porque no lo disponen o simplemente porque no pueden.
Lo cierto es que cada vez es más difícil satisfacer obligaciones primarias, secundarias y muchísimo menos las de lujo.
Hay impotencia para pagar.
Solo algunos privilegiados mantienen su status… y nivel.
Hay infinidad de proyectos de todo tipo inconclusos, frenados y parados como efecto de la crisis.
Cada vez hay mas cuentas sin pagar y por ende sin cobrar.
El tamaño de esta tremenda realidad es incruentamente desproporcionado respecto a la responsabilidad de cada uno de los sectores que lo soportan. Por esta razón se alteran las interrelaciones entre viejos y nuevos amigos, proveedores, conocidos, clientes, etc.
Asi el círculo del temor se instala y por ratos hace gala.
Su presencia se nota en los semblantes de jóvenes y adultos.
Esta visión descripta tiene poco, muy poco de sentimental, intenta ser objetiva. Tenemos, cada quien, algo superior por lo cual realizar el máximo esfuerzo, incluso algo extraordinario si es necesario.
Hay una antiquísima oración muy breve y simple, abarca todas las cosas de la vida, y con ella finalizo el escrito de esta semana:
Dios, concédeme
Serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
Valor para cambiar aquellas que si puedo y
Sabiduría para reconocer la diferencia.
Hasta la próxima. Juan Báez
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