Entramos a un año singular. El 2009 comienza con una descomunal cantidad de incertidumbres, la mayor de las últimas décadas.
Estamos enfrentando múltiples crisis y de variados orígenes.
Con una sola, el panorama sería mucho más simple. Lógico. Y por si esto fuera menos, los días transcurren dentro de una incompetente ingobernabilidad. Anuncios de notable impacto, se diluyen en horas, y a veces en minutos. Desaparecen de la opinión pública.
El descreimiento se ha generalizado y está echando raíces. Casi nadie quiere escuchar a la Presidente.
El diálogo predominante entre las autoridades y los medios pasa por la instancia comercial, casi en exclusiva.
La indiferencia acelera los procesos. La mediocridad mata la calidad de vida. Lo más importante es esperar sin miedo. La sociedad esta expectante y tal vez desesperanzada. En tanto la masa aguanta y se entretiene. La clase media acciona, reflexiona y espera.
La crisis es de identidad. ¿Quienes somos? ¿Qué hacemos?
Cada vez son más, quienes “algo” hacen sin esperar nada de nadie. La clave: Hacer bien hace bien, el ejercicio es lo que importa.
Claramente vivimos en nuestra Nación una crisis política y social sin par. Con gran protagonismo de los valores morales. Empiezan a ser prioritarios en cada ámbito de discusión. La situación recién comienza. Estamos hablando y pensando en valores… casi nada. Un nuevo aprendizaje hacia la madurez.
El poder ejecutivo ha fracasado en la implementación de políticas.
El poder judicial se ha instalado en el centro de la atención pública. Por efecto de su propia gestión y como consecuencia de definir asuntos de gran trascendencia y de añejo tratamiento.
Nadie esperaba una situación así, hace algunos meses. Para colmo la crisis que viene desde afuera, seguramente aumentara la turbulencia local en todas las áreas sociales y económicas.
La crisis financiera y económica internacional se convirtió en un obstáculo para el desarrollo comercial sostenido de nuestra economía.
Si además la corrupción denunciada se confirma y continua… el panorama es claramente desalentador. No se puede permanecer abúlico ni menos especular con decisiones que ayuden a socavar el equilibrio social. Mantener las luces encendidas en cada decisión será una constante, para aminorar el dolor de las crisis.
Entiendo la importancia de no sobre valorar los riesgos potenciales. Tampoco es bueno menospreciar situaciones que se transformarán en escándalos, aumentando el dolor social. Todo esto sin considerar aún la aparición de eventos inesperados, tales como inundaciones, desastres y otros fenómenos climatológicos propios de la época. Movidita… la mano.
En una crisis es vital el manejo de la información. La estrategia es clave. No puede rellenarse con falsedades ni mentiras, así solo se aumentará el tiempo de duración de la crisis y la virulencia de su impacto. Lo inesperado continuará al acecho. La capacidad de reacción estará muy recortada.
Enfrentamos dos crisis, una local y otra internacional. Ambas vienen interconectadas con otras que pueden converger en tiempo y efectos. O sea, resistir más de una posibilidad de convulsión. Por ende, vale pensar que lo mejor que nos puede pasar es salvamos entre nosotros. De otra manera no nos salvará nadie. Tales situaciones amenazan nuestro bienestar. Tienen el potencial de afectar toda la comunidad. Se necesitan nuevos mecanismos para enfrentar los hechos.
Existe la opción de crecer o retroceder. Crear días diferentes. De participación y sin hastío. De acción y reflexión.
Dialogar y capacitarnos para tener mas opciones, es muchísimo mejor que permanecer prisioneros de la mentira, el lujo y la culpa. En estos días de escasez fluye la adulación, es la moneda que abunda en los centros de poder. Por esto aprecio invalorable aspectos a tener en cuenta cuando se enfrentan crisis:
- Incentivar el dialogo abierto entre las personas para no sentirse aislado, culpable o confundido.
- Enfrentar la injusticia. Confiar en la propia suerte.
- Cambiar actitudes, ser parte del remedio y no de la enfermedad.
Iniciamos un nuevo año. Una nueva época comienza. Hasta la próxima. Juan Báez
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